jueves, 21 de agosto de 2008

Uno, dos, tres y cortar

Lloró durante cuatro horas. Recién entonces pudo sentarse frente a la hoja y escribir el "Mi amor" seguido de los dos puntos. Pero no alcanzó a apoyar el lápiz para desplegar la primera de todas las palabras que tenía para decirle. Ni bien levantó la vista, se perdió en las fotos que todavía conservaba y que había estado mirando durante ese tiempo: abrazados en la escuela en medio de una clase de geografía; el día de la bandera, cuando ella hizo de Belgrano y a él le tocó actuar de caballo; la esquina en donde los dos aparecen fumando y rodeados del grupo que tenían en cuarto año... También la foto antes de subir al micro. También la que se sacaron frente al cerro Catedral, con cara de sueño porque la noche anterior (mientras los demás bailaban borrachos) ellos se habían quedado solos en el hotel. Así que entre el frío y lo poco que habían dormido los dos estaban tan feos que por un tiempo largo pensó en romper esa foto y reemplazarla por otra. Él la convenció de que no lo hiciera. "Es la primer foto", le dijo.
Al principio, ni bien se dieron el beso después de andar buscándose en los recreos, todavía no pensaba en esas cosas y le dijo que no, quizás más adelante, cuando estuviera segura. En ese tiempo, se pasaban la mañana mirándose desde un banco al otro; ella le dibujaba papeles que le hacía llegar de mano en mano. A la salida se iban los dos a almorzar a la casa de ella y pasaban la tarde juntos, mirando televisión. A veces jugaban con el perro: él sentado en la cama y ella apoyada contra la pared, se pasaban un peluche por el aire y el perro corría, incansable. También regaban las plantas. O iban a la panadería a comprar facturas para merendar. Caminaban abrazados con las manos metidas en el bolsillo del otro. Él le decía algo en voz baja y le pellizcaba la cola."Cuando esté segura", le recordaba ella, retiraba la mano del pantalón. Después le daba un beso y le apretaba los puntos negros que a él le crecían en la nariz.
Las facturas las ponían en la mesa, preparaban la chocolatada y mojaban las vainillas que a los dos les gustaban del mismo modo, a punto de quebrarse por el peso pero sin que llegue a caer dentro del vaso, porque entonces (los dos lo sabían bien y ahora además lo compartían) la leche llena de grumos quedaba como la avena y no se podía tomar.
Después de la merienda dormían la siesta, abrazados. Él respiraba profundo en los oídos de su novia, le empujaba el cuerpo con el suyo y le lamía la oreja. Ella no decía nada, pero le besaba la frente. Entonces él cerraba los ojos y trataba de dormir. Cuando se despertaba, ella le estaba escribiendo una carta que sólo le prohibía leer cuando estuvieran separados.
Antes que llegaran sus padres, los dos caminaban hasta la parada y dejaban pasar tres colectivos. Al cuarto se desprendían del abrazo, se daban un último beso; él la seguía mirando desde arriba y mientras sacaba el boleto que lo dejaba en su casa, justo a la hora de cenar. No duraban mucho tiempo separados: ni bien terminaban de comer, alguno corría al teléfono y entonces hablaban hasta que era el tiempo de irse a la cama y para cortar tenían que contar uno, dos, tres y hacerlo los dos al mismo tiempo; o seguir colgados del teléfono hasta la madrugada, escondidos cada uno bajo las sábanas celestes