miércoles, 16 de septiembre de 2009

Por qué apoyo la "ley de medios K"

Lo que sigue es una reproducción de un viejo artículo que escribí para la revista Lea, a finales de 2004. Define, de algún modo, los mecanismos de operación con los cuales los medios fueron configurando esta sociedad deslucida y apática en la cual se originan la mayor parte de los dilemas sin resolver de nuestro país. La nota salió en una revista cultural independiente que desapareció poco tiempo después de que un medio monopólico decidiera fundar su propia revista. Frente al poderío del más grande de los diarios argentinos, nada pudo hacer una publicaci{on llevada adelante por un puñado de personas con buenas intenciones. En poco tiempo, los anunciantes que permitían a Lea salir mensualmente con diez mil ejemplares y 82 páginas a color en papel ilustración, trasladaron su inversión publicitaria a la flamante revista del monopolio. Así, Lea comenzó a aparecer y desaparecer de los kioscos como un fantasma errante, entre las sombras del blanco y negro y del papel obra. Un día dejó de salir. Con ella, se borraron las plumas de la veintena de colaboradores (muchos de ellos, estudiantes y jóvenes sin experiencia previa) que en cada número llevaban a cabo un sano ejercicio de pensamiento y crítica independiente, a menudo a contramano de los cánones y las modas.
El artículo que reproduzco no hizo más que vaticinar el silencio al que debimos plegarnos todos los que, en plena democracia, fuimos atropellados por el poder económico de un gigante que pretendió monopolizar el pensamiento. Vayan estas palabras como explicación a mi apoyo a la nueva ley de radiodifusión. Y como un homenaje a la revista que hacíamos entre tantas voces, con la porfía de los que se saben derrotados de antemano.

Los medios de comunicación y la estúpida clase media argentina
por Enzo Maqueira
Revista Lea Nº31, diciembre de 2004.

Los medios de comunicación son los dueños de la realidad. Según la hipótesis de la agenda setting , presentada por Mc Combs y Shaw en 1972, son los medios los que establecen el listado de temas sobre los cuales se pronunciará la opinión pública. Así, el temario de los individuos dejará de estar constituido por sus propias experiencias y preocupaciones, y será invadido por temas de "interés público", criterio de selección basado en una serie de valores de noticiabilidad funcionales a la dinámica de la empresa periodística.

La realidad de los medios de comunicación puede tener distintos grados de aproximación a la de las personas. Pero, en cualquier caso, el problema siempre quedará reducido a la creación de un clima de opinión, una suerte de percepción social en donde los temas que son de interés público son los más discutidos a pesar de que no sean los más vividos.

La construcción de una realidad ficticia es la gran función de los medios de comunicación. Se trata de crear una industria de la información que sostenga el negocio mientras controla, cohesiona y reduce las diferencias y los reclamos. Ante la urgencia de los temas establecidos por diarios, radios y programas de televisión, los pequeños problemas locales, los conflictos cotidianos y las necesidades básicas quedan confinados a la experiencia individual y, como consecuencia, al aislamiento. El uso de la agenda mediática como base fundamental de la creación de una realidad ficticia fue una de las armas predilectas de los medios de comunicación para frenar la embestida popular que comenzó en la Argentina a fines de 2001. En pocos meses, la desocupación y le hecatombe económica dejaron de ser tema de agenda y dejó su lugar a la inseguridad. Así, se desactivó el reclamo de la clase media y se corrió el eje de las preocupaciones hacia un campo en donde el capitalismo vuelve a pisar sobre seguro. Si durante el gobierno de De la Rúa la desocupación y la inestabilidad económica eran los grandes temas de tapa en los diarios, con la asunción de Eduardo Duhalde comenzó la escalada de violencia e inseguridad que recordó a la clase media argentina el valor de la propiedad privada y las posesiones materiales. Mientras más del 50 por ciento de la población argentina seguía padeciendo los horrores del hambre y la miseria, la clase media argentina, aunque reducida y vapuleada, volvía a mirarse el ombligo para salvaguardar sus pertenencias.

