martes, 20 de octubre de 2009

Diario de viaje El Salvador, día 3

La voz del conserje me despierta a las 6.30 en punto, aunque tengo la sensación de haber abierto los ojos hace un par de horas atrás. Repito el mismo desayuno del lunes porque, aunque empezar el día con huevos revueltos es una rareza que conozco de otro viaje, no siento que mi estómago vaya a agradecerme la excentricidad.
De las veinte personas que ayer comenzaron el curso, sólo hay siete en el Centro Cultural de España. Me preocupo. Después pienso que es mejor así, que los que se fueron debieron espantarse ante las cuatro horas de ininterrumpida voz argentina, de los nombres, las ideas, las reflexiones apresuradas y la historia de la revista Lea. Concluyo que, quienes están ahí, sienten verdadero interés. De todas formas, trato de ahorrarles el aburrimiento. Cambio por completo la dinámica del curso. Los hago escribir, pensar, imaginar que están armando el primer número de sus revistas. Me atrevo a salir de mi lugar atrás del escritorio. Empezamos a intercambiar opiniones. Hacen algunos chistes que entiendo; otros que me pasan de largo. Llegan más alumnos y queda exactamente la mitad de los que habían empezado. Durante el recreo nos sentamos todos a tomar un café en el patio. El tema de conversación es un mail que circuló durante los últimos días en donde alguno de esos ciudadanos que, parece, están por todas partes, alertaba a la población sobre un ataque de las maras que se preparaba para el día de ayer. Se suponía que las pandillas se habían organizado e iban a lanzar una especie de ataque pirata en plena ciudad. Me sorprendió no haber notado nada cuando estuve perdido, pero hasta los diarios reflejaron la paranoia generalizada: los negocios cerraron a las cinco de la tarde, la gente se amontonaba en las paradas de buses para volver a sus casas y hubo quienes se atrincheraron en sus casas –arma en mano- esperando la invasión.
Por supuesto, como otras veces y en otros países, nada sucedió.
Les pregunto a mis alumnos sobre la gripe A y el dengue, dos temas sobre los cuales también hablan los diarios. Excepto una alumna chilena, nadie tuvo gripe A, ni dengue. Tampoco conocieron a nadie que padeciera esas enfermedades. Dicen que el gobierno usa esas noticias para distraer a la gente. La clasificación a Sudáfrica 2010 terminó, El Salvador quedó afuera y ya no hay otro modo de mantener al pueblo pensando en otras cosas. Entonces las cadenas de mails, la amenaza, las maras. Incluso aunque el gobierno haya cambiado hace pocos meses y sea el primero de izquierda después de años de derecha.
Después del recreo retomamos la clase. Nos estamos empezando a divertir. Cuando llegamos al final, ya tenemos diez proyectos de revistas culturales independientes y diez nombres. Sólo me acuerdo de uno, “Mestizaje”. Y de otro que dijimos en broma, “Posiciones cochinas”.
Susana viene a buscarme, otra vez pasamos por la escuela de su hijo. Comemos los tres en un restaurante mexicano ubicado dentro de un salón de ventas tipo Zara que, a su vez, está dentro de un centro comercial. Me dice que no busque más el adaptador para mi celular. A ella le pasó lo mismo cuando estuvo en Buenos Aires y el enchufe de su cargador no entraba en ningún agujero.
Vuelvo al hotel. El hombre que ayer descubrió que era argentino resulta ser guía turístico. O, por lo menos, ofrece ese servicio junto con el alquiler de autos y el traslado de turistas. Por 65 dólares me lleva a recorrer la ciudad. Me parece caro, pero no tengo otra alternativa.
Enfilamos por unas calles que se parecen a todas las que había visto. Más marcas norteamericanas, más árboles, muchas vueltas, subidas y bajadas. Pero el paisaje empieza a perder ese orden tan típico de los barrios ricos modernos. Ya no se parece a un complejo de cines en Recoleta. Veo más buses, gente con ropa vieja, casas pegadas, casas más chicas, casas de chapa. Estamos yendo hacia el centro y San Salvador empieza a dejarse ver. A lo lejos, la cúpula de la catedral. A nuestros costados, ahora sí, mucha gente a pie, perros, chicos pateando basura. Ni señas de las maras, pero en más de un negocio se leen carteles que dicen “Prohibido entrar con armas”. Me cuesta discernir si son resabios de la guerra civil o si son carteles actuales.
Estacionamos en la catedral. Lo primero que veo es un puesto que vende rosarios, cruces, estampitas y un póster con la cara de un monseñor. Había escuchado la historia de un cura que fue asesinado por el gobierno de derecha en tiempos de la guerra civil (que no terminó, como dije en otro post, hace quince años, sino en 1991). Una vez más compruebo aquello de que existe una historia en común entre todos los países latinoamericanos. Acá no hubo Proceso, pero también tienen su cura tercermundista asesinado. Y también tienen sus guerrilleros, y una generación a la cual toda esa historia le duele, mientras que a otra le resulta algo por completo desconocido. Por supuesto, ellos también perdieron la batalla.
Frente a la catedral hay una plaza; frente a la plaza, el palacio de gobierno. En la vereda del palacio de gobierno hay gente sentada, de un extremo al otro. Son pobres, por supuesto. Pregunto qué están esperando. El guía me dice que nada, que solamente están sentados.
Volvemos al auto. Entramos por calles oscuras; a los costados hay puestos de venta de ropa, películas, pulseras y muñecos. Es un mercado a cielo abierto, aunque ni “mercado” ni “cielo” parecen ser las palabras adecuadas. El centro de San Salvador es desordenado, está roto; no es ni pueblo, ni ciudad. Me recuerda a algunas zonas de otro San Salvador, pero en Jujuy. Otra vez pienso en lo que significa ser latinoamericano.
Pasamos por otra plaza. El guía dice que es donde se congregan los plomeros, los carpinteros, los electricistas y toda la gente que brinda algún servicio. Si uno necesita un plomero, por ejemplo, va a la plaza y lo encuentra. Le digo que también se lo puede buscar si ya fue contratado y dejó el trabajo a medio hacer. Se ríe. Otra coincidencia.
Tengo la sensación de que escapamos del centro. Tomamos unas calles que suben, pasamos por un barrio de casas altas, algunas de chapa. Pregunto si la zona se inunda. El guía me dice que sí. No estoy muy seguro, pero me parece entender que el nombre del barrio es San Jacinto. No tengo dudas con la parte de “San”. Acá todo tiene nombre de un santo, o de una santa.
Subimos por un cerro a través de un camino sinuoso, rodeado de vegetación. Me parece estar yendo hacia el final de algo, pero nunca dejan de aparecer casas. En una parte, otra vez los paredones. En otras, las chapas. Subimos varios kilómetros y hay un hospital. No encuentro el sentido a un hospital en medio de un cerro, varios cientos de metros de altura sobre la ciudad. A medida que seguimos subiendo, descubro que todavía seguimos en la ciudad. Detrás de los árboles, los arbustos, las plantas y las palmeras, detrás de las rocas y del olor a jungla húmeda, aparecen personas, casas, negocios, incluso una escuela.
Llegamos a un mirador. Recién entonces tomo real conciencia de lo inmenso que es San Salvador. El guía dice que acá viven tres millones de personas. Es decir, casi la mitad de la población. Lo curioso es que, además, otros dos millones de salvadoreños emigraron a Estados Unidos. Desde arriba veo el volcán, la catedral, los pintorescos techos de los barrios residenciales, un lago, el mar, mansiones que están todavía más arriba, caseríos, mucho verde, nubes, cafetales, algunos chicos que trepan la montaña, otros que corren, una ruta camino al aeropuerto, autos Mercedes Benz, dos loros que pasan volando. Me saco una foto para demostrarme, más a mí que a los demás, que en verdad estoy en donde supongo que estoy.
Volvemos al auto. Seguimos viaje hacia otro mirador. En el camino se repiten los locales de pupusa. Se llaman “Pupuserías”. La pupusa es una tortilla de maíz o harina de arroz, rellena de queso y otras cosas como frijoles, cebolla, pollo, más maíz e incluso flores. Dicen que es la comida nacional y que es típica de la gente más pobre. También las comen los ricos, pero entonces les piden a sus sirvientas que las preparen. Hay que amasar la pupusa, aplastarla con la mano, cachetearla como si fuera esas tortas de arena y agua que hacen los nenes en la playa. Después hay que freírla, como casi todas las comidas locales. El guía me dice que coma una “pupusita”. Dicho así, el nombre empieza a resultar atractivo. De todas maneras le digo que no, que ya la probé. No estoy mintiendo: el primer día, después de escribir, me llevaron a cenar pupusa en un restaurante.
De las pupuserías, los perros, la gente y la ropa vieja, pasamos otra vez a unas calles limpias, ordenadas, llenas de paredones. Recién ahora entiendo el contraste. En este barrio (no recuerdo el nombre, pero también era un santo, o una santa), está la embajada de México, que ocupa sus buenos metros. Al lado, la embajada de Estados Unidos. Pero ni siquiera haría falta la bandera. Todo el barrio parece sacado de Miami y puesto acá, en medio de la selva. A lo lejos veo lo que parece ser un museo, o una biblioteca, o por lo menos un palacio de Justicia: es decir, un edificio asentado sobre columnas, sobrio, monumental, “señorial”. Cuando nos acercamos, leo: “World Gym”. Leo otra vez. Miro el edificio. Pregunto.

