lunes, 6 de julio de 2009

No toda es vigilia la de los ojos abiertos

Hoy estuve en la calle. Salí. Caminé. Anduve por la vereda chocándome con los policías y las señoras. Hasta entré en un supermercado e hice la fila para que me cobraran cien gramos de queso y doscientos de jamón. Éramos varios en el supemercado. Estaban los chinos, como siempre, pero también el vecino que todas las tardes pasea al perro, y también el travesti de la otra cuadra, y el encargado del edificio que los domingos se queda en la puerta para escuchar el partido. Porque también había un partido de fútbol . Era la final del campeonato. En un momento se escuchó un gol: algunos gritaron; otros siguien caminando, como si nada.
Vi gente. Mucha. Había algunos que tenían pinta rara, pero no lo puedo asegurar. Así que entré a los negocios, miré vidrieras; en un kiosquito compré una coca de litro y la fui tomando del pico, contento, mientras se largaba a llover. En un momento pasaron los autos tocando bocina. Iban con banderas de colores, gritaban "dale campéon".
A la noche fui al teatro. Éramos poquitos. Estábamos todos sentados uno al lado del otro; calladitos, en silencio, sin chistar. Nadie se animó a toser; ninguno estornudó. A un pibe le sonó el celular y todos seguimos tranquilos, mirando la obra.
A la salida me quedé a saludar a los actores. Se reían. Nos dimos la mano, dos besos, nos fuimos a cenar todos juntos. Pedimos una canasta gigante de papas fritas. Y pedimos siete cervezas, porque éramos siete en la mesa. También había otras mesas, con mucha más gente. Algunos pedían lo mismo, otros le entraban al vino. El mozo no daba abasto. Transpiraba, el tipo.
Nos fuimos casi a las doce de la noche. Era domingo y bien tarde, pero el colectivo pasó enseguida. Subí, pagué, el colectivero me dijo "buenas noches". Dos pibes iban sentados atrás. Viajé parado, mirando la gente por la ventana. Todavía quedaban tipos que volvían de festejar.
Cuando llegué a casa me lavé bien las manos, así, mecánicamente. Me saqué la ropa y la dejé a un costado. Me acosté enseguida -hacía mucho que no salía de casa- Estaba cansado.
Hice lo de todos estos días, para informarme:

Encendí el televisor. ¿Podés creer que todavía hablaban de ella?

Hoy estuve en la calle. Salí. Caminé. Pero, por más que la estuve buscando, en ningún momento la encontré. Fue raro no haberla visto, cuando la estuve mirando tanto. Pero no estaba, ¿sabés? Por ningún lado.

5 comentarios:

Maestruli dijo...

¿Qué obra de teatro viste?

¿Y quién es ella? ¿Rubia o morocha? Quizás es una más de las quince mil desaparecidas.

Anónimo dijo...

:)...me encanta tu estilo de escritura.

Anónimo dijo...

a veces la vida es puta... :-(

Anónimo dijo...

saliendo de los comentarios idiotas de otros anonimos, vengo a decirle que se extraña su escritura. Tiene abandonada a la puta pituca. Saludos.

MR BLOG. dijo...

VENGO A TOSER PARA QUE LA ENCUENTRES AMIGOOOOOOOOO JAJAJA, pero hay que quitarse el barbijo, un abrazo enorme.