martes, 28 de julio de 2009

La bolsita

Lo último que meto adentro es el papel de un chocolate con almendras que me regaló mi tía ante de abrirme la puerta del edificio y decirme que hablamos, saludos a papá, ¡qué golazo el del Burrito!
Debajo del envoltorio del Cadbury se suceden -en orden de cronología invertida, pero también por obra de los caprichos de la física y, quizás, el azar- dos corchos, doce servilletas de papel (una está manchada con aceite), lonjas de cáscara de papa, el sobrecito abierto de un Tulipán, tres fósforos partidos, una pata de pollo con colgajos de piel y carne, dos bollos de hojas impresas, medio sacramento enmohecido, un saquito hinchado de té verde, un charco de agüita oscura. Dudo un segundo; camino a mi habitación. Encuentro el forro bajo la cama: un feto aplastado que, cuando despego del parquet, hace el mismo sonido que hacen las tijeras al cortar un pedazo de esponja.
Llevo el forro hasta la cocina. Lo tiro dentro del tacho.
Cierro la bolsa. Ajusto con fuerza y la boca enorme se va achicando hasta convertirse en el beso de una señora vieja. La sostengo pasando un dedo por el ojo del nudo. Gotea.
Bajo las escaleras con la bolsa delante mío, sosteniéndola a medio metro de mi cuerpo, con el brazo en alto.
Abro la puerta de calle (el frío me golpea en la cara), dejo la bolsa apoyada contra un árbol con olor a pis.
Mi fin de semana queda esperando -junto a otras bolsas negras, de supermercado, bolsas de ropa comprada en oferta; botellas de vino; cartón de una caja de televisor- a que llegue el camión que lo entierre en algún basural, lejos de casa.

1 comentario:

Pam dijo...

muy maqueira, en el buen sentido.
cuánta constancia con las publicaciones, lo felicito.