domingo, 15 de marzo de 2009

El origen de los lamentos

Algunos eventos de la vida se multiplican incesantemente hasta que, un día, sin previo aviso, dejan de producirse.
La mayor parte de las veces, el cese de dichos eventos nos pasa desapercibido.
¿Quién recuerda, por ejemplo, la última vez que analizó sintácticamente una oración? ¿Quién es capaz de recuperar la imagen del último recreo de quinto grado? ¿O de la última misa antes de perder la fe?
Los hechos cotidianos que formaban parte de nuestra existencia (que “eran”, también, junto con nosotros), desaparecen abruptamente sin dejar más huella que un recuerdo vago, impreciso, contaminado por emociones que abarcan desde la nostalgia hasta la indiferencia (en tal caso, no es preciso hablar de “emoción”).
Sólo ocasionalmente somos capaces de recordar la última vez de ciertos eventos. No me refiero a aquéllos cuyo final era ya conocido (y en donde impera la ficcionalización de la propia vida, una suerte de capítulo especial en donde nos preocupamos por disfrutar/absorber ese último acto con la seguridad de que habremos de recordarlo a lo largo del resto de nuestra existencia. Las despedidas de solteros y el viaje de egresados pertenecen a esta categoría), sino a los hechos cuyo último acto es vivido con pleno desconocimiento del final que encierran.
Así, pequeñas vivencias que en su presente no significaron otra cosa que la continuación de un flujo de sucesos cotidianos, se vuelven de pronto hitos en la historia de nuestras vidas. El recuerdo de tales instantes (y, sobre todo, el deseo ingenuo de querer retroceder en el tiempo para sostener ese momento y evitar el desenlace que luego sobrevendría) conforma una gran parte de los dolores del alma.
Seguir con la mirada a la mujer que acabamos de besar, mientras va en dirección a un tren que jamás tomará de regreso, porque será en ese viaje donde encuentre a quien habrá de arrebatárnosla. Abrazar a quien nos despide “hasta mañana”, ignorando que, esa misma noche, el teléfono nos despertará como preanuncio de una desgracia.
Y el último respiro antes de comprender que hemos caído enfermos, en cuyo caso el recuerdo y el desespero por asir una vez ese instante, crecerá conforme crece la gravedad de una enfermedad que nos puede llevar a la muerte.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Muy triste,muy triste!
A veces aparece un lugar en la memoria y se busca todo sobre él¿pero se recordará todo?¿y lo que recordamos,será lo que fue en realidad?
Mara Patagónica

Pandita dijo...

Creo que esto es lo mejor que he leído de vos. Ex-ce-len-te.

Anónimo dijo...

¡Muy bueno!¡Cuándo escribís desde los sentimientos,sale así!

Dan Iffig dijo...

Me gustó.

Anónimo dijo...

Esta vez, devastador... Pero absolutamente inspired and inspiring.

Por suerte Villa del Sur nos avisó a tiempo como para ficcionalizar lo de la botella de vidrio,no? ;)

Maestruli dijo...

Muy bueno. Me acordé de repente de la última vez que vi a mi tía. La despedí porque se iba a un viaje a las termas de Río Hondo. No andaba bien de salud, pero no imaginé en ese momento que esa sería la última imagen que vería de ella. En todo caso es mejor esa imagen que tengo que una imagen en el cajón.

Única observación: ¿"desespero"? Entiendo que seas literato y puedas tomarte licencias. Pero bueh, dame una buena razón para dejar esa palabra y no "desesperación" (además de que es más corta la tuya).

Enzo Maqueira dijo...

Gracias por el elogio, Dan. Viniendo de usted, se valoran el triple. Gracias, Pandita, también. Y, Anónimo, la Villa del Sur de vidrio conserva un lugar de privilegio en mi corazón.
Maestruli, la razón para utilizar "desespero" en lugar de "desesperación" es la misma que utilizar "licencia poética" en lugar de "se me cantan las pelotas". ¿Y de dónde sacó que "es más corta" la mía?
Exijo un jurado.

observador 4 dijo...

muy bueno!!