- Es un gimnasio – dice el guía, nomás.

De un lado a otro se suceden los paredones, sólo que esta vez no esconden una mansión, sino varias. Son barrios cerrados en donde van entrando los Porsche, los Mercedes, los BMW y todas esas marcas que conocería si fuera amante de los autos. También, por supuesto, las cadenas de comida rápida. Casi no se ve gente caminando. Mejor dicho, no se ve gente caminando. La calle fluye sin interrupciones, va dando vueltas, desemboca en los centros comerciales que ya conocí, va a parar otra vez a San Benito. Sin darme cuenta, siguiendo una línea larga de paredones de colores pastel, pensando en que en Buenos Aires tenemos Puerto Madero y tenemos la villa 1-11-14, los countries de Pilar y Nueva Pompeya, Barrio Parque y los piquetes de Puente Pueyrredón, llegamos al hotel en donde, ahora, escribo cosas que no logro entender.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Contás todo tan bien que ya me parece conocer El Salvador!

Anónimo dijo...

Recorrí El Salvador con el relato.Pienso que,a pesar de todo¡qué lindo es mi país!
Mara Patagónica

Anónimo dijo...

Hola Eni, me encanta que pueda seguir tu viaje desde aca!! Gracias por compartirlo.No hay vuelta que darle, somos latinoamericanos...
Que lo sigas disfrutando, exitos!!
Abrazo, Noe.