viernes, 27 de febrero de 2009

El libro de las interrupciones

En un país desconocido se escribe un libro en donde las personas anotan aquello que debieron dejar para otro momento. Cada una de las vivencias que fueron interrumpidas por las más diversas causas, son escritas en ese libro cuyo único propósito es perpetuar lo que cesó de existir. Encuentros de amantes desesperados por liberarse del tedio y la opresión cotidiana; desayunos de chocolate caliente abandonados por el ladrido de un teléfono; agonías convertidas en muerte antes del vaticinio de la palabra final; son algunos de los tesoros que guarda el libro.

El libro de las interrupciones es a la vez memoria y deseo.

La memoria reconstruye lo que fue perdido. El deseo, lo que habrá de recuperarse una vez que el tiempo se ajuste a la voluntad humana.

No se trata, sin embargo, de una mera recopilación de situaciones truncas. Las páginas en blanco se completan con hechos cercenados justo en la cumbre de su maravilloso goce: los amantes que han sido descubiertos cuando empezaban a amarse, todavía sin saberlo; el desayuno en el momento exacto en que los labios se posan sobre el borde del vaso y el aroma del chocolate caliente preanuncia el sabor de un elixir; el gesto inmediatamente anterior al momento en que se dictarán las palabras del último secreto que el moribundo no quiere llevar a su tumba.

Así, los habitantes de ese país (cuyo número exacto ignoro, aunque tiendo a pensar que no son muchos), tienen la posibilidad de continuar escribiendo una historia que el destino - siempre fatídico - les impidió vivir.
De ese libro no tengo noticias sino por haberlo visto alguna vez en un sueño. Era yo quien lo escribía. Garabateando, confuso, los trazos con los que se escribe en los sueños, describía el momento en que mi mano se acercaba a una pluma flotando en el aire. Pero cuando me acercaba con ansias a cerrar mis dedos en torno a la plumita blanca, dormida, que venía cayendo, el sueño terminó de golpe y desperté. Es probable, entonces, que el libro no sea el único en su especie. Es posible que exista otro igualmente encantado, donde se continúan las palabras perdidas en los sueños, que a su vez encierran momentos, que su vez encierran memoria. Y también el deseo amargo de aquello que fue arrebatado en el mismísimo instante de su concreción.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno!Lo importante de este blog es que nos hacés pensar.¿Y si fuera así?¿Si los actos truncos quedaran flotando alrededor nuestro,esperando un escritor?¿Si el peso de la vida fuera esa masa de lo que no fue?
Mara Patagónica

protohumano dijo...

Lucíen es el nombre del bibliotecario de la biblioteca de los sueños, según Neil Gaiman. haciendo obviamente, una referencia a nuestro impecable Borges. En esa biblioteca (Gaimaniana) están todos los libros que se crearon solo en sueños.

Enzo Maqueira dijo...

No conocía a Lucien, ni a Gaiman. Gracias por el dato. Y la referencia a Borges es muy oportuna; en él me mimetizaba cuando escribía.
Mara, el peso de la vida debe estar en lo que fue y en lo que quedó esperando. La diferencia parece ser en el tipo de dolor que causa. Lo que no se concreta duele desde la incertidumbre; nos hace dudar de nuestras decisiones. Lo que se concreta es mucho más certero en la pena que ocasiona.

Anónimo dijo...

Sólo me queda pensar que,además,tendrías que haber sido psicólogo!
Mara Patagónica

Verònica dijo...

la verdad es que yo pienso mucho en como hubiesen sido ciertas cosas de haber pasado tal o cual cosa...
esas decisiones que no nos ànimamos a tomar... por el prejuicio social o por lo que se espera de nosotros, para mi esas son las interrupciones mas tristes...
porque es un dolor pero muy triste a la vez.. esas interrupciones en las que uno sabe que el impedimento de la historia no es muy lògico pero de todas maneras se permite que eso, eso que se desea quede en la nada...
no sè, serà que en un momento me enamorè de un tipo que me daba todo pero no lo iba a poder hacer por mucho tiempo (o sea, no se jugò) y bueno, no sè, esa fue la interrupciòn que màs me doliò..otro beso, Vero.