jueves, 22 de octubre de 2009

Diario de viaje El Salvador, día 4

El ceviche de camarones que ceno el martes quedará en los anales de los más grandes banquetes que me di en vida. Incluso cuando, a mi gusto, la cosa estaba demasiado ácida. Pero la abundancia de camarones es algo que difícilmente logre olvidar. Juro que eran 400 gramos de bichitos rosados, y que comí tantos como pude –comí por el martes, por hoy, por los próximos noventa años- y aun así quedaron dos o siete flotando abajo del jugo del limón, liberados de la avidez con la que engullí a sus hermanitos, como un cachalote abriendo la boca inmensa, gotas de baba y patitas.
De todas formas, a la mañana me levanto antes de las seis y ya estoy con hambre. Tengo suerte: los miércoles es día de menú especial en el desayuno. Eso significa que hay frijoles refritos. Y cuando la señora que atiende me pregunta con qué los voy a acompañar, no dudo y respondo:

- Huevos.

Juego un pleno cuando me pregunta con qué bebida.

- Café – digo.

La señora no parece sorprenderse. Por el contrario, asiente complacida.
Mientras espero, leo las noticias en El Día de Hoy. Llevo cuatro días en San Salvador y leer el diario dejó de ser una impostura. Hasta diría que entiendo para qué lado va la cosa. Y ni siquiera me sorprende ver que en la tapa hablan de la derrota del Barcelona, con foto de Messi llorando, ni que en la página de chistes esté nuestra Mafalda. Ya estoy acostumbrado a que, para los salvadoreños, Real Madrid y Barcelona tienen casi la misma importancia que para nosotros Boca y River; y que algunos productos de nuestra cultura (Les Luthiers, Mercedes Sosa y hasta Yayo, el del cuarteto obrero) son parte también de la cultura del país.
Después del desayuno camino hasta el Centro Cultural. Es la primera vez que voy solo, bajo un sol picante y 25 grados de temperatura que, para la gente de acá, es suficiente motivo para usar saco. Cuando llego, veinte minutos antes de las ocho, el aula está vacía. Pienso que todavía es temprano. Cuando se hacen las ocho y veinte y solamente hay dos alumnos, tengo el secreto terror de que me pidan que devuelva la plata que cobré por mis servicios.
No cuento con que la impuntualidad es otra característica que compartimos. Porque a las diez terminan de llegar los quince que siguen firmes en esta idea de planificar una revista cultural. "Justo para la hora del café", le digo a uno de los alumnos, un hombre de ciencia que tiene por objetivo crear una publicación en donde se explique, por ejemplo, la idea de que el cuerpo de una persona ya es un vínculo del ser con la naturaleza.
Después del curso almuerzo en Kentucky Fried Chicken. Esta vez no hay nostalgia que cubrir, sino una necesidad revulsiva de consumir cada uno de los íconos yanquis que aparecen por estas tierras. Pido un sándwich de pollo frito, con papas fritas, salsa barbacoa, queso y panceta. Resulta ser lo mejor que comí hasta el momento.
A la tarde pierdo el tiempo creyendo en la mentira de que Fox Sports Latinoamérica es uno solo. Sé que en Argentina están dando el partido de San Lorenzo. Pero acá, en cambio, prefieren mostrar el de Milan y Real Madrid. En venganza –no sé muy bien contra quién- me voy al Museo de Arte, que queda pegado al hotel y tiene un nombre que, si tuviera menos de doce años, no me hubiera dejado dormir en paz hasta hoy: “MARTE”.
No soy un gran conocedor del arte plástico, pero los museos de este tipo no me son ajenos. Y la verdad es que el MARTE termina siendo el museo en el cual me detuve más veces a mirar un cuadro, como atrapado por algún tipo de invocación del más allá. Las pinturas son fieles al paisaje que rodea a la ciudad: muchos tonos de verde, mucho cielo y nubes. Me quedo con dos cuadros: “El cerro”, de Noé Canjura, y “Paisaje (llovizna)”, de Rodolfo Huezo. Pero no son los únicos, ni tampoco los mejores. Antes de salir, busco alguna postal que los incluya. Termino comprando un libro de poesía de Roque Dalton y otro de Claudia Lars.