Un análisis similar puede aplicarse al fenómeno piquetero. En los revolucionarios tiempos de cacerolazos y asambleas barriales, piqueteros y vecinos convivían en paz y levantaban una misma bandera. Tres años después, una encuesta del diario Clarín demostraba el sentimiento de parte de la sociedad argentina: casi un 90 por ciento consideraba que el reclamo piquetero estaba vacío de contenido. No se habían solucionado los grandes dramas de esta masa de excluidos, pero la clase media argentina se obstinaba en creer que el reclamo ya no era válido. No es extraño que esto ocurriera. El reclamo piquetero nunca figura en los medios por lo que el reclamo significa, sino por los trastornos que ocasiona. No dicen las noticias: "Piqueteros cortan la Av. 9 de Julio para pedir comida para sus hijos desnutridos", sino "Caos del tránsito por protesta piquetera". En la mente maquiavélica de los dueños de la información, el tránsito es más importante que el hambre. La clase media argentina pronto elabora su opinión sobre esta realidad construida y olvida a los cartoneros que día a día desandan la ciudad, los limpiavidrios de las esquinas, los chicos que en la calle venden flores o estiran la mano para recibir una moneda.

Realidad es ficción

La comunión entre medios de comunicación y sociedad no se basa, sin embargo, en el uso de herramientas de propaganda tendientes a domesticar a una masa amorfa e inocente conformada por individuos culturalmente inferiores. Toda dirección de la opinión pública opera sobre mitos y creencias preestablecidos que están y conforman el pensamiento de la clase media argentina. Es ese sustrato ideológico, cultivado a partir de la historia, la educación y la experiencia colectiva, el que le da a los medios los patrones sobre los cuales operar. Cuando en 1994 un atentado a la sede de la AMIA terminó con la vida de casi 100 personas, operó aquel viejo mito anti judío para que la sociedad argentina no reaccionara y contemplara desde sus casas el drama y la tragedia. Cuando el joven Ezequiel Demonty fue arrojado al río por un grupo de policías, no hubo marea humana que tomara las calles para pedir justicia, porque operó el mito de la exclusión y el cabecita negra, la creencia del "algo habrá hecho" que también silenciaba durante los años de la dictadura. El mito, por supuesto, también puede lograr el efecto contrario. Fue aquello del "chico bien" y de la "gente como uno" el que hizo que miles de argentinos se agolparan frente al Congreso de la Nación, vela en mano, para pedir leyes más duras, más policías en las calles y la reducción de la inimputabilidad a los 16 años cuando fue asesinado Axel Blumberg. La clase media argentina define a los medios de comunicación y actúa ante el mandato que parte de ellos. Se trata de una simbiosis en donde los medios funcionan como el reservorio moral, ideológico y cognoscitivo en donde debe abrevar el argentino que desea pertenecer a la sociedad. Son las sagradas escrituras de la clase media, que a su vez es autora y esclava. Como en una religión, se erige sobre mitos y fanatismos y condena o ignora a quienes se mantienen al margen.

Hay muchas realidades en la Argentina, pero los medios de comunicación presentan una para la clase media y es la realidad que cada día consumimos y construye la historia. Los roles de cada clase están claros en el país. A las clases bajas les toca ser cerca del 50% de la población, pero permanecerán al margen de la sociedad, desde donde servirán como chivos expiatorios de los males de la inseguridad o como bueyes de carga para las actividades de la vida burguesa. La clase alta, por su parte, es la encargada de elegir el rumbo económico y político. La clase media parece tener el dominio de la información. Pero, los medios reflejan la realidad a la vez que la construyen.

Cuando un diario saca en tapa una nota acerca del aumento de la infidelidad entre las mujeres, aquellas que aun no contemplaron la posibilidad de desterrar aquella vieja traba cultural, probablemente sientan que es momento de hacerlo. Del mismo modo, el crecimiento en el consumo de droga será excusa suficiente para que un buen número de personas decidan que una droga tan masiva, no puede ser tan mala.

