miércoles, 21 de enero de 2009

Camino al cielo

Cada vez que viaja, el tipo está tan seguro de que el avión se va a caer, que se pone a repartir la ropa de los cajones, esconde fotos prohibidas, se despide de las plantas y apaga la luz de su casa como diciendo "me fui" con la boca apretada.

Desde que saca el pasaje está con esa idea en la cabeza. Lo atormenta pensar que en ese acto de elegir un día y una hora para viajar, puede estar seleccionando el día y la hora de su propia muerte. Sobre todo, lo desespera el pensamiento de saber que tal posibilidad es azarosa, y que de nada vale que elija un día y después lo cambie por otro, puesto que no tiene manera de conocer cuál será el instante en que caerá el próximo avión en Buenos Aires.

Porque está convencido de que habrá un próximo tragedia del vuelo (un numerito) en Buenos Aires.

El tipo es egoísta si ruega que ese destino no se cristalice sino hasta que él mismo ya esté muerto por cualquier otra causa. Nota, además, que su egoísmo es aún mayor si considera que, de todos modos, en ese caso ya estaría muerto, y bien podría tener una actitud heroica y dejar que el avión se le caiga a él (o, mejor dicho, con él adentro).

Lo peor es cuando se acerca el momento de subir al avión y el tipo empieza con los rituales: que tocar el avión antes de entrar; que pisar con el pie derecho y dar un saltito para que el izquierdo no pise; que saludar a la azafata en arameo; que buscar su asiento (siempre en el fondo, donde hay una minúscula y estadística probabilidad de sobrevivir) tocándose un huevo con una mano en el bolsillo...

Esas cosas hace el tipo, convencido de que acaba de subirse al último lugar en donde existirá con vida. Y todas las cosas que hace las escribe antes, o se las cuenta a alguien en un arranque de desesperación; porque considera que, si llega a suceder todo lo que siempre está convencido que tiene que suceder, está ante la gran chance de pasar a la historia como un legendario vidente que vaticinó una - su - terrible desgracia. Y si ninguna de sus certezas finalmente se produce (como, por otra parte, suele resultar siempre en otros aspectos de su cotidianeidad) será porque su escritura tiene el poder para exorcizar el más horroroso de todos los finales.
Eso, escribe el tipo, nunca es poca cosa.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ja!!ja!!! Me miré al espejo... Es exactamente mi caso.

protohumano dijo...

ME ENCANTA LA GENTE QUE CREE QUE ESCRIBIENDO PODÉS SALVARTE LA VIDA... JAJAJ IDOLOOOO

Anónimo dijo...

El mío también,pero sin tocarme allá abajo!

Enzo Maqueira dijo...

Protohumano, yo sé que vos sos uno de esos salvados... así lo dice la solapa de tu libro.
Anónimos, gracias por compartir la paranoia.

Anónimo dijo...

Yo también creo que al elegir fecha y hora de un vuelo, elijo en realidad fecha y hora de mi ida de este mundo! Perp vos,perro maldito, nunca me habías contado que tbn te pasaba y me hiciste quedar durante AÑOS como la loquita de la flia!!! ;-)