martes, 30 de junio de 2009

Las ratas

Todos los lunes paso por ese restaurant. Queda en Belgrano, en una esquina donde los autos son todos tan caros que parece que se estacionaran solos. Uno camina por esa vereda y ve desfilar a las señoras con la sonrisa inflada de botox, a los cincuentones del brazo de una morocha sacada de alguna pasarela, a los treinteañeros de chomba Lacoste y andar despreocupado. Pero se ven poquito, nada más cuando bajan o suben de sus camionetas, o cuando uno los descubre ocultos atrás de la ventana del restaurant. Aunque viven en esos edificios altos, de kilométricos balcones, es mucho menos probable verlos a ellos que a sus sirvientes paseando sus mascotas bajo el solcito otoñal.
Hace varios lunes que paso y nunca están. A veces aparece una parejita cool que llega en su descapotable; otras veces, un par empresarios que toman café hasta la tarde. No mucho más. Paraditos en los rincones del salón, esperan los mozos.
Pero todo cambió el lunes pasado.
Ese día el restaurante hervía de gente. Había que verlos: las mesas largas en donde se multiplicaban los tipejos de traje, las modelos devenidas en esposas de magnates, las jóvenes promesas del empresariado argentino. Se saludaban de una mesa a la otra: "¿Qué me contás?", alzaba la mano uno; "¡Al fin!", exclamaba el otro, la sonrisa de oreja a oreja. Y también se hablaban al oído, y se colgaban en eternas conversaciones por teléfono celular, a pura risa.
El dueño del restaurante observaba, complacido. Llevaba un poco más de un año abierto y era la primera vez que tenía el salón colmado.
- ¿Qué pasa? - le pregunté - ¿Por qué hay tanta gente?
No respondió. Justo en ese momento, uno de los comensales se levantaba de su mesa y salía, triunfante, saludando a quien quisiera acordarse que el tipo había sido ministro de economía, el más joven de la historia. El dueño le dio un abrazo. "¡Qué fiesta", dijeron casi al unísono.
Los demás pedían más vino, más postre, más café. Y por lo bajo reconocían al dueño de la cadena de supermercados, o saltaban de sus sillas para darle la mano al presidente de la multinacional. Las mujeres les decían a sus hombres: "¡Andá a saludarlo!". Y ellos -"Después voy, dejalo comer tranquilo"-, seguros de que habría otra oportunidad.
Es que un día antes habían ganado las elecciones.
Y las ratas estaban de fiesta.

4 comentarios:

Facundo Baez Rodriguez dijo...

no hay nada para decir, más claro servi agua...servime, servite, soy un tipo común.....vieron que el pueblo votó el cambio....y para los q dicen q la gente de Buenos Aires es xenófoba, está muy claro que se equivocan, ganó un colombiano...al paso que vamos reforman la Constitución y lo tenemos de presi...

Dieg0 dijo...

Si no fuera porque hablás de ayer y no de un lunes de octubre de 2007, estaría convencido de que siempre pasás por una sede del glorioso FPV.
Saludos desde la nulidad de mi voto al gobierno que construyó 700 escuelas (o sea, casi 3 por día: JA-JA) para que sigan conteniendo más comodamente a alumnos que reciben una educación paupérrima.

Mr. Sopen o Sergio Rios dijo...

la verdad que son ratas, tenés razón...saludos

MR BLOG. dijo...

La puta oligarquía vacía nuestras mesas...pero llena restaurantes, es extraño.