jueves, 27 de agosto de 2009

Julián

El pibe se subió a la autopista en sentido contrario. Manejó unos metros, lo esquivaron. Corría a 180 kilómetros por hora. Siguió manejando, posiblemente borracho, drogado, o motivado por una apuesta. Quizás del otro lado lo esperaba una mujer; quizás sólo quiso divertirse.
Un camión lo embistió de frente. Quedó atrapado, muerto, entre los hierros retorcidos del auto.
Tenía 21 años.
La noticia salió en los diarios de España, en donde el pibe vivía con su familia después de dejar la Argentina en plena crisis económica.
El pibe se murió en otro país, en la autopista, de madrugada.
Pudo haber sido acá, en una disco de Holanda, o en el barrio más pobre de Somalia.
Ciertas acciones se llevan a cuestas durante algunos años, como un mandato divino imposible de soslayar.
Paradojas al margen, el pibe murió.
Y lo hizo en pleno ejercicio de la juventud que lo llevó a la eternidad.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Iluminado, como siempre.

Anónimo dijo...

Iluminó...siempre.

Anónimo dijo...

Son delirios de jóven?tuyos?o de los jóvenes de hoy?

Enzo Maqueira dijo...

No sé si son delirios. Son riesgos que se corren en cierta etapa de la vida. Y algunos lo pagan con la vida. Pero la opción de llevarlos a cabo es siempre la correcta. Es una pena que a veces salga mal.

Anónimo dijo...

Tu útimo comentario fue aún más iluminado que el texto que lo desencadenó.
Es necesario correr riesgos siempre, sino no hay ganancia.
Cierta etapa de la vida, condiciona un poco nuestra percepción de las consecuencias.
Pero la opción de llevarlos a cabo es siempre la correcta. Iluminado.