miércoles, 7 de octubre de 2009

Henri

La última enseñanza que me dio fue que el Beltour es un vino barato y exquisito. También me habló del Newen, aunque, en este caso, la relación precio-calidad resultaba mucho menos absurda. Fue una noche del último verano, en la segunda cena que hacíamos los cuatro compañeros de facultad con un profesor y un directivo que se habían ganado el lugar en la mesa. Henri nos tenía acostumbrados a su parsimonia, sus largos silencios, el modo en que se dejaba caer en la silla y respiraba profundo antes de pronunciar cualquier palabra. Pero esa noche estaba particularmente ajeno, y mechaba la conversación efusiva de los demás con esos comentarios ácidos, precisos y risueños con los cuales se ganaba, al mismo tiempo, la admiración y el cariño de las personas.
Henri era un tipo cálido, pero su calidez no era una fachada construida a fuerza de demostraciones de cariño, palabras sonoras, ni ninguna de esas acciones que suele hacer la gente poco convincente. Su calidez radicaba en su mera presencia, en abrir las puertas de su oficina para recibir reclamos, preguntas, propuestas y cuanta idea se le ocurriera a un alumno, a un profesor o a un pibe que, cada tanto, se daba una vuelta para saber en qué andaba. En esas mismas ocasiones era posible conocer otras características típicas de él: el desorden de su escritorio, la acumulación de libros sobre el nazismo, la certeza de que la mayor parte de lo que escuchara iba a terminar perdido entre tantos papeles, tantas obligaciones y, sobre todo, tan pocos deseos de perder el tiempo con las cosas menos importantes de la vida.
Porque si algo enseñó Henri es que uno puede ser el hijo de un rector, el mismísimo vicerrector, y cuanta función pueda cargarse sobre las espaldas de una persona, pero que nunca debe dejarse que esas funciones y esos rótulos oculten la cara más humana de un hombre.
Por eso tenía la misma avidez para sentarse a escuchar que para desaparecer por los pasillos de la universidad. Era posible encontrarlo en la Feria del libro, en una cancha de paddle o en un bolichón de Congreso. Por eso, también, uno podía preguntarle sobre "la noche de los cristales rotos", o pedirle que confesara si alguna vez había conquistado a alguna alumna. Él respondía siempre del mismo modo, a medias, sacándose de encima la respuesta con una mirada cómplice que, en idéntica proporción, decía todo lo que uno quisiera escuchar. Porque Henri era un tipo de pocas palabras, pero decía las palabras justas; y las palabras justas siempre son las que a uno lo dejan pensando.
A la mirada triste le anteponía siempre una actitud positiva. Llevaba el pesimismo metido en la piel, pero no hacía partícipe a los demás de esa conclusión a la que parecía haber llegado hace mucho tiempo. Con sus largos silencios, funcionaba como una plataforma sobre la cual era posible imaginar cualquier lanzamiento. Luego, claro está, dependía de cada uno el resultado del viaje.
Culto, inteligente, crítico, sincero, humilde, abierto, sabio, honesto, Henri era de esos tipos que uno nunca termina de conocer del todo, pero del cual uno se sentía amigo por una sola razón: porque estar entre sus opciones para dar una clase, hacerse cargo de un puesto en su universidad o sentarse a tomar un café, implicaban necesariamente una comprensión mutua absoluta, una empatía más allá de los modos del lenguaje.
Hoy, cuando después de algunas semanas de espera supimos que era imposible tenerlo otra vez en frente, copa de vino en mano, la mirada atenta, el cuerpo inclinado hacia atrás y el absorber del aire antes de hablar, recordé el libro de Lenin que le presté hace diez años y que jamás me devolvió (también la sinceridad con la que aceptaba que, sencillamente, no tenía ni idea de su paradero), y su respuesta cuando le preguntamos si alguna vez había estado con alguna alumna ("una vez, cuando empecé - decía - al término de una clase vinieron las chicas y me regalaron una hoja de carpeta llena de besos"). Y me acordé de la voz suave, de la mirada pícara, de la sonrisa contenida, de esa manera que tenía Henri de ser auténtico; de ese modo que tenía de estar siempre presente, aunque uno nunca supiera por dónde andaba, ni cuánto tiempo más iba a concedernos el favor de andar entre nosotros. Porque Henri era un tipo más, pero en esa simpleza había encontrado la manera de ser un grande. Y no necesitaba extensos discursos, ni posturas infladas, ni ademanes exagerados, ni mucho menos acciones asombrosas para enseñar la diferencia entre lo importante, lo necesario y lo inútil. Henri vivía, nada más; pero lo hacía como si no hubiera nada más importante en el mundo que el derecho a vivir en completo abuso de su libertad.
Su familia no quiso velatorio, entierro, ni homenaje. Por eso este domingo nos vamos a juntar algunos poquitos para descorchar un Newen o -mucho mejor- un económico Beltour, en nombre de Henri. Y recordaremos sus respuestas inteligentes, la transparencia de sus palabras, su capacidad para escuchar y su providencial mala memoria. Por mi parte, le voy a agradecer haberme acompañado durante cada uno de los años que pasé en la facultad, haber creído (erróneamente) que podía hacerme cargo de la coordinación de comunicaciones, haberme ofrecido (esta vez, con más éxito) ser profesor en la universidad y haberme librado de algunas cargas que, sin jamás preguntar, supo que yo padecía. Por sobre todas las cosas, le voy a agradecer haberme dado un lugar cerca suyo, haber tenido el privilegio de conocerlo más allá del paso apurado (la chomba verde, el pantalón beige, un manojo de llaves en el cinturón) y haber sido parte de algunos pocos pero absolutamente necesarios minutos de su vida.
También voy a preguntarle una vez más por el libro de Lenin. Y aunque ninguno de los dos crea en ningún Dios que nos haga el favor de comunicarnos, o aunque sea de imaginarlo flotando en una nube, lo voy a ver tirado otra vez, casi cayéndose en la silla, sonriendo y diciéndome que no, que el libro estará por algún lado, no tengo ni idea dónde, pero debe estar, ¿eh? en algún lado, seguramente.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

HENRI SERÁ POR SIEMPRE ESA PERSONA QUE CONOCÍ MUY POQUITO,PERO QUE CON HUMILDAD,ME DIJO COSAS HERMOSAS DE OTRA PERSONA.
YO NO TOMO,PERO...¡HENRI,SALUD!
MARA PATAGÓNICA

Anónimo dijo...

Cuantas frases que pintan a un hombre que nunca conocí pero, por lo escrito, y lo bien escrito, me hubiera gustado tomarme un vino con él.
Felicitaciones por este escrito del corazón.