lunes, 19 de octubre de 2009

Diario de viaje El Salvador, día 2

Me levanto a las seis y media, un poco más tarde del horario que, según me dicen, eligen los salvadoreños para empezar el día. Recién esta mañana noto que en el baño no hay bidet. Reflexiono en ese hábito tan argentino; pienso que tener los culos más limpios del mundo debería representarnos algún beneficio en nuestra participación en los rumbos de la humanidad. Enseguida concluyo que, quizás, ese hálito de prestigio que todavía conservamos provenga, precisamente, de la diferencia que significa usar el bidet.


Subo hasta el desayunador. Una señora con delantal se acerca con un menú que ofrece tres alternativas: menú 1, huevos; menú 2, cereales; menú 3, tostadas francesas. Elijo la última opción, pero me prometo a mí mismo (también a la señora) probar los huevos la próxima vez.

Las tostadas francesas son dos rodajas de pan lactal, tostado, humedecidas o blandas (no logro descifrar con qué, o por qué). Están acompañadas de tres potes: manteca, mermelada roja (“fresa”, dice la señora) y mermelada amarilla (“piña”). En otro pequeñísimo recipiente hay una crema espesa y roja. Acero la punta de mi cuchillo a ese recipiente. Un instante antes, pregunto. La señora me dice que es ketchup. Opto por la mermelada de piña, que también me resulta exótica, pero no tanto.

Pido una taza de café. Ya no me sorprende su tamaño. De hecho, pido más cuando la termino. Mientras tanto hojeo el diario El día de Hoy. Encuentro una nota que habla del curso que vine a dar.

Susana pasa a buscarme a las 7.50. Cinco minutos después estamos en la puerta del Centro Cultural de España, que está pegado a la embajada de ese país. La bandera de los españoles flamea por encima de nosotros. Un guardia con arma larga nos mira sin interés. Entramos.

El salón es grande y tiene un eco que complica un poco más mis naturales dificultades para entender lo que me dice alguna de las veinte personas que se inscribieron en el curso. Todos escuchan respetuosa y atentamente. Les hablo de mi experiencia en la revista Lea, les cuento de la revista Sur, de Crisis y de Marcha. También de las revistas virtuales. Tengo una notebook con conexión a Internet, así que busco las páginas y les muestro. Les hablo de Funes, de Sudestada, de los Jam de escritura.

A las nueve y media hacemos un corte. Converso con un periodista que vino al curso. Hablamos de fútbol. Me cuenta que es hincha de un club que fue comprado por un diputado. Pero que el diputado necesitaba plata y, al poco tiempo, quiso vender el club. Como nadie lo compró, le vendió la categoría a otro equipo. El club pasó de jugar en primera A a jugar en la tercera categoría. Además, le tuvieron que cambiar el nombre. Le pregunto qué hicieron los hinchas cuando pasó esto. Me dice que nada, aunque él lo llamó por teléfono y lo puteó.

- Vos porque sos periodista – dice otro de los que vinieron al curso, un hombre de unos cincuenta años que tuvo su propia revista.

Retomamos a las diez. El curso se hace aburrido y monótono. Planeo hacer otra cosa para el día siguiente. A las doce en punto libero a los alumnos.

Susana me dice que tenemos que pasar a buscar a su hijo y que, después, podemos ir a comer a Wendys. Le cuento que, años atrás, había Wendys en Buenos Aires y que desde entonces la estuve añorando. Me doy cuenta de que, a estas alturas, el viaje se está convirtiendo en un recorrido por los sabores perdidos de mi adolescencia pro-yanqui en los noventa. Mientras miro por la ventana del auto, descubro que la ciudad va apareciendo lentamente, pero todavía en la forma de un barrio residencial, lleno de árboles y paredones que dejan ver los techos de caserones, o algunos balcones de los condominios. Le pregunto a Susana por los paredones. Me dice que son por la guerra civil que vivió el país unos quince años atrás. Dice que los ricos levantaron esos paredones para que los guerrilleros no se les metieran en las casas. Aún así, me cuenta que un amigo de ella entró en una, y que tiempo después –con la guerra terminada- el dueño y el guerrillero se reencontraron y esuvieron recordando con gracia aquella vez. La amnistía que decretó el gobierno en ese entonces, para el final de la guerra, hace que ese tipo de encuentros se repitan. Dice que es común que uno vea en una mesa de bar a un militar y a un guerrillero, por ejemplo, y que eso no significa que las heridas estén cerradas, ni que se haya hecho justicia. Dice, también, que hay asesinos sueltos. Y que incluso hay un monumento a un hombre que ordenó no menos de una matanza.

