lunes, 3 de noviembre de 2008

Una empanada por José Luis Mangieri

El año pasado tuve que entrevistar a José Luis Mangieri. Arreglamos la nota por teléfono: Mangieri me dijo que fuera a la noche, que me invitaba a comer unas empanadas y tomar unos vinos.
Todavía me acuerdo con cuántas ganas viajé hasta su casa en Floresta. No sabía mucho del tipo, salvo de sus pergaminos como editor de una generación de poetas. También sabía de su compromiso político. No mucho más, aunque me había leído todas las entrevistas que encontré en Internet.
La casa de Mangieri estaba metida atrás de un montón de árboles. Él mismo me abrió la puerta, caminó encorvado hasta la cocina y ahí, sobre la mesa, había desplegado algunos libros de su editorial, algunos ejemplares de "La rosa blindada" y, quién lo hubiera dicho, ni rastros de las empanadas.
Charlamos un buen rato. Sin el vino, que tampoco apareció. Yo me moría de hambre, pero la conversación era amable, Mangieri resultaba ser un buen tipo y me hablaba como si me hubiera conocido desde antes. Me mostró sus libros, me contó de la dictadura; también me contó de los poetas y de sus amigos. Hablaba sin dudar, con voz firme. Y se reía y también se ponía serio cuando recordaba algunas cosas. Se lo veía satisfecho.
Hasta que entró una mujer. Era alta, rubia, mucho más joven que él. Supuse que sería la esposa. Apenas habló, pero tenía una mirada tan dura que consiguió sacarle brillo a la tranquilidad de Mangieri, que de repente se veía viejito, asustado, como un perro abajo de la mesa.
Así que saqué algunas fotos y le dije que ya estaba bien, ya tenía mi entrevista. Mangieri me preguntó qué colectivo tomaba para volver a casa. Después de una charla sobre poetas, me dio vergüenza confesar que había llegado en mi propio auto hasta ahí. "No sé", le respondí. Pensó un rato y me dijo que me tenía que tomar un colectivo (no me acuerdo cuál), que pasaba por Avellaneda. Le agradecí y salimos a la puerta.
Pero Mangieri quiso acompañarme hasta la parada.
Era una linda noche, de primavera. En Floresta había olorcito de jazmines y caminamos despacio las seis o siete cuadras, conversando. Ninguno de los dos nombró a la señora rubia.
Cuando llegamos a la parada, me agradeció la entrevista y me dio la mano, o un beso. Paré el colectivo. Me subí y saqué el boleto. Desde arriba lo vi a Mangieri darse media vuelta y caminar de vuelta a su casa, con la cabeza gacha.
Me bajé en la parada siguiente. Empecé a caminar yo también hasta la casa de Mangieri a buscar el auto. Él tenía cincuenta años más que yo y, por más que lo traté de evitar, en pocos minutos lo había alcanzado. Las siete cuadras que separaban Avellaneda de su casa en una calle por la que varias veces creí volver a pasar - sin reconocer jamás esa casa tapada de árboles -, las caminé a veinte metros de Mangieri, ocultándome como un ladrón de vaya uno a saber qué cosa.
Ni bien llegué a casa, sonó el teléfono. Era Mangieri. "Yo te había prometido empanadas", me dijo. Le respondí no importa, no se preocupe, está bien. Me dijo que lo llamara cuando quisiera y que, esta vez sí, me invitaba con vino y empanadas. Sonaba sincera la invitación, como si de verdad Mangieri tuviera ganas de hacerse amigo mío.
Pero no lo volví a llamar. ¡Qué sé yo! Me pareció que ya no las merecía.
Por eso esta noche me voy a pedir empanadas. Y también voy a comprar un vino. Por él, por José Luis Mangieri, levantaré una empanada en el aire, trataré de verlo del otro lado de la mesa y le voy a decir ¡Salud!, y hasta la próxima.

3 comentarios:

adriana dijo...

Hermoso homenaje y hermosa historia la del colectivo.
Un brindis por José Luis

Anónimo dijo...

vos sos un boludo, un cheto bárbaro... te da verguenza tener auto, no podés ser más cheto hermano, en esa anécdota te desnudaste como farsante total, ¡y después esperás que alguien lea tu libro!
lo tuyo es triste
el vengador

Enzo Maqueira dijo...

Diste en el clavo, "Vengador". No podías haberme definido mejor. Soy boludo, cheto y farsante. Y también espero que la gente lea mi libro. Aunque, para serte sincero, me conformo solamente con que lo compren (así puedo cambiar de auto y la próxima no me avergüenzo).
Lo mío es triste, sí. Lo tuyo, en cambio, es muy gracioso.