domingo, 29 de marzo de 2009

La espera

A las tres nomás ya vienen. Ni alcanzo a terminar de comer, y ya la chica me está esperando para acompañarme hasta la puerta. Todos los domingos es la misma cosa. Me despierto temprano, con los pajaritos del árbol de enfrente que da justo a mi habitación. Los empiezo a escuchar cuando todavía estoy durmiendo y en un momento ¡paf!, me despierto del todo.
Apenas me levanto me pongo el deshabillé, camino despacito agarrándome bien firme del bastón, abro las cortinas y me quedo paradita mirando por la ventana. Vieras que lindo se ven los gorriones a esa hora, tan contentos. Los pichones mueven las alas y el papá va y viene, les mete comida adentro el pico dando unos saltitos que a mí me dan tanta gracia que a veces hasta me río. Por suerte la señora de al lado no se entera de nada; ella duerme hasta tarde los domingos, porque nunca la vienen a visitar.

Demoro bastante en vestirme. Primero me tengo que bañar, pero en eso ya estoy canchera: me meto en el baño con el bastón y me quedo afuera de la ducha, a un costadito. Abro solamente la canilla de abajo, mojo el jabón, me enjabono bien todo el cuerpo y después me paso la esponja y quedo limpita. Y la cabeza me la lavo con un poquito de jabón en los dedos; otro poquito de agua y listo.
Para vestirme es más difícil, porque si no suelto el bastón me puedo caer, y ya son varias las señoras que después que se cayeron aparecieron en silla de ruedas. Había una, la rusa, que andaba todo el tiempo de acá para allá; una mañana se estaba vistiendo, soltó el bastón y se rompió la cadera. Por eso yo me visto muy despacio y al lado de la cama, así - si me llego a caer - ya sé para dónde me tengo que tirar.

A las tres en punto vienen, así que a las ocho desayuno mi tecito con dos tostadas y voy a la sala cuando la misa va por el sermón. Llego tarde pero no me importa; total, si una no va a la iglesia no es lo mismo. Yo no sé por qué las otras señoras se lo toman tan en serio; una abre la puerta y te hacen callar, te miran de reojo. Alguna vez hasta me han chistado. Así que tengo que caminar despacito y sin hacer mucho ruido; y sentarme en la silla del fondo, que es la única que queda libre a esa hora. Yo no sé por qué tanto fanatismo. A mí me gusta mirar la misa por televisión, pero la verdad es que siempre me queda la duda si no será pecado. Igual, rezo el padrenuestro y en la parte de la comunión cierro los ojos y me quedo pensando en Jesús; hasta miro el vino y la hostia gigante cuando los monaguillos hacen sonar la campanita. Lo que no puedo hacer es arrodillarme. Ninguna se arrodilla; a veces viene alguna de las enfermeras y es un gusto verla que se para, se sienta, se arrodilla, se vuelve a parar, se sienta otra vez... Arriba y abajo, todo el tiempo. Nosotras, no. Hay alguna que es tan creyente que mira la misa casi pegada al televisor; pero la mayoría nos quedamos sentadas, tranquilas (¡más de una se queda dormida!) hasta que termina la misa y ponen “El Zorro”. Ya los vi todos esos programas, así que me pongo a charlar con la señora del embajador, que tampoco lo mira y me cuenta de los países. ¡Vos vieras todo lo que ha viajado esa señora! Es un gusto escucharla contar de la gente de Europa, o de los chinos que comían las serpientes así nomás, vivas. Yo le pregunto todo y mientras me cuenta me voy imaginando. A veces hasta se me hace tarde de tanto que me distraigo con sus cuentos. Cuando me quiero acordar, se hicieron las once y ya están por venir. “Discúlpeme”, le tengo que decir para que no se ofenda porque la interrumpo. Y entonces vuelvo a la habitación, me siento en la cama, saco el espejito del cajón y me maquillo. Un poco de colorete, nomás; no me pinto los labios porque a los nenes no les gusta que les deje los besos marcados. En realidad, no les gustan los besos. ¡Vieras la cara que ponen! Parece que hubieran chupado un limón... Ya desde que los veo venir me preparo para darle el besito a cada uno. Aparecen los dos corriendo, desde la esquina, moviendo las piernitas como dos monos. Así les digo yo, “monitos”, y los dos vienen gritando “Bela, bela” (que es “abuela”, ¿viste?, pero no les sale todavía), y se me tiran encima y yo los lleno de besos. Ahí ponen la cara, ¡pobrecitos!, y se limpian con las manitos al revés.