Levantamos a su hijo de la puerta de la escuela. Tiene diecisiete años y me saluda respetuosamente. Llegamos a un centro comercial; Susana dice que mejor vamos al otro, que está pegado. Me resulta extraño que los dos centros comerciales estén tan cerca. Me dice que hay otro más, que son tres.

En Wendys reconozco algunos íconos de aquella adolescencia: el helado batido frosty, por ejemplo, o la mesa para servirse aderezos en donde me quedaba horas llenando potes con mayonesa y ketchup. Susana se encuentra con una amiga. Es escritora y profesora de las mismas materias que yo doy en Buenos Aires. También Susana. Así que somos tres escritores comiendo en Wendys, hablando de los nombres ridículos de algunos alumnos a quienes les damos clases, porque en ninguno de los dos países se puede vivir de la literatura.

Después de Wendys me llevan al hotel. Descanso un rato. Enseguida recuerdo que en San Salvador oscurece temprano, así que decido salir a caminar.

En el hotel me dicen que no es peligroso, que puedo andar solo. En realidad, tengo una misión: encontrar un adaptador para el cargador del celular. Acá la corriente eléctrica es de 170 voltios, pero el problema mayor es que los enchufes tienen dos patas planas, como en Estados Unidos. Camino por el mismo barrio en donde está el hotel; paso por las embajadas de Brasil y de Italia. Saludo a los agentes de seguridad, todos con armas largas. No recuerdo muy bien qué significa la palabra, pero por alguna razón miro con expectativa un restaurante que dice “Lobster”. Hago memoria. Cuando concluyo que es “langosta”, entiendo que mi inconsciente trabaja por su cuenta en esto de hacerme desear comidas con las cuales alguna vez tuve una obsesión. Me prometo no dejar El Salvador sin desquitarme con una.

El barrio residencial en donde me alojaron me resulta aburrido. Apenas paso por algún bar, o algún negocio de ropa. El resto, paredones, árboles y guardias. Fantaseo con la posibilidad de ir al centro a encontrar la verdadera ciudad. Pero tengo una misión y pregunto por una ferretería. Un hombre muy atento me dice que hay una cerca, pero que mejor vaya al supermercado. Soy fanático de los supermercados, así que casi corro hasta una mole amarilla que dice “Hiper Europa”. Me recibe una canción conocida: Mujer amante, de Rata Blanca, pero en versión melódica (más todavía) de una cantante que no conozco. Subo una explanada y la música se hace cada vez un poco más fuerte. Cuando llego a las puertas automáticas, estoy lleno de esperanza, ansioso y dispuesto a perder el día adentro de ese lugar.

Pregunto por la sección de ferretería. Encuentro a tres empleados con los cuales intento hacerme entender. Les hablo pensando todo el tiempo que “enchufe” no se debe decir así en El Salvador; que tampoco deben conocer lo que es un “adaptador”, ni que deben entender “tres patitas”, “cargador”, “celular”, “más así”, “en v”, “igualito a éste pero con esto para el otro lado” y todas las maneras con las cuales trato de expresarles lo que necesito. Me entiendan o no, el adaptador que necesito no existe en el supermercado. Miro a alrededor: veo cervezas, botellas de ron, galletitas, todo tipo de café, carnes, embutidos… Decido hacer ese extraño tipo de turismo que significa mirar lo que venden en un país, comparar los precios con el país de uno y reconocer marcas nacionales. Encuentro pocas: Arcor, varios vinos (el Norton a 12 dólares me escandaliza), y no mucho más. Llego a las parte de carnicería. Les envidio unas costillas de ternera tamaño copetín. Compro regalos para llevar a Buenos Aires, principalmente café y galletitas. Antes de meter cada cosa en el carrito, compruebo que sea industria nacional. De repente veo una góndola con unos bizcochos que me resultan conocidos. Otra vez caen sobre mí aquellos tiempos menemistas de mi adolescencia. Corro a arrodillarme frente a una pirámide de budines Pingüino, que en Argentina se conocieron como Keikitos y que no veía desde hace siglos. Pero son los mismos, la marca es Marianela. Llevo uno para comer esa misma tarde y otro para mi hermana.

