jueves, 21 de mayo de 2009

Orfandad

Durante la segunda mitad del siglo XX el mundo valoró, por primera vez y de manera homogénea, la obra literaria latinoamericana. Lo que se conoció como boom de la novela latinoamericana no sólo encerró una movida marketinera exitosa alrededor de cuatro excelentes escritores (Cortázar, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa), sino que representó la madurez literaria de América latina. Fue una emancipación la que vivieron nuestras letras a partir de 1960. Y, si ese grupo de cuatro (cinco, si sumamos a José Donoso), fue lo que el mercado eligió encumbrar, lo cierto es que ese boom fue mucho más allá y su efecto multiplicador llenó de elogios, lectores y prestigio a autores de la misma generación y de generaciones anteriores. Borges, Rulfo, Sabato, Neruda, Roabastos, Octavio Paz, Bioy Casares, Benedetti, Cabrera Infante, Bryce Etchenique, Onetti, Puig, Amado, Arguedas, Lezama Lima, Carpentier y tantos otros se ganaron su lugar en el canon a partir de sus obras, pero también del interés que -revolución cubana mediante- generó América latina en el mundo occidental. Ellos alcanzaron la comunión entre cosmpolitimos e indigenismo, fundaron una novela autóctona y vanguardista que, si bien fue inspirada en la literatura europea, se presenta con un sello auténtico y original. A nuestros ojos se convirtieron en dinosaurios enormes, sabios y amenazantes, capaces de generar sobre sí mismos una atención que fue en desmedro de la atención que pudieron generar quienes vinieron después.
Sólo sobreviven unos pocos de esos dinosaurios de la nueva literatura latinoamericana. Nos toca asistir a dispares ocasos de García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, los tres autores del núcleo del boom aún viven. Es dispar, también, el retiro de Ernesto Sabato y de Bryce Etchenique.
Lo cierto es que la sombra con la que todos ellos tapaban el inmenso campo literario latinoamericano empieza a desaparecer. En el camino habrán quedado grandes autores ignorados, no tanto por la crítica, sino por los lectores. En el camino hay, también, generaciones de las cuales es poco lo que se puede rescatar.
Es una pena que se mueran los dinosaurios. Es una pena porque difícilmente exista otro boom, por lo menos en el mediano plazo. Y porque América latina -que perdió hace rato la atención del mundo- ni siquiera podrá mostrar con orgullo a sus piezas de museo. Habrá, por supuesto, algunos autores que logren proezas individuales (como lo hicieron Bolaño, Saer o Piglia; o las descomunales ventas de Soriano, Andahazi y Paulo Coelho), pero ya no existirá un grupo, una ola, un movimiento o una operación de marketing sostenida sobre excelentes obras, compromiso político y fama de estrellas de rock. No existirá siquiera esa imagen cabizbaja y envejecida que muestran hoy los últimos sobrevivientes: sus libros cortos de letras grandes de escaso valor literario que, sin embargo, genera la atención de un público cada vez menos propenso a dejarse engatuzar por la construcción de ficciones que no tienen posibilidad de convertirse en películas de Hollywood.
Dentro de poco tiempo nos vamos a quedar sin los últimos dinosaurios. Y ni siquiera vamos a tener ese último consuelo cuando leemos la lista de best-sellers, el consuelo de ver literatura entre tanta escritura.
Se nos acaban los dinosaurios y las ratas ya salieron hace rato a aprovechar tanto espacio libre. Si la historia de la literatura latinoamericana imita a la historia de la humanidad, deberán pasar años para que que aparezca el hombre. Esto será un páramo, un cementerio de huesos grandes en donde jugaremos en soledad, perdidos, llenos de una ilusión estúpida por un futuro venturoso.
Algún día aparecerá el hombre y será un nuevo boom.
Sospecho que, mientras tanto, no habrá lectores que se apiaden de nuestra orfandad.

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