domingo, 18 de octubre de 2009

Diario de viaje El Salvador, día 1

El viaje en Copa es agradable. Duermo mucho gracias a medio clonazepam que rescaté –todavía en Buenos Aires- del fondo de una bolsa en donde guardo remedios vencidos. Me despierto por el olor a comida que llega desde las primeras filas del avión. Salí en la madrugada; calculo que deben ser las 9 de la mañana. Trato de mirar el reloj pulsera de la señora que está sentada a mi lado, pero me resulta imposible. Me duele la cabeza y no intento piruetas. Tampoco tengo ganas de preguntarle. El clonazepam me pasa factura.

- Las tostadas se terminaron - dice la azafata, algunos asientos más adelante – Sólo nos queda huevo con papa.

Son las nueve y cuarto de la mañana (un viejo, camino al baño, me muestra su Rolex sin querer) y voy a desayunar una especie de omelette de huevo, papas y morrones. Pienso que estuve mal del estómago los últimos cinco días. Dudo. Enseguida recuerdo lo que me prometí: sacrificar el buen gusto por las comidas en Buenos Aires, hasta que llegara el viaje y me entregara por completo. No tenía pensado que fuera tan pronto. Acepto.
Una hora más tarde estoy en el aeropuerto de Panamá, que bien podría ser el aeropuerto de Miami, o el mismísimo de Ezeiza. Hay un pasillo largo y un free shop que nunca termina. Miro el precio de los habanos, los vinos, los whiskys y los chocolates Toblerone. Artículos y precios son idénticos a los que vi antes de embarcar, todavía en Buenos Aires, antes de tomarme el clonazepam que me sigue ardiendo en la cabeza.
Tengo que encontrar la puerta 31. Resulta ser la más alejada, al final de pasillo interminable. Aun así, llego con tiempo y tengo que esperar. Camino, otra vez, rumbo al pasillo. Fantaseo con la posibilidad de gastarme toda la plata que gano en este viaje con la compra de alguno de esos objetos completamente inútiles que suele quitarle el sueño a la gente. Hay una cosa chiquita, con pantalla, con mucho color. Es cara. Pienso que quizás a la vuelta.
Ocho y cuarenta cinco, hora de Panamá, estoy frente a la puerta de embarque, rumbo a El Salvador. Un rato más tarde estoy en el último asiento de un moderno Embraer. Somos pocos en el avión. Viajo solo, al final de todo, cerca del comandante de a bordo y la azafata que se pasan las dos horas contando chismes de la empresa. Trato de leer.
El aeropuerto de San Salvador es chico y solitario. El free shop es idéntico al anterior, y también al otro. Paso por migraciones, me dan la bienvenida. Por unas ventanas alcanzo a ver el típico paisaje de esta parte del mundo: palmeras, árboles, un sol que raja la tierra.
Afuera y detrás de una horda de hombres que gritan “¡taxi!” y “¡hotel!” me está esperando Susana. Más atrás está Carlos. Lo noto más gordo que la última vez que lo vi, en 2004, en una merienda en la casa de Ernesto Sabato. Se lo digo. Se ríe. Lo acompaña otro muchacho, cuyo nombre no retengo. Hace un calor sofocante y húmedo. Arrastro mi valija entre las poquitas personas que andan por ahí, atravieso unos pasillos metidos entre los árboles, llegamos al auto. El que maneja es el muchacho sin nombre; yo voy de acompañante; atrás, Susana y Carlos. En veinte minutos hablamos de literatura, política, historia y televisión. Me entero que Francella es ídolo popular en El Salvador. Me dicen que la semana pasada hubo dos pequeños sismos. Les comento que tengo cierta curiosidad por vivir un temblor. Me cuentan que se mueve todo, que hay movimientos de arriba hacia abajo y de un lado al otro, me dicen que la gente corre, que lo peor es el ruido. El terremoto se anuncia con un ruido como de estertor, parece. Susana dice que resume todos los miedos del ser humano. Lo pienso mejor. Les digo que no, que mejor no quiero saber nada con eso.
La ruta está bastante solitaria; es un camino metido entre más árboles y palmeras, con puestos de venta de cocos cada pocos metros. Se ve poca gente. Sin darnos cuenta entramos en la ciudad. Lo que veo son algunas casas perdidas, casi escondidas atrás de más verde. En un segundo plano, a una caminata larga de distancia, el pico de una montaña.

- Ése es nuestro volcán – dice Susana.

Le pregunto si está en actividad. Me dice que sí. Carlos agrega que la última vez que entró en erupción fue en 1917.

- Y se calcula que hace erupción cada cien años – dice.