La compra me sale exactamente 17 dólares con cincuenta y cinco centavos. La cajera me pregunta si tengo “Tarjeta cliente”. Le digo que no, que ni siquiera sé muy bien en dónde estoy. Se sonríe. Me pone las cosas en tres bolsas. Cuando salgo, el sol bajó bastante.

Decido pasar por la ferretería antes de volver. Resulta ser que es un hipermercado de materiales para la construcción, herramientas y artículos de electricidad. Otra vez paso por la dolorosa experiencia de hacerme entender. Como sea, tampoco tienen el adaptador.

Vuelvo al hotel por un camino diferente, mirando el peñón del volcán como punto de referencia. Más temprano, Susana me había dicho que el cráter no está en esa punta, sino más abajo, en donde instalaron unas antenas de telecomunicaciones. De todos modos y mientras no eche humo, toda esa montaña es una buena referencia para no perderse. Vuelvo por una avenida ruidosa, llena de buses. Había escuchado que tocar bocina (ellos dicen “pitar”) y quejarse son los dos deportes nacionales. Recién ahora, un poco afuera de la colonia San Benito en donde está el hotel, lo empiezo a comprobar. Además de autos, buses y algunas pocas personas que andan a pie, veo carteles de publicidad y restaurantes de comida rápida, tex mex y pizzerías. Todas tienen nombre gringo. Uno puede mirar a través de la M de Mc Donald’s y ver el logo de Burger King, y si mira más allá está la nena con trenzas de Wendy´s, o el viejo bigotudo de Kentucky Fried Chicken. La avenida se hace cada vez más ruidosa. Empiezan a aparecer más personas. Trato de cruzar hacia la otra vereda, pero es imposible. No hay semáforos y los autos no paran. Hay muchas camionetas, algunas marcas caras y otros coches viejos y destartalados. Pero ninguno parece dispuesto a dejarme cruzar. Empiezo a sentir que me estoy perdiendo. Sé que voy en la dirección correcta, pero no reconozco en dónde estoy. Entonces veo unas casas bajas, encimadas, de techos aplastados. Es uno de los barrios marginales que me mostraron el primer día, recién llegado del aeropuerto. Retrocedo. Aunque todo parece pacífico, no estoy preparado para una excursión de ese tipo. Camino rumbo a una Shell: atrás se ven palmeras, caserones, poquita gente que se sube a los autos de lujo. Un bus frena justo al lado mío. Hace un ruido espantoso, mezcla de bocina, frenada y choque contra una orquesta. Toda la gente mira hacia donde estoy. Me asusto y me siento expuesto. Camino un poco más rápido hacia el barrio aburrido, lleno de guardias, en donde está mi hotel.

Cuando llego, un hombre me pregunta si soy argentino.

- ¿Cómo se dio cuenta? – pregunto.

Me responde con un gesto: se pasa la mano por delante de la cara y sonríe. Recuerdo que una vez, en Cuba, también me adivinaron la nacionalidad nada más con mirarme. Me pregunto si soy una especie de prototipo del argentino típico. Recuerdo el bidet, o su ausencia. Enciendo la televisión: en uno de los canales de la ciudad están dando una novela con Pablo Echarri y Paola Krum. La empiezo a mirar. Me quedo dormido.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buena la segunda parte!Sentí que me perdía yo también.
Mara Patagónica

Pandita dijo...

Buenísimo!

Si al leer un diario de viaje no te homologás (?) con el narrador, hay un problema. Problema que no existe acá, claro.

Sigo leyendo y a la espera de más.

Suerte con el curso y pasala lindo.

Abrazo.

Maestruli dijo...

Jajaja, sí Enzo, creo que tenés una cara más argentina que la de Carlos Gardel. O quizás sean los cortes de pelo de Andy que nos venden en el exterior ;-)