martes, 11 de noviembre de 2008

El purgatorio

Se mezclan las horas que Gabriel consume con el torso descubierto y un pantalón short, de cara al cielo raso en donde se pintan charcos secos de agua negra. Una lengua de sol le atraviesa las piernas y deja al descubierto un polvo minúsculo en el aire que las rodea, pedazos de piel y pelos, migas de pan que han ido a parar a un abismo de sábanas.
Marta recorre las camas y apenas se fija. Camina pesada, acomodando el culo en el mismo aire mientras canturrea un tango por lo bajo:

"He llegado hasta tu casa
yo no sé cómo he podido
si me han dicho que no estás
que ya nunca volverás
si me han dicho que te has ido"

Por un momento, Gabriel cierra los ojos y trata de olvidar el desinfectante, el sonido de las ruedas y los pasillos, las poquitas voces que se escuchan. Es un segundo nada más: de golpe se cuela una brisa de verano y Gabriel recuerda que es sábado y que en Buenos Aires, cuando los días son como éste, los árboles se ven mucho mejor y también los adoquines, las casitas bajas de los barrios… Y tiene una vaga sensación de que el mismo sol que ahora le brilla en el talón, afuera debe estar apoyado sobre la piel de una mujer y le debe estar sembrando gotitas de transpiración entre las tetas. Así lo imagina Gabriel y también la ve desnuda, untada de aceite, y tiene que esconderse bajo las sábanas para que no se le note la erección, la primera que tiene en el hospital; ni tampoco las ganas de irse y correr a la plaza, calentarse la cabeza, abrir los brazos y las piernas y quedarse como un cuero a secarse al sol. Igualito a cuando era chico y se quedaba dormido en el patio de la casa de sus abuelos, después de que finalmente conseguía algún pedacito de sol en un patio tan lleno de árboles. Pasaba horas enteras recostado, mirando de cerca el pasto y las hormigas que le pasaban por al lado, en fila india. Y se quedaba lo más quieto que pudiera para que los jilgueros se acostumbraran y volaran a picotear las hormigas. Era cuestión de quedarse quieto algunos minutos, sin hablar, tratando de no mover los párpados. Entonces los jilgueros se tiraban desde las ramas, en medio de tremendo alboroto, sacudiendo las alas y las hojas de achicoria en donde se juntaban a comer. Gabriel se acercaba despacio y a veces conseguía casi pararse junto a alguno. Pero ni bien le faltaban un poco menos de dos metros, todos los jilgueros volaban a la vez y el único sonido que quedaba era el de la radio de su abuela, que con su presencia a esas horas de la tarde sólo podía significar una cosa: el final de la siesta.
Con el sonido de la radio empezaba otra tarde. Ya no estaba solo, Gabriel. Ahora tenía a sus abuelos y el olor de las tostadas, la ronda de mate, la sombra que el cerro comenzaba a proyectar sobre la casa. Gabriel se metía en la casa a vivir la rutina que sus abuelos llevaban a cabo todos los días, y afuera los jilgueros festejaban volver a adueñarse del patio. Y Gabriel los espiaba desde la cocina, los veía bañarse metidos abajo del chorro de agua de la manguera.

- ¡Marta! - grita la voz ronca detrás del biombo - ¡la comida, Marta!

Pero Gabriel escucha que Marta se ríe y sigue con lo suyo: sentada en un rincón, doblando las toallas, anotando, tapando frascos... Tiene la cara redonda y los ojos achinados, cubiertos de una sombra que resalta sobre la piel oscura y se quiebra entre las arrugas. El pelo le nace desde la cresta y cae en manojos de rulos hasta pasar las orejas, en donde se entreveran, desaparecen, se convierten en un cuello también oscuro y arrugado, enmarcado por una soberbia doble papada.

- No moleste, Don Francisco - grita Marta con la boca roja de lápiz labial - Ya se comió todo, usted.

Mientras tanto, el Pibe cierra los ojos y duerme. Hace lo mismo un hombre junto a la cama de Gabriel. No despierta desde que Gabriel llegó a la sala y sólo se escucha que respira haciendo un ruido que sólo se interrumpe cada vez que grita una voz:

- ¡Marta! - pero la enfermera ya no escucha, está reconcentrada en un manojo de algodón que corta, envuelve y guarda en una bolsa. Además todavía repite, cada vez más bajo y sólo para ella:

"He llegado hasta tu casa
yo no sé cómo he podido
si me han dicho que no estás
que ya nunca volverás
si me han dicho que te has ido"

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