Cuando me termino de maquillar, la señora de al lado recién se está despertando. A ella le gusta así: levantarse, ponerse cualquier cosa y bajar para la hora del almuerzo. Yo la entiendo, ¿qué más va a hacer? Desde que vino (y eso habrá sido, más o menos, hace tres semanas), ni una sola vez tuvo visitas. También, hay que aguantarla a una vieja como ésa… Apenas habla, casi nada. Duerme mucho y, cuando está despierta, anda todo el día con cara de enojada. Tiene una amiga, nada más, una de las señoras que juegan a la canasta. Pero ella ni eso hace. Dice que no le gusta jugar, que le aburre. A mí también me aburren las cartas, pero igual juego algunos porotitos. La amiga de ella gana siempre. En la habitación tiene un frasco lleno de porotos; tiene tantos que podría hacer un guiso para todas. Siempre la cachamos con eso. Pero ella no quiere saber nada; tiene el frasco guardado debajo de la cama y nada más lo saca cuando jugamos. Vieras con qué cara lo apoya arriba de la mesa, abre la tapa y empieza a sacar porotos; parece una reina. Yo tengo siempre doce porotitos y con eso voy y juego; si gano mucho, sigo jugando; si empiezo a perder, me levanto y me voy a mirar la televisión otro rato. A veces me va tan bien que pasan las horas y no me quiero levantar. Por eso los domingos no juego. Me da miedo que se me haga tarde.

Almorzamos a las doce y cuarto. Yo soy una de las primeras que se sienta. Me gusta el lugar al lado de la ventana, así voy mirando si se nubla y me tengo que poner algún saquito, o si puedo salir como estoy. Lo que pasa es que estamos un rato largo con la comida. Primero tenemos que esperar que vengan todas las señoras; después, que terminen de llegar las enfermeras. Es lindo porque comemos todas juntas y nos podemos sacar las ganas hablando. Por momentos hay tanto bochinche que no se oye nada.
Los domingos casi ni presto atención a lo que están charlando. No bien escucho unos nenes gritando en la calle, me parece que son ellos y se me va la cabeza a otro lado. Nunca llegan a esa hora, así que ya sé que no son ellos. Pero, ¿qué puedo hacer? Me pongo nerviosa, empiezo a pensar, me agarra - como quien dice - la “ansiedad”, y estoy todo el tiempo con la oreja parada oyendo lo que viene de afuera. Igual, por más apuro que tenga, cuando terminamos de comer levanto mi plato, ayudo a las señoras que andan en silla de ruedas y a veces hasta paso por la sala y veo un rato alguna cosita que estén dando en televisión. A las dos dan siempre unas películas viejas. Si fueran otro día, yo también me sentaría a mirar. Pero los domingos no puedo, ¿viste? Si apenas me queda tiempo para subir a la habitación, sacudirme el vestido por si me quedó alguna miguita de pan, y meterme en el baño rápido (antes que se meta la vieja amarga, que va de cuerpo enseguida ni bien terminamos de almorzar) para enjuagar los dientes en el Corega. Lo último que hago es echarme un poco de perfume atrás de las orejas, en las muñecas y en el cabello. Es uno francés que me regalaron los nenes para Navidad. “Bela, bela”, me dijeron. Y me dieron el paquetito y ahí sí me los comí a besos.

Dos y cuarenta y cinco me pongo los dientes, me miro en el espejo, y bajo. Siempre está la enfermera esperándome. Ya sabe que vienen a las tres en punto, así que me espera en la recepción. Es así: no nos dejan salir solas a la calle. Tenemos que salir con alguna de las enfermeras, o con alguien que nos venga a buscar. Así que ella me espera ahí abajo y ni bien me ve me agarra del brazo y nos vamos a la puerta. ¡Qué lindo día hace siempre! Porque a mí me gustan todos los domingos. No importa si llueve, o si hace esos calores que la gente ni anda por la calle; ya de saber que es domingo, me pongo contenta. Me quedo paradita en la puerta, siento el aire en la cara, oigo los autos que pasan… Me gusta mirar el árbol de los pajaritos. Verlo desde abajo no es lo mismo, porque los gorriones no se ven. Pero igual me entretengo un rato mientras espero; trato de encontrar la ramita que da a mi habitación, y el nido con los pichones.
Cinco minutitos antes de las tres empiezo a mirar para la esquina. La chica no me deja ir hasta allá; me tengo que quedar en la puerta, con ella. Y yo le hago caso porque es buena. Se tiene que aguantar abajo del sol, o de la lluvia, parada en la puerta como una sonsa mientras yo dele que te dele mirando para la esquina. Vieras qué aburrida que está, pobrecita. Cada tanto la miro, medio con un ojo todavía en la esquina, y la veo con la cara apagada, soplando… Yo le digo que me deje sola, que no hace falta que espere conmigo; pero ella insiste, ¡qué vamos a hacer!

