jueves, 5 de febrero de 2009

Tomar la sopa

Eligió una mesa contra la ventana y se sentó mirando para afuera, porque estaba solo y le pareció mejor marcar una separación con respecto al tremendo quilombo que había en el restaurant. Aunque le iba a resultar imposible abstraerse del murmullo, del ladrido de los cubiertos contra el plato y de las carcajadas que cada dos por tres le llegaban desde una mesa en donde, seguramente, festejaban un cumpleaños, pensó que mirando hacia afuera se iba a poder olvidar de que él era el único tipo, en todo el restaurant, que no había encontrado a nadie que lo quisiera acompañar para cenar un sábado a la noche.
Enseguida pensó que el mozo debía notar su situación, porque se esforzaba en mostrarse amable, aunque sin exagerar. El tipo supuso que el mozo no quería que un cliente se sintiera compadecido; pero, como era mozo de los de antes (cuando pensó "de los de antes" el tipo se sintió un poco viejo) tampoco podía evitar cierta curiosidad y un deseo irrefrenable de decirle que también él, alguna vez, había estado perdido, mirando por una ventana mientras atrás la gente se daba un banquete (y todos, satisfechos, parecían inmortales. Menos él).
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- Una sopa - pidió el tipo.
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Nunca tomaba sopa. Pero le pareció que no tenía derecho a platos más extravagantes. Sin embargo, entendió que la sopa sufría una similar falta de mérito en un contexto como ése. Así que agregó, casi de inmediato:
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- ... de camarones.
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El mozo dijo que "sí" con la cabeza, aprobando la elección. También asintió cuando pidió una botella de vino tinto. Después, se alejó con una sonrisa.
Durante los siguientes minutos, el tipo estuvo mirando por la ventana. Esperó su comida perdido en una catarata de pensamientos que no lograba frenar. Una señora gorda, un taxi sin luces, el camión de la basura, una pareja de adolescentes que caminaban fumando, un perro que hizo pis justo del otro lado de la ventana y una nube con forma de escarapela - todo eso - lo fue mirando el tipo mientras pensaba en otras cosas. Las imágenes que se le presentaban frente a sus ojos nada tenían que ver con los pensamientos que daban vueltas en su cabeza. Sin embargo, unos y otros se necesitaban mutuamente para darle forma a sus ideas.
Porque el problema del tipo era que pensaba demasiado. Pensaba todo el tiempo, y bastaba que alguna de las tantas voces a sus espaldas se levantara por sobre las demás, para que a él le significara una nueva idea. Cualquier palabra le servía. Si era "salsa", esas cinco letras lo llevaban a una imagen, luego a una idea, enseguida a una persona y finalmente sobrevenía el sentimiento. Y si la palabra llegaba a ser "mujer", o era plasmada en voz femenina, entonces podía caer en los abismos de sus fracasos amorosos, o en la nostalgia del amor de una madre que había perdido.
Curiosamente, la mayor parte de las veces sus pensamientos eran por completo distintos a los estímulos que recibía del exterior. Su mente reaccionaba ante cada uno de ellos con ínfulas propias del mejor director de cine. Así, un policía de paso por la vereda, la luz de un farol, la tela del mantel de su mesa y la caída de un cuchillo en alguna parte del restaurant, para el tipo podían convertirse en la imagen de un cohete en viaje a la Luna y un sentimiento - horror - que lo hacían abrazarse y cerrar los ojos, como si estuviera deseando no haber nacido.
Bastaba con que esas imágenes y sus emociones asociadas se fueran encadenando, para que el tipo se viera envuelto en un estado de completa desesperación, perseguido por sensaciones aterradoras que lo deprimían durante algunos segundos, para luego sentirse exultante y lleno de imágenes de personas bailando si, por ejemplo, lo que veía era una camioneta roja y escuchaba a un bebé llorar porque le resultaba incómoda la silla alta donde lo habían sentado.
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- Sopa de camarones - dijo el mozo ni bien dejó el plato sobre la mesa.
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El tipo miró el plato con calma. Afuera de él, atrás, en el restaurant, todas las voces se callaron de golpe. La ventana se hizo oscura. La calle volvió a ser parte de la ciudad.
Se anudó la servilleta al cuello, como lo hacía cuando era chico, y metió la cuchara en la sopa.
Con un sorbo que retumbó como un pedo en el restaurant, el tipo empezó a comer.
Recién entonces, y sólo mientras duró la sopa, pudo dejar de pensar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El otro extremo sería que pensara solamente mientras duró la sopa!!!

Pandita dijo...

Buen cuento. Me gustó.