jueves, 12 de noviembre de 2009

Media historia

Buenos Aires, seis de la mañana. Por una calle empedrada de Constitución anda un Mercedes Benz celeste, modelo '64. Maneja un viejito de anteojos; la nariz pegada al parabrisas, las manos huesudas en el volante. Del espejo retrovisor cuelgan dos dados de peluche y una cinta roja de polyester. Frena en un semáforo; me mira, sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Pienso que no está mal decirle "buen día" a un abuelo que uno se cruza en la calle, a esa hora, tan solos los dos.
El viejito busca algo en el asiento del acompañante. Por unos segundos, lo único que veo es la cabeza pelada, las manchas de la edad, las patillas de los lentes calzadas en las orejas.
Entonces aparece otra vez: tiene una bombacha en la mano, la levanta en el aire como si posara para una foto de la revista Weekend. Es una tanga fluorescente, finita, apenas un piolín. El viejito me dice que sí, sonríe, me guiña un ojo.
Cuando la luz se pone en verde, acelera el Mercedes y deja Constitución. "Echando putas", literalmente.

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