Hago cuentas. Ellos también, y me dicen que a veces el volcán se adelanta. Les pregunto qué van a hacer cuando entre en erupción otra vez.

- Nos tendremos que ir – responden.

Pasamos por un local de Pizza Hut; enfrente, otro de Wendy’s. Les comento de mi añoranza por esos lugares que frecuentaba en mi adolescencia, en Buenos Aires, antes de que se fueran del país. Me dicen que me van a llevar a comer ahí. Sonrío. Está cerca mi primera pizza de peperoni en quince años.
Llegamos al hotel. Me dicen que está ubicado en un barrio rico y que tengo de vecino al mismísimo Sheraton. El barrio se llama San Benito. Es parecido al barrio rico de Salta. Se me ocurre pensar que la oligarquía tiene el mismo gusto por las casas bajas, las colinas y las arboledas. Sigo sin ver mucha gente, excepto a la señora que me recibe en el hotel. Es simpática, pero no le entiendo mucho cuando me habla. Me da la llave de mi habitación. Susana, Carlos y el muchacho sin nombre me dicen que vuelven en un rato para ir a comer. Me doy una ducha fría. Enciendo la televisión. Tengo la secreta esperanza de encontrar a Francella pero, en su lugar, descubro un programa parecido a Feliz Domingo. Quiero dormir, pero la habitación me da vueltas. Mi cuerpo todavía está arriba del avión. Pienso que quizás es un terremoto. Todo el tiempo pienso en lo mismo. Miro las puertas dentro de la habitación. Hay un buen marco en donde refugiarse en caso de temblor. Me imagino ahí metido, aterrado, pidiendo por favor que pare. Enseguida suena el teléfono y me olvido. Me vienen a buscar. La pizza.
Ahora maneja Susana y, junto con Carlos, vamos a un centro comercial. Quizás ese edificio es lo único que me recuerda que estoy en una ciudad. Porque no hay edificios altos en San Salvador, y las casas parecen escondidas, salpicadas entre las laderas de un monte de verde intenso. Entramos a Pizza Hut. Está lleno de gente. Nos sentamos en una mesa y una moza muy simpática se apura en preguntarme qué quiero tomar. Le digo que no sé qué hay. Me dice que tienen una cosa cuyo nombre tampoco recuerdo. Acepto. Carlos y Susana me alientan; me dicen que es una bebida hecha con semillas de zapallo. Cuando la moza me trae el vaso, parece más bien leche chocolatada.

- Tiene también leche y chocolate – dicen los dos, recién entonces.


Como mi pizza de pepperoni con leche chocolatada a la cual algún chef vernáculo le incorporó semillas de zapallo molidas. Extrañamente, la combinación de todo eso junto resulta perfecta.
Carlos y Susana, sin embargo, toman coca cola con limón.
Seguimos hablando de literatura, de política, de historia y de televisión. Me cuentan de “la guerra del fútbol”; me explican lo de la guerrilla. Pienso que no voy a ser capaz de retener tanta información. A la vez, me sorprende saber cuánto saben de la Argentina. Carlos me pregunta por Almafuerte, por Angélica Gorodischer, por Andahazi, por Fogwill. Salvo de Almafuerte, de los otros tengo cosas para decirle. Me avergüenza no saber mucho de El Salvador. Les nombro a Roque Dalton, a Claudia Lars… También a algunos poetas que conocí por Internet en estos últimos años. Me dicen que los países de América Central son, en materia literaria, como un mismo país. Entonces aparecen más nombres: Monterroso, por ejemplo; o Ernesto Cardenal. Carlos me cuenta que, cuando estuvo en Buenos Aires, lo sorprendió que Cardenal fuera tomado como una estrella. Dice que en El Salvador es un poeta más. Reflexionamos acerca de la distancia, de las confusiones en literatura, de la fama y del propósito que perseguimos quienes escribimos. Tomamos un café en un bar del centro comercial. Descubro que las tazas de rico café salvadoreño son tan grandes como cuatro tazas nuestras.
A las tres y media de la tarde salimos del centro comercial. No entiendo muy bien el tiempo en este lugar. Tampoco los precios, que son todos en dólares; ni las medidas, que se dicen en onzas y libras. El tiempo pasa más lento o casi no pasa. Tampoco la ciudad parece existir del todo. No en este barrio San Benito desde donde escribo, en el segundo piso del hotel, en un salón donde alguien dejó encendida una computadora; frente a una ventana y a un cielo azul con nubes quietas, rodeado del trino de pájaros que no conozco, de cara a un volcán verde sospechosamente llamado a un mismo e inerte silencio.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lindísimo,lindísimo!Qué disfrutes de este viaje y nos hagas participar así de él.
¡Suerte!
Mara Patagónica