La construcción de una realidad ficticia deviene historia. Cuando en diciembre de 2001 el presidente Fernando de la Rúa huyó en helicóptero, los medios de comunicación eligieron crear el mito de un levantamiento popular y, por el contrario, atenuaron las evidencias de una conspiración política. También fueron los medios los que aplacaron el fervor revolucionario de la sociedad argentina. A pocos minutos de la asunción al poder de Eduardo Duhalde, derrotado en elecciones presidenciales dos años atrás, una nueva marcha de ciudadanos indignados se acercó hasta la Plaza de Mayo. Sin embargo, las cámaras no estuvieron presentes para alentar la reacción de los millares de televidentes que seguían la historia desde sus casas. No hubo prensa y la manifestación pasó casi desapercibida. Eduardo Duhalde mantuvo su cargo gracias a su poder político, pero también merced a una nueva agenda temática en donde la desocupación dejó de ubicarse entre las noticias "de interés público". Fue entonces cuando comenzó una recuperación económica que, antes que en los índices de pobreza, se vio en los diarios. También en esa época empezaron los secuestros y la ola de inseguridad. El gran tema de preocupación de la actualidad, más que desestabilizar al gobierno de Néstor Kirchner, parece mantener a los ciudadanos con la mente puesta lejos de las dificultades económicas, a resguardo y en sus casas, en donde no existe peligro para unos ni para otros.

Es clara la función que tienen los medios en el sistema capitalista. Se trata de una industria cultural que disfraza de servicio social y educativo sus verdaderos fines de lucro. Son empresas privadas que, en su mayoría, pertenecen a grupos empresariales con intereses en otros mercados. A estas empresas los argentinos les confían la configuración de su realidad. Son estas empresas las encargadas de crear tendencias, sembrar pánico, sumar confianza o azuzar los ánimos de acuerdo a las necesidades de un sistema en donde el poder político y económico trabajan coordinadamente.

Si las dictaduras necesitan de la cachiporra para aplacar las quejas, (también de la picana eléctrica y las desapariciones), la democracia cuenta con un instrumento de control mucho más efectivo. Diarios, radios y televisión se encargan de establecer el listado de temas sobre los cuales la opinión pública deberá pronunciarse, a favor o en contra. Pero, además, el uso de técnicas de propaganda y, particularmente, del estereotipo, logran crear el clima de opinión. No es necesaria la mentira, aunque bien podemos sospechar que existe. Basta con recortar la realidad según las necesidades de turno para que la sociedad dirija su mirada y sus opiniones en el sentido deseado.

Cuando Carlos Saúl Menem perdió la elección presidencial de 1999, frente a la coalición formada por la Alianza, los medios decidieron que ese presidente que hasta entonces les había resultado funcional a sus intereses, ya no lo era. El tema preferido de las agendas fue, entonces, la corrupción. Los casos de corrupción se sucedían sin pausa y dejaban a Menem fuera de la competencia ante la imagen de transparencia que ofrecía Fernando de la Rúa. Por supuesto, la sociedad entera se sumó a la causa y le propinó al Partido Justicialista una derrota electoral que terminó con el peor presidente de la historia argentina. Esa misma masa de justicieros ciudadanos no pareció notar la corrupción menemista, ni el saqueo, ni el incremento del índice de desocupados, durante los diez años que duró su presidencia. En esos años, los medios de comunicación y el poder establecido necesitaban una sociedad dispuesta a aceptar el avance del sector privado y el retroceso y vaciamiento del Estado. Una vez más, no importó que la realidad cotidiana mostrara negocios cerrados, trabajadores en la calle ni villas miseria cada vez más extensas; los medios le daban a la clase media argentina lo que siempre quiso ser: ciudadanos del primer mundo, europeos condenados a una Sudamérica donde, afortunada y finalmente, habían llegado las cadenas de fast food, los teléfonos celulares y los shoppings.

