jueves, 2 de abril de 2009

El muerto

Una señora salió corriendo con la mano izquierda entre sus propias manos. Lloraba. Gritaba el nombre mientras corría. Dos chicos caminaban apurados, cada uno sosteniendo una pierna. Cubierto de sangre y olor a gusano, un hombre cargaba un pedazo de piel recién cuereada. Y sobre el cadáver tirado en medio de la avenida, se agolpaban doscientas personas, volaban los dedos de la otra mano, la pierna restante era arrancada a tirones, se alzaban triunfantes los puños con pelos.
El féretro había caído del carruaje, empujado por quienes fueron a echarle flores. Como una ballena abrigada, había sido arrastrado desde las escalinatas del Congreso de la Nación. Despacio anduvo enfundado en esa bandera celeste y blanca, rodeado de gente que mil veces gritó su nombre. Y hubo también la música de los aplausos, el llanto, los caballos pinchados con granaderos.
Ya convertido en féretro, nada pudo ver el muerto de lo que acontecía a su paso.
Antes, setenta mil personas lo habían velado por treinta y seis horas, caminando frente a su rictus. Hubo quienes lograron dejarle una caricia en la cara. También los besos tuvieron lugar sobre el papel quebradizo de los párpados. Tampoco esto lo sintió el hombre, aunque aún no había sido envuelto en aquel capullo.
A las 20.30 del martes, el presidente cerró los ojos.

1 comentario:

protohumano dijo...

En este paso por la vida la historia nos signa y nos define en la muerte... todo lo demás ya no cuenta.
Es como dice Joyce "la nieve cae sobre todos los vivos y los muertos"