domingo, 14 de septiembre de 2008

La kermesse

Íbamos los sábados, después de que despertaba a papá de la siesta. Apenas empezaba a oscurecer, corría a su habitación gritando “¿Ya empezó?”. Así que ni bien abría la puerta, papá ya estaba sentado en la cama, con el pelo revuelto. “¿Ya empezó?”, repetía yo y lo esperaba sentado en el sillón, mientras él se lavaba los dientes. Cuando por fin escuchaba la puerta del baño y, enseguida, el ruidito del llavero que se colgaba del cinturón, me paraba como un resorte y salía corriendo hasta la kermesse.
Quedaba cerca de casa, tanto que desde que salíamos se empezaban a ver las luces y se sentía el olor de la comida. Yo caminaba ligero; papá iba señalando mujeres: “Mirá las patas que tiene ésa”, me decía en voz baja y me golpeaba con el codo. Pero yo nada más quería llegar. Una cuadra antes se escuchaba la música y hasta se veían los bichitos que se pegaban contra los focos. Yo caminaba cada vez más rápido, pasaba por debajo de las guirnaldas de la puerta y me iba a jugar mientras papá se quedaba comprando un choripán.
El juego que más me gustaba era el del hámster. Era como un corralito: la gente se ponía alrededor y, adentro, había cuatro cajas numeradas. Tenías que decir un número y entonces el tipo soltaba el hámster. Si se metía en la caja que habías dicho, te llevabas de premio un oso de peluche. Yo nunca adivinaba, por más que me quedaba estudiando un rato largo para dónde salía corriendo el hámster cada vez.
En la carrera de autitos a control remoto tampoco ganaba. Iba bien y les sacaba una buena diferencia a los demás, aunque fueran chicos más grandes. El problema era cuando llegaba a la curva: los otros autos doblaban y el mío seguía de largo; terminaba metiéndose entre las piernas de las señoras que vendían en el buffet. Entonces corría a llamarlo a papá.

- Ya estás grande –decía - Tenés que ir vos.

Pero yo empezaba a llorar, así que no le quedaba más remedio que acercarse al buffet. Las señoras le devolvían el autito y a papá se le ponía la cara roja. Me lo traía diciendo que “no” con la cabeza. Casi enseguida me preguntaba si quería volver. “Mirá que en un rato dan una película de policías”, trataba de convencerme. Pero no terminaba de decirlo y yo ya estaba otra vez dando vueltas, buscando en dónde jugar. Papá se quedaba sentado, se ponía a hablar con otros grandes. Yo seguía tratando de ganarme un premio y cada tanto me daba vuelta y lo buscaba con la mirada. Una vez me hizo señas desde lejos; hablaba con una señora que estaba con la hija. Tuve que acercarme.

- Se llama Natalia – nos presentó – Tiene tu edad.

Yo la saludé y me quedé callado, mirando el piso. Natalia se sonreía. Me pareció que no tenía mi edad. Parecía más grande, como de doce. Papá me golpeaba el hombro, casi me tira encima de ella:

- Vayan a tomar un helado – dijo y me dio un billete de diez pesos.

Los helados los vendían en un puestito del otro lado, por donde estaba la pesca. Así que empecé a caminar rápido, tanto que, en medio de la gente, Natalia fue quedando atrás y al final me perdió. La pesca me gustaba porque el peluche era el más grande de todos. Te daban tres pajitas unidas, con un piolín en la punta. El piolín tenía una arandela y tenías que atrapar alguno de los peces de cartulina que estaban tirados en el piso. Les habían puesto un gancho en la boca. Parecía fácil, pero no había caso.
Miré para atrás: Natalia había vuelto con la madre y las dos conversaban con papá, que otra vez se había puesto colorado. Después me concentré en la pesca: estuve midiendo con las pajitas, pasé con el piolín por encima de los pescados y pude enganchar uno rojo que estaba cerca. Pero cuando lo estaba trayendo y le grité a mi papá que me mirara, moví demasiado la caña y el pescado se me cayó. De la bronca, empecé a caminar por todo el salón. Iba escupiendo los zapatos de la gente y cada vez que acertaba me imaginaba un oso de premio.
Estaba tan enojado que casi escupo los zapatos de papá. Él no se dio cuenta, porque estaba jugando. Había una caja grandota de madera con agujeritos: en la parte de atrás, la cara de una vieja; más adelante, un sapito de bronce. Papá tiraba unas monedas. Estaba parado con las rodillas dobladas, un brazo atrás y el otro adelante. Miraba fijo al sapito, apuntaba y tiraba la moneda. Tenía un montón de gente alrededor: había unos chicos del colegio, dos señoras que se habían aburrido del buffet, y la señora con Natalia, que no paraban de hablar. Todos aplaudían y miraban a con la boca abierta.
Papá tiró y metió la moneda en la boca de la vieja; volvió a tirar y la metió en el sapito.

- ¡Qué puntería! – lo felicitó el tipo del juego – Con esto se lleva el oso grande. Con una más, se lleva el reloj.

En ese momento papá me miró. Lo sé porque me miraron todos: se dieron vuelta para mirarme mientras yo nada más veía al oso gigante que colgaba de la pared. Era un panda negro y blanco, tan grande que parecía de verdad. Tenía las dos manchas oscuras en la cara, las orejas redondas, dos patas con uñas y todo. Estaba pensando un nombre para ponerle cuando por fin miré: papá dobló las rodillas, levantó el brazo derecho, apuntó. La moneda salió disparada como un plato volador, pareció quedarse quieta en el aire por un segundo, hubo un “oh” de la gente y al final entró, otra vez, en el sapito.
Cuando volvíamos a casa, papá me sacudió los pelos de la cabeza y me dio el reloj.

- Tomá – me dijo – Ahora sos un hombre. El sábado que viene podés venir solo.

2 comentarios:

mery dijo...

Enzo te felicito, tus cuentos son atrapantes. Espero que publiques historias pronto.

Saludos

protohumano dijo...

Loco... qué buen cuento, qué triste... terriblemente triste. ja, me encantó.
no tengo más que decir. Y eso en mí, es decir mucho... ja