Siempre me pasa lo mismo. No importa que esté mirando la esquina desde las dos y cincuenta y cuatro, tratando de adivinar. Cuando al final los veo, nunca puedo saber si el que viene caminando primero es el nene o es la nena. Un poco me pasa porque las cataratas me tienen mal y cada vez veo menos; pero otro poco porque me pongo tan contenta que empiezo a temblar y se me mueve todo. Bien lejos, al otro lado de la cuadra, aparecen los dos chiquititos. “¡Ahí están mis monitos!”, le digo a la enfermera, que para ese momento ya está sentada en el cordón de la vereda y sigue con la cabeza en otra parte.
Y entonces el papá les señala que estoy esperando y ellos corren con las piernitas para un lado y para el otro. “Bela”, “Bela”, gritan los dos. ¡Qué chochera me agarra! ¡Tengo que sostenerme del bastón para no salir corriendo yo también. “Bela”, “Bela”, les oigo las vocecitas cada vez más cerca. Son unos metros nada más, pero a mí se me hacen tan largos que me parece que no se terminan más. Y cada segundo que pasa es como una foto: el nene y la nena corriendo; el papá atrás, contento; la enfermera que se levanta del cordón y me agarra del brazo… “¡Bela!”, gritan los dos. Y cuando al final los tengo ahí nomás, adelante, suelto el bastón y con los brazos los atrapo a los dos juntos y los lleno de besos. ¡Vieras cómo los disfrutan los dos! ¡Y las caras que ponen! Porque además de besitos les hago cosquillas, y uno se me mete entre las piernas y el otro ¡zuuuum! me pasa por el costado y yo les hago creer que no me doy cuenta. Tanto me hacen reír que hasta me hacen llorar.

- Bueno, bueno – dice entonces el papá, que siempre me pregunta si necesito algo y pone cara de preocupado – Vamos que la abuela tiene que descansar.

Y se van, nomás. Mis dos monitos saludan con las manos y se van haciendo cada vez más chiquitos hasta que dan vuelta la esquina y desaparecen. Entonces la enfermera me agarra del brazo y me acompaña adentro. A las tres y cinco en punto estoy en mi habitación. Me quedo un rato mirando por la ventana, porque a esa hora los pichones tienen hambre y empiezan otra vez a mover las alitas. Me río sola, bajito, y cierro las cortinas. Después, me acuesto a dormir la siesta.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

En un momento sentí que estaba leyendo mi futuro.Pero no...!¡Quizás mis nietos no sean mellizos!
Mara Patagónica

Maestruli dijo...

Ay, qué largo para un post de blog. Me voy a tener que tomar un tiempito para leerlo. Y entre que me levanto, me baño, me cambio, desayuno, ¡ya se me hicieron las 3 de la tarde!

Claudia dijo...

me encantó!

Maestruli dijo...

Uf, ahora lo leí. Qué bajón. Y qué buena pieza de literatura. Por momentos pude dejar de pensar que eras vos, Enzo, el que escribe esto, para dejarme llevar y compenetrar por este personaje. Qué bajón.

Nerina dijo...

Bellamente escrito. Yo también pude dejar de pensar que eras vos. Y pensé que era nuestra abuela...

LOLA dijo...

Solo cinco minutos?encima que le abandonan en ese lugar y solo le prestan atención cinco minutos?La realidad a veces supera la ficción ...Pobres abuelas...Gracias por dedicarles tu tiempo.un beso

Andrea dijo...

Me alegra haber descubierto tu blog. Una realidad bien contada. Un abrazo y si me lo permites, te sigo.