jueves, 22 de octubre de 2009

Diario de viaje El Salvador, día 5

Pienso que me quedé dormido, así que salto de la cama y corro a la ducha. Ni siquiera enciendo la televisión para corroborar, ni tampoco me asomo por la ventana para calcular si esa es la luz del sol de todas las mañanas. Me baño rápido. Me seco más rápido todavía. Me estoy vistiendo cuando suena el teléfono de la habitación.
- Las seis y media, Don Enzo - la voz del conserje.
A esta altura de la vida, ya varias veces me dijeron "señor". Sin embargo nunca me habían dicho "Don Enzo". Siempre pensé que mi nombre era de hombre mayor. Ahora lo corroboro.
Desayuno el último de los menúes que me faltaba probar: cereales con leche, rodajas de banana y, por supuesto, una taza de café que ya no me parece tan grande. Camino hasta el centro cultural. Es la primera vez que siento que estoy yendo a trabajar.
Me sobra el tiempo para llegar al Centro Cultural. De todas maneras, pierdo casi 8 minutos tratando de cruzar una avenida. Después, pierdo otros 5 cruzando la calle siguiente. En esta parte de San Salvador viven los que tienen auto. No hay semáforos para los peatones, y nadie para si alguno espera para cruzar. Son las siete y media de la mañana, pero la cantidad de autos en las calles es tanta que ni siquiera se puede intentar la corrida a los saltos por el pavimento, como esas liebres que aparecen delante de uno en medio de las rutas.
Camino por la vereda del sol, que también hoy amaneció picante. Veo a lo lejos la bandera de España. Cuando llego al Centro Cultural, el guardia está solo y aburrido. Charlamos del clima, me dice que en la ciudad la temperatura puede bajar hasta los 14 grados. No se lo digo, pero es la tercera persona que me dice algo diferente con respecto al frío en San Salvador.
Los alumnos tardan en aparecer. Los que llegaron tarde ayer, hoy llegan temprano; en cambio, ni rastros de los que, hasta ahora, estaban puntuales en clase. Ya aprendí que pueden pasar dos horas hasta que se complete el curso, así que empiezo.
A estas alturas y aunque no me aprendí los nombres de todos, ya los tengo individualizados por algún gesto, algún interés o el nombre de su revista. Cada vez que le hablo a un chico y lo llamo "Mi Arte", por ejemplo -y que suena algo así como "mearte"- todos se ríen y comprobamos que el nombre de su revista cumple con uno de sus principales objetivos. También está "Santa Tecla", la chica oriunda de esa ciudad que bautizó "Tecla Vamos" (es decir, "te clavamos") a su publicación. Y está "Voces", y Silvia Elena, y una alumna chilena con novio portugués, y también Guillermo, el hombre de la ciencia, y William, el periodista. Hay, también, un diseñador gráfico -Eduardo- que propuso armar un directorio con los nombres, datos de contacto e intereses de todos ellos, para que cuando esto termine no se pierda el impulso y las ganas de hacer; y hay un chico de 19 años que viene con su buzo de Los Ramones y que es un ejemplo por lo corto de su edad y lo responsable que es en sus acciones; y una mujer que siempre nos cuenta del programa de cine que tienen en la universidad. Empiezo a sospechar que los voy a extrañar. Empiezo a notar, además, que la gente de El Salvador es buena, tanto que hasta me dicen que se alegraron cuando Honduras les ganó en el último partido de las eliminatorias, porque así los hondureños -eternos rivales en todo- iban al Mundial. Siento orgullo de antemano porque estoy convencido de que más de uno le va a dar forma a su revista. Me imagino recibiendo esa revista por correo. Pienso en lo lindo que sería volver.
Al mediodía pasa Susana. Vamos a buscar a su hijo. Me dice que es hora de que pruebe la carne salvadoreña. En el patio de comidas de un Centro Comercial, claro. El modelo "Mall" estadounidense es quizás lo más visible de todo lo yanqui que hay por estos lados: hoy aprendo que, de estos tres que están pegados, hay uno que es para el populacho, otro que tiene un poco más de nivel y otro que es para la gente de plata. En el último no hay supermercado, ni Mc Donald's, ni Pizza Hut. Nosotros vamos al más pobre, aunque a mí me parece igual que los otros dos.
La carne salvadoreña es un churrasco fino, largo, acompañada de tomate cortado en cubitos, plátano frito y frijoles refritos. Aunque Susana me lo explica, no entiendo la diferencia entre "frito" y "refrito". Lo único que sé es que la carne está muy buena, pero que los frijoles están mucho mejor. Acompaño el plato con una bebida local. Se llama "ensalada" y es un clericot sin alcohol, pero con las frutas cortadas en pedazos tan chicos que casi todos entran por el agujero de la pajita.
Después de comer vamos a Santa Tecla. Es una ciudad vecina, a quince kilómetros de San Salvador. Todos estos días escuché hablar de Santa Tecla y me formé una idea que, si bien no se parece en nada a la realidad, tampoco está tan alejada. Es una ciudad chica, con casas rotas por el último terremoto y otras que fueron reconstruidas. Cada tanto vuelven a aparecer los paredones. Casi siempre tienen una entrada, una garita de custodia, dos hombres armados que piden documentos para pasar. Si uno mira hacia adentro, ve calles y casas. Son barrios cerrados metidos adentro de la ciudad. Nosotros mismos atravesamos una puerta de rejas, no tan imponente y con un guardia que nos saluda al pasar, y nos metemos en una calle minúscula de casas cuadradas, de cinco metros de frente, de colores opacos y olor a jungla. Es ahí donde vive el hijo de Susana. Bajamos del auto; mientras ella lo deja en su casa, miro la calle y me gusta. Después Susana me dice que en un tiempo se la conocía como la calle de los poetas.
En el centro de Santa Tecla hay un mercado instalado a cada lado de una calle. El tránsito se hace pesado, hay bocinazos y desde el auto alcanzo a ver frutas, películas truchas y unos autos con toldo que se transformaron en puestos de venta. También me gusta. En Santa Tecla conviven casas de adobe y de ladrillo, una arquitectura barroca con otra funcionalista. La ciudad se deconstruye en cada nuevo terremoto, se reconstruye cuando pasa el temblor. Algo va quedando, algo se pierde. Aun así, Santa Tecla se las ingenia para gustarme.
Llueve. Lo curioso es que en San Salvador no llovía. Además, acá hace menos calor. Parece que en estas tierras es normal que uno cambie de ciudad, incluso de barrio, y la temperatura cambie también. "Acá es más fresco", dicen si uno dobla en una esquina; "acá hay mucha humedad", y quizás uno apenas cambió el nombre del Santo.
Vuelvo al hotel a las dos de la tarde. Tengo sueño y me acuesto a dormir un rato. Pero pasan dos horas, así que cuando despierto no estoy muy seguro de dónde estoy, ni qué hora es, ni si ya tengo que levantarme para ir a dar la clase, corriendo apurado a darme una ducha, el teléfono, la voz del conserje, las seis y media.
Enciendo el televisor. Fox Sports transmite el partido de San Lorenzo. De todos modos, ya casi termina. Veo el gol del uruguayo Pintos. Escucho las voces del relator y del comentarista. "Don Niembro", dice Mariano Closs.
Entonces me acuerdo de todo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Quisiera,cuando el tiempo pase,ver en tu blog una revista que empezó en estos días.
Mara Patagónica