sábado, 24 de octubre de 2009

Diario de viaje El Salvador, último día

Mi último día en El Salvador empieza un poco más tarde: casi a las 8 de la mañana, un horario que, para las costumbres del país, está lejos de llamarse "madrugar". Hace tiempo que vengo esperando el compromiso del día. En la universidad privada Matías Delgado hay un programa para jóvenes talentos. Consiste en buscar a chicos pobres con inquietudes literarias para que, una vez por semana, escapen de sus pueblos, sus colonias hostiles, las maras, el alcoholismo, la violencia doméstica, la falta de trabajo de sus padres o, simplemente, para que tengan una oportunidad. Algunos viajan desde lejos para llegar los sábados a sus clases de literatura. Se levantan a las cuatro de la mañana y viajan tres o más horas, desde algún extremo del país, para llegar a la universidad y tener su espacio para escribir, para leer, para escuchar a un argentino que viene a hablarles de Julio Cortázar.
Tienen 13 o 14 años. Y ni bien entro me miran con atención, ordenados; y escuchan lo que les cuento sobre Julio y levantan la mano para hacer un comentario o preguntar algo más. Si les pregunto si leyeron a Juan Rulfo, dicen que sí. Y además me dicen qué libro, y qué les gustó; también leyeron a Alejo Carpentier, y saben de Borges, y se ríen cuando imito la voz de Julio, y cuando les digo que la hermana era epiléptica y que los vecinos de Banfield pensaban que estaba poseída por el diablo. Hay un chico que dice que, en cada cumpleaños, cumple el rito de leer Rayuela de principio a fin. Y una chica que, al final, levanta la mano y me agradece en nombre de todos. Cuando les cuento el final de la historia (Julio muriendo antes que Carol, más de tristeza que de leucemia) parece que van a llorar de la pena. Como no quiero dejarlos tristes, les digo que Julio resucitó, que gracias a él yo estoy con ellos, que el mundo está lleno de cronopios y que los cronopios nos ayudamos entre nosotros, nos hacemos amigos y buscamos siempre el modo de pelear por un mundo más justo, por una América latina más unida, por una mirada ingenua sobre la vida y las cosas, como mira un nene recién venido.
Los chicos sonríen. A mí se me hace un nudo en la garganta. Les digo que ojalá nos volvamos a encontrar en unos años, cuando alguno de ellos gane el Nobel. Se ríen. Después se van a almorzar, porque en la escuela les dan la comida que no siempre tienen en donde viven.
También yo me voy a almorzar, en una sala de profesores en donde todos son otra vez tan amables. El menú del día incluye carne, así que me preguntan qué opino, si está buena o no. Respondo que sí, pero no me creen. Una profesora me pregunta por los patacones, los lecops y el club del trueque. Ella forma parte de otra área de la escuela de jóvenes talentos, destinada a los chicos que tienen interés por el mundo empresarial. Respondo. Se sorprende. Otro profesor me habla de Ginóbili, se ríe de Maradona, dice que Argentina creció mucho en los últimos años.
Cuando me tengo que ir, miro una vez más al curso de los chicos, que han vuelto a clase. Siguen ordenados, levantan la mano, vaya a saber de qué escritor están hablando.
Vuelvo al hotel. Al rato tengo hambre otra vez y decido que es hora de darme le gusto de la langosta. Acabo de comer el almuerzo de los chicos pobres de El Salvador y, una hora después, estoy en un restaurante carísimo, comiendo tres colas de langosta con manteca. Trato de no pensar demasiado en esas contradicciones. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que tampoco puedo juzgar las contradicciones del país. Como langosta hasta hartarme. La última había sido seis años atrás, en Cuba; la anterior, en 1998, en España. Otra vez tengo la sensación de que la recordaba mejor.
Los chicos de la escuela de talentos no se me borran del todo. Por eso no me extraña que reciba un mail de uno de ellos: me dice que hace nueve meses está escribiendo un cuento, que la protagonista es argentina y tiene Sida. Y que quiere que lo ayude con los diálogos, para que hable como una argentina. Le digo que ya me voy, pero que lo ayudo por mail. Vuelvo a pensar en que uno de estos chicos va a ganar el Nobel. O que, cuanto menos, van a escribir desde la marginalidad y la violencia desde las que nadie escribe demasiado en El Salvador. Muchos de ellos conviven con las maras; es cuestión de tiempo -y también de supervivencia- que empiecen a escribirles las historias.
Después del restaurante paso por una farmacia y compro la última dotación de Peptobismol, una pastilla digestiva. Más tarde vamos con Carlos, Susana y Victoria a cenar. Pruebo comidas típicas en el patio de comidas de un Centro Comercial. Nos reímos con las anécdotas de Victoria, que en Portugal le dijo "qué bonita pileta" a un hombre que le mostraba la casa, y lo que estaba diciendo -en portugués y sin saberlo- era algo así como "qué linda poronga". Después Carlos me regala más libros. Me dice que tienen pensada una nueva invitación, quizás el año que viene.
Me quedan pocas horas en El Salvador. A las 7 de la mañana sale el avión a Panamá, y después el que llega hasta Buenos Aires. Pasó una semana exacta y quedarme a vivir en este lugar es una tentación que no termino de sacarme de la cabeza. Esta gente es buena y resulta difícil entender por qué, sin embargo, tienen los índices de violencia más altos del mundo. Es verdad que estuve siete días rodeado de artistas, poetas, escritores, editores y gente de la cultura; pero también es cierto que en la calle, en los bares, en los restaurantes y en cada uno de los sitios en donde tuve delante mío a un salvadoreño, tuve la sensación de que estaba frente a una buena persona. Pensar en Buenos Aires, en las puteadas de los porteños, en el quilombo del tránsito, en la cara de orto de las vendedoras de shopping y, sobre todas las cosas, en la arrogancia tan típica de los argentinos, me producen un hartazgo anticipado que, todavía acá, de noche, en pleno silencio, nada más que algunos tiros de fondo, también los grillos, también el olor de las palmeras, se me hace lejano, insoportable, necesariamente ajeno.
Será cuestión, entonces, de acostumbrarse otra vez.