La necesidad del poder es mantener a los ciudadanos en sus casas, libres de cualquier intentona política. El objetivo es crear consumidores, personas pasivas ante las ideologías cuya única motivación sea obtener bienes materiales. Y como el hombre es insatisfecho por naturaleza, el consumo nunca cede. Una familia que se reúne cada noche ante el televisor, cerrará con algunas opiniones más o menos apasionadas la discusión en torno a los grandes temas del país y del mundo. En la alienación propia de las grandes ciudades, ante el continuo resplandor de la pantalla televisiva, entrarán en el juego de la inactividad mientras los mensajes se suceden, fragmentados, abruptos y urgentes, sin tiempo para la reflexión. Solo habrá tiempo para absorber la oferta de nuevos productos y servicios y correr a satisfacer cuanto antes esa necesidad ficticia.

Mentiras impiadosas

La construcción de la agenda temática no es la única herramienta con la que cuenta el sistema para dirigir las opiniones y voluntades de la población. Un segundo filtro sobre la realidad de los individuos es operado durante la jerarquización de las noticias. Así, un mismo hecho o sus reacciones y consecuencias podrán ser ignoradas o discutidas conforme aparezcan con grandes titulares, en un lugar destacado del diario o el noticiero televisivo, o bien queden relegados a un pequeño recuadro o una noticia breve. En cualquier caso, no será tarea de la sociedad determinar la importancia de cada hecho, sino que estará implícita en la misma publicación. Un asesinato publicado en la tapa del diario Clarín será suficiente para colocar el tema de la inseguridad entre lo más destacado de la agenda ciudadana. Se sucederán las discusiones, las tomas de posición y los análisis. Pero no será una reflexión profunda ni organizada, sino que responderá al estímulo mediático y morirá junto con éste. Por otra parte, es fácil prever la repercusión del mismo asesinato publicado en una sola columna, perdido entre otros asesinatos de la sección policiales.

La jerarquización de las noticias constituye una nueva tergiversación de la realidad, otro fragmento de cotidianidad que es cercenado y que da como resultado una ficción social sobre la cual se erige la cultura de masas. Pero, la tergiversación encuentra otro nivel de desarrollo en el uso del estereotipo, clave en el diálogo entre medios de comunicación y público.

El estereotipo opera sobre caracteres, conceptos e ideologías; les quita significado y los reduce a una representación, una abstracción que permita una comprensión masiva y rápida. Estereotipar no significa tomar sólo los rasgos más característicos o sobresalientes, sino también elegir cuál rasgo habrá de destacarse. El estereotipo facilita la interpretación de mensaje, apunta directamente a las emociones y a las creencias ya establecidas en la sociedad. Una vez más, le quita racionalidad a la información y la carga de emotividad. Obligado a reaccionar desde sus emociones, el individuo es esclavo de un sistema en donde no está permitido pensar. Como tal, corresponde al estereotipo la conservación de los valores impuestos, el congelamiento de percepciones y emociones en la serialización y la estandarización. En la gran fábrica de cultura, ideas y opiniones, el estereotipo es el producto más acabado y consumido, la cima de la producción en serie.