A las seis en punto salgo para el Centro Cultural. Es miércoles y es el día de la conferencia. Esta vez voy acompañado. Acaba de llegar Victoria, la directora de arte de la revista mexicana Algarabía. Desde el domingo vengo escuchando hablar de Algarabía. Cuando finalmente la tengo en mis manos, descubro que de verdad es una publicación muy bien hecha, con humor fino, con juegos de palabras y la presencia de Borges como hazmerreír. Victoria me cuenta que están tirando veinte mil ejemplares, y que quieren llegar a cincuenta mil. Me sorprendo. Después recuerdo las astronómicas cifras de la población mexicana.
En la conferencia hablo de lo que vengo diciendo todos estos días: las revistas culturales son un recorte de la realidad de un sector, de una política, de una filosofía, de una manera de ver el mundo; son, también, una escuela; y son un arma en contra del avance de la globalización. Digo que es clara la penetración que Estados Unidos, México y Argentina, en ese orden y en progresiva pérdida de influencia, llevan a cabo en El Salvador. La gente asiente. Les hablo de lo importante de mantener la identidad; les digo que la derrota es la única certeza, pero que es preciso pelearla igual. Me aplauden.
Cuando le toca el turno a Victoria, pasa un largo video sobre la revista. Habla sobre la revista. Termina diciendo que está en San Salvador para darla a conocer. La palabra "Algarabía" suena tantas veces -y además es tan sonora- que casi nos contagia la gracia. El público la aplaude. Cuando termina la conferencia, me levanto y me quedo charlando con Carlos. Mientras tanto, a Victoria la rodean salvadoreños que quieren saber más sobre su revista mexicana. Recuerdo lo que acababa de decir sobre la derrota.
Tomamos una copa de vino español, que no parece tan bueno como se dice por ahí. Después nos vamos todos a comer pupusa. Somos Susana, Carlos, un dibujante, Victoria y yo. Nos reímos mucho y parecemos entendernos. Las diferencias lingüísticas son parte del chiste, como siempre en estos casos. Victoria está desesperada por comer un chile jalapeño. Yo les explico que el mate me cae mal. Susana dice que en El Salvador hay una jarra con forma de pato, que se usa para servir bebidas. Le cuento de nuestro pingüino. Carlos y el dibujante se ríen a carcajadas de una ocurrencia relativa a las pupusas clandestinas. Todavía me sigue resultando graciosa esa palabra, así que también me río. Empieza a llover. La lluvia es persistente, pero muda. Hay olor a tierra mojada. Son las diez de la noche y ni rastros de ese San Salvador violento que, supuestamente, despierta cuando cae el sol. Volvemos por calles desoladas; Carlos nos cuenta de la guerra. Nos dice que de esa época provienen los muros, pero que los alambres de púa son nuevos, como también los carteles que prohiben entrar armas a los restaurantes. De pronto dice que miremos. En una esquina, dos patrulleros, policías, cuatro pibes con las manos contra la pared.

- ¿Son las maras? – pregunto.

Carlos dice que sí.
El auto pasa demasiado rápido y la escena sigue de largo. No llego a verlos bien, no podría decir si son parecidos a los pibes chorros, o si tienen esos tatuajes y esa ropa que uno ve en televisión. Pero me siento en presencia de una obra de arte, de una rareza fuera del mundo o de una leyenda desnuda, sacada de las mismas entrañas de El Salvador.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hoy comí ceviche,fui al museo,recorrí El Salvador,ví a los maras y me dormí pensando... que sos un buen narrador.
Mara Patagónica