8 comentarios:

Jessica dijo...

:D Soy la chica que levanto la mano para agradecerte que estuvieras con nosotros :D . Que bonito lo que escribes de nuestro país, me llama la atencion lo referente a que detras de cada persona veías una persona buena, claro que la hay... Simplemente, nuestra historia ha sido dura y lo sigue siendo, pero se puede hacer la diferencia y luchar por muchas cosas mejores que la de ser un pais violento. Saludos y Bendiciones, Jessica Galdamez

Enzo Maqueira dijo...

Gracias por pasarte por el blog, Jessica. Gracias por el interés que tienen todos ustedes en seguir aprendiendo. Un beso.

katherinne dijo...

Hola soy una de las niñas de la escuela de talentos solo te queria agradecer por tu visita y por la gran aportacion de conocimientos que nos dejaste y la confianza que pusiste en nosotros.Ademas gracias por referirte a nuestro pais de una manera muy agradable para decirle a los demas que no todos somos malos en El Salvador. Esperamos alegremente tu visita de nuevo. Cuidate mucho y sigue triunfando como lo has hecho hasta entonces, Katherinne Morán

Enzo Maqueira dijo...

Gracias, Katherinne. Te mando un beso.

David dijo...

Hola, soy David, otro de los grandes chicos que conociste en El Salvador, vaya, que bien que te llevaste una buena impresion de todos nosotros, te aseguro que la sensacion es reciproca. Ojala nos encontremos cuando tenga el Nobel, te prometo que estaras en mi discurso de agradecimientos. Nuevamente te agradezco que hayas compartido con nosotros algo de lo que mas te gusta. me despido diciendo
Viva El Salvador, Viva el talento, viva Argentina...y viva Julio Cortazar. (Lamento la ausencia de tildes, pero mi pc tiene teclado ingles y no puedo tildar las letras :D)

Douglaz dijo...

JAJA COMO OLVIDAR A LA HERMANA SATANICA JAJA EXCELENTE SU TRABAJO SEÑOR ENZO ESPERAMOS VOLVERLO A VER POR ACA EN LA ESCUELA DE TALENTOS-

Anónimo dijo...

Conocí El Salvador por este blog.
Siento mucha pena por lo que están pasando.Son mis deseos que los chicos de la escuela de talentos y sus familiares se encuentren bien.
Mara Patagónica.

(mara es un pequeño conejo de orejas cortas del sur argentino)

juan carlos mejia dijo...

julio es mi maestro, te confieso ché, que cuando me dijeron de la charla pegue un brinco de la emoción( y deje de papar moscas) pero dejemos de hablar de sentimientos y esas cosas que Julio como vos y como yo esta vivo, bien caminando por alguna calle de Paris encontrándose con la maga,sobre todo siendo el mismo argentino con problemas en las R's jejeje...
le conte a mi madre a mi hermana de tu visita y por momentos me imagine a mi hermana con ataques de epilepcia...que grande nuestro maestro...colega me despido deseándote suerte...