Se estereotipa a Juan Carlos Blumberg cuando se lo presenta como un cruzado dispuesto a luchar contra las injusticias y la inseguridad. Pero, también se estereotipa a Blumberg cuando, desde la izquierda, se lo pretende mostrar como un representante del neofascismo. Probablemente no sea Blumberg ninguna de las dos cosas. Ocurre que la realidad es mucho más compleja que el manojo de actitudes y apariencias que los medios construyen sobre sus protagonistas. Nada que pase por los medios escapa al estereotipo, que encasillará de acuerdo a las necesidades del sistema, a periodistas, actores, deportistas, escritores, músicos, delincuentes, víctimas y presidentes. En cuanto alguna nueva figura asome la cabeza por fuera de la estructura pre-establecida, rápidamente se le adjudicará una etiqueta que terminará por fagocitar sus intenciones. La fuerza del estereotipo sobre los personajes mediáticos es tal, que es muy difícil que la suma de prejuicios cambien cuando la realidad demuestre características ajenas. Así, la conductora televisiva cuyo estereotipo obedece al vedetismo , la simpatía y la ingenuidad, seguirá siendo juzgada bajo esos preceptos aun cuando las causas judiciales por enriquecimiento ilícito o negocios turbios se sumen en su contra. Los medios y la sociedad aceptan sólo un estereotipo por vez. Desde esa estructura tejerán cualquier visión futura, cualquier juicio y opinión. No se le pedirá una rendición de cuentas al estereotipo del artista consumidor de drogas, pero se condenará al periodista serio que sea descubierto en su adicción. La sociedad mediática no entiende de razones, sino de emociones derivadas de los moldes que prefigura.

El estereotipo encasilla, silencia, vacía. La cultura que la sociedad argentina consume a través de sus medios de comunicación se basa en esta estructura en donde la innovación, la creatividad y la reflexión son pasados por una gran fábrica de abstracciones que quita todo significado.

La agenda de temas que presentan los medios, la jerarquización de esos temas y la configuración de una cultura determinada por el estereotipo, son tres herramientas que los medios de comunicación utilizan para controlar el ánimo de la sociedad. A las clases bajas las mantendrá a raya edificando sobre sus espaldas la mochila de la resignación. Pero eso no es todo: presentados por los medios como individuos ajenos a la sociedad, los millones de pobres que pueblan la Argentina son excluidos por propia voluntad o, mejor dicho, como consecuencia de una educación deficiente que les impide entablar un verdadero diálogo con los distintos actores sociales, a la vez que imposibilita cualquier tipo de reflexión sobre sus problemáticas. No son las escuelas las que educan en los valores humanos, sino los medios que enseñan al pobre la resignación, el aislamiento y la estructura de clases. Fenómenos como la cumbia villera se presentan, así, más cercanos a una voluntad de conservación del orden establecido, que a la reivindicación de los derechos de los desposeídos.

Si las clases bajas se ven imposibilitadas de escapar al control mediático, tampoco será tarea de las clases altas desenmascarar el funcionamiento de esta maquinaria siniestra que es funcional a sus intereses. Una vez más, la clase media aparece como la gran cómplice de un sistema que no la favorece, que solo crea necesidades ficticias y mantiene un orden emparentado con la esclavitud, la inoperancia, la más rutinaria y estúpida de las existencias.

Cómplices

Ante un sistema de control tan evidente, solo cabe responder a una pregunta: ¿por qué es tan estúpida la clase media argentina?

Hubo un tiempo en que parte de la clase media argentina era capaz de levantarse en armas y combatir el modelo neoliberal desde sus cimientos. También existía otra clase media, la que miraba para otro lado y asistía en tropel a los partidos del mundial de1978. De aquélla apenas quedan rastros. Las desapariciones, el miedo y el avance menemista acallaron muchas voces y condenaron a otras al aislamiento. La clase media del "no te metás", en cambio, creció e invadió el país. Sin las falencias educativas de los más pobres ni las razones económicas de los más pudientes, la clase media argentina se transformó en una defensora ingenua, ignorante y estúpida de un modelo de exclusión que terminó por diezmarla.

Fue la clase media la que apoyó la impronta neoliberal de Carlos Menem a pesar de la exclusión social que esa política dejaba en evidencia. Fue la misma clase media la que recuperó su modesto espíritu revolucionario cuando se vio imposibilitada de retirar sus ahorros de los bancos. Dominada por los medios de comunicación, engañada con artificios baratos y tentada por sus propias fantasías, constituyó el motor de un tiempo de saqueo económico, político, social y cultural que dejó a la Argentina de rodillas.

