viernes, 20 de noviembre de 2009

Recursos humanos

¿A vos te parece? - preguntó ella, todavía con la remera que usaba para dormir. Lo sostenía con los dos brazos, apretándolo contra el cuerpo, la cabecita en el dorso del codo.
El pibe miraba por la ventana. En una esquina estaba el perro del dueño de la despensa. Sarnoso y todo, se ponía a ladrar ni bien le pasaba alguno por al lado. En la otra esquina no se veía a nadie; tampoco en la vereda, salvo la moto que el pibe usaba para hacer el reparto, subida al cordón. Miró las otras dos esquinas: era difícil que viniera de ese lado, donde estaban los monoblocks; pero siempre podía ser. De todos modos, era la misma cosa. En algún momento iba a escuchar el aplauso.
La chica se quedó esperando una respuesta. Como el pibe ni siquiera la miró, cerró los ojos y apretó al bebé un poco más. Habían dicho a las nueve y media y eran las once. Ya le había avisado a la señora que llegaba tarde, pero si el tipo no se apuraba iba a tener que faltar.
De pronto sintió que el mate le subía por la boca del estómago; estallaba como un limón tibio en la garganta.
- Tenelo vos – alcanzó a decir.
El pibe se dio vuelta, lo agarró. Siguió el recorrido de la chica, que cruzó la cocina con las manos en la boca y desapareció en la puerta del pasillo.
Al rato escuchó la cadena del inodoro.
Miró por la ventana. En una de las esquinas había un hombre que caminaba despacio. Lo miró fijo: sostenía un papelito, leía y buscaba los números escritos con tiza en las paredes. Estuvo a punto de gritarle, pero el bebé se había quedado dormido y no lo quería despertar. El tipo dudó; dio media vuelta, miró para un lado y después otro; cruzó la calle y desapareció en la otra esquina.“La puta madre”, pensó el pibe.
- Damelo – dijo ella. Le habían llorado los ojos.
El pibe hizo como si no la escuchara. Hamacó al bebé canturreando por lo bajo. Ella estiró los brazos; lo miró fijo. El pibe le dijo que no con la cabeza.
- ¿Cómo será? - preguntó ella.
- ¿Qué cosa?
- El proceso, ¿cómo será?
Los interumpió el ladrido del perro. Después, oyeron el aplauso.
El pibe miró por la ventana. Ése era el tipo, nomás. En la esquina estaba la camioneta. Tenía pintada una marca -Poett- en letras azules.
Ella dio media vuelta como una autómata; miró la hora en el reloj de la cocina. Eran las once y media. Corrió a ponerse el delantal.
El pibe empezó a caminar despacio, bajó las escaleras tratando de no hacer ruido.
- ¿Cómo anda? – dijo el tipo, camisa blanca, un jean recién comprado.
Con un mismo movimiento, levantó al bebé y estiró un cheque.
No alcanzó a agradecer. Se quedó parado junto a la puerta viendo cómo el tipo se lo llevaba, subía a la camioneta, hacía arrancar al motor. “Poett”, leyó en letras grandes, azules, de un lado de la camioneta. “Fragancia bebé”, cuando la camioneta dio vuelta en la esquina y pasó adelante del pibe, que guardó el cheque en el pantalón, cerró la puerta y corrió escaleras arriba, la mano en la boca.

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