El consumo de la cultura mediática configuró una sociedad educada en el individualismo, la desconfianza, el enriquecimiento fácil y la competencia desleal. Control remoto en mano, argentinos de todas las edades ven por televisión un mundo que creen real. Tanto desde los noticieros como desde las ficciones que cada día condicionan e instituyen nuevos comportamientos, consumen realidad en la forma de historias de gente de barrio, amores clandestinos o devaneos sexuales. Aislados en sus casas, ajenos a la comunidad y el intercambio, son espectadores de esa realidad que los incluye solo por alusión.

No es casual que, mientras los medios de comunicación educan a la clase media argentina, la educación tradicional atraviese su mayor crisis. La reforma educativa instaurada a mediados de la década del noventa agravó el problema. Hoy, es la televisión - y no los libros - la que educa a las nuevas generaciones. Desde publicidades, telenovelas, series y dibujos animados, construyen la nueva escala de valores erigida sobre la posibilidad de acceder al consumo. No hay pensamiento sino necesidad de consumir e igualar en la propia vida, el ideal que presentan los medios.

Hay una sola realidad para la clase media argentina y es la que cada mañana lee en el diario Clarín. Será esa realidad la misma que las radios reproducirán y que los programas de televisión expandirán hacia cada rincón del país. Transformado en la conciencia impresa del ciudadano argentino, Clarín logra establecer los patrones de conducta, juzgarlos y restituirlos conforme a los intereses políticos y económicos del poder. Para Clarín, "la gente" es aquella que puede encasillarse en el ciudadano común de clase media que cumple puntualmente con su apoyo a cada una de las modas, olas y tendencias de consumo masivo. Cuando Clarín titula: "La gente cada vez compra más para Navidad", está hablando de una realidad parcial, apenas acotada a la minoría que hoy, en Argentina, puede acceder al consumo. Sin embargo, la noticia no habla de minorías, sino de una abrumadora mayoría escondida bajo el dudoso sujeto denominado "la gente". No es Clarín el reflejo de las mayorías, sino el manual de comportamiento de una clase media obstinada en mantener su rutina a pesar de cualquier tragedia. Por eso las noticias de fútbol ocupan tapas enteras y no la muerte de un chico por desnutrición. También por esa razón, "la gente" sale a reclamar por su ahorros e ignora durante años las villas miseria, las caras sucias de barro y hambre que desandan las calles. Reproducido y agigantado a costa de millones de páginas que cada día viajan hacia las provincias, Clarín borra cualquier localismo e instaura en la población la dictadura de "la gente". Sectorizado sobre apenas una porción de la realidad argentina, Clarín, sin embargo, avanza sobre todos los públicos y fija un punto de vista único, donde no pertenecer significa quedar afuera sociedad, ser tratado como una minoría aunque nada de eso sea verdad.

El expansionismo de Clarín no deja espacio para segundas voces. Con el comportamiento esperado de cualquier empresa con fines comerciales, avanza sobre la competencia, destruye y edifica sucursales de un pensamiento único a lo largo de todo el territorio, en cada una de las áreas que alguna vez fueron materia de discusión. Así, se adueñó de la crítica deportiva con la aparición del diario Olé, se inmiscuyó en las problemáticas barriales con los suplementos zonales y, más recientemente, distribuyó su revista cultural Ñ por todo el país, echando por tierra la posibilidad de un verdadero diálogo intelectual, instaurando nuevamente el imperio de las exclusiones y las inclusiones. Con decenas de miles de ejemplares vendidos cada fin de semana a un precio imposible de igualar por cualquier emprendimiento independiente, Ñ se transforma en la gran usina de promoción de un pensamiento que, para muchos lectores, será su única posibilidad de encuentro con la cultura. Nuevamente, la reflexión pierde ante el discurso hiperprocesado y la realidad tergiversada de un medio de comunicación masivo. Aunque populariza el consumo cultural e instaura la cultura como tema de discusión, Ñ no se preocupa por la cultura sino por constituirse en un negocio rentable para la empresa. Por eso ignora a las demás revistas culturales, como Lea, La mujer de mi vida, Lezama, Cuadernos del Trópico y tantas otras que, en una muestra de increíble mezquindad, Ñ coloca fuera de ese conglomerado de expectativas del mundo creado por Clarín. Una vez más, se trata de "la gente" frente a las minorías. La misma realidad que en nada se parece a la de cada día, a la que existe fuera de la pantalla y las páginas de un diario.

Refocilada con sus propias miserias, encerrada en un mundo ficticio y obstinada en satisfacer su hedonismo, la clase media argentina acompaña los mandatos de los medios de comunicación, a la vez que les exige la estabilidad de un sistema injusto del cual, sin embargo, no quiere liberarse. En la Argentina moribunda de nuestros tiempos, la educación parece ser la única posibilidad de escape. Casi una utopía.

4 comentarios:

Enzo Maqueira dijo...

Y el agradecimiento a Carlos Santos Sáez y Adrián Rimondino, Pedro Ferrantelli y Franco Ferrantelli, ideólogos e inversores, respectivamente, de un espacio que algún día será recordado como merece.

DD dijo...

Enzo otro día con más tiempo leeré tu nota.
Paso a agradecerte los contactos que me pasaste para la nota de investigación, ya los voy a contactar en estos días.
Y de paso hago chivo de mi nuevo intento de blog literario jeje : http://digoquedicen.blogspot.com/

Saludos,
Diego.

protohumano dijo...

BRAVOOOOO!!! BRAVOOOOO!!! BRAVOOOOOO!!!
(todos aplaudiendo de pie, y con una pequeña lágrima en los ojos... cayende lentamente... pero con una lentitud parecida a la esperanza)
BRAVOOOOO!!!
BRAVOOOOO!!!

Pandita dijo...

Excelente la nota.

Con respecto a la ley, sí, bienvenida, bienvenidísima, maldita sea. Pero -siempre lo tengo- dudo de que el organismo de control termine siendo algo autónomo.

Y menos mal que sacaron lo de las telefónicas. Creo que eso hace a la ley sustancialmente mejor, pero -vamos de nuevo- el sentimiento de amargura es inevitable, porque entiendo que la razón por la que excluyeron a las telefónicas no es la que debería: no es ideológica, sino de conveniencia. Digo, que no vendieron la parte de Telecom que tiene Telefónica de España a quienes el gobierno quería que se la vendieran y por eso las sacaron.

Ese es mi problema con este gobierno y con todos los que he visto en este país: un problema de ética. Y si me equivoco (y ojalá, ojalá que yo esté hablando pavadas y que todas las denuncias de corrupción sean infundadas y demás), si me equivoco decía, espero ansioso el rompimiento del monopolio de las telefónicas (lo de oligopolio es un formalismo simpático). Pero en fin, mierda, esto se está haciendo largo, jauju... En fin, no espero nada por lo que dije, porque creo que se actúa más veces por conveniencia personal que por otra cosa (como cuando se permitió la fusión de Cablevisión y Multicanal).

Igual, Dios, no quiero ser un amargado. La verdad es que no espero ver en vida un gobierno con el que esté satisfecho. Y, además -me siento más allá del bien y del mal y digo lo que se me antoja, tenga o no que ver-, creo que la lucha verdadera se da, precisamente por lo que referís al comienzo de la nota, Enzo, en los espacios micros, es decir, depende de nosotros cada día y todo el tiempo, y se empieza con pavadas como no tirar papeles en la calle, esperar a que los demás bajen del subte para subir y no dar vuelta la cara cuando alguien que tiene hambre, por el amor del Dios en el que no creo, que tiene de HAMBRE, pide una moneda (si está borracho valdría hacerse el ganso, aunque, particularmente, creo en el derecho al alcoholismo).

En fin, dije que no quería ser un amargado. ¡Viva la nueva ley! ¡Maten a Francisco y métanle un supositorio en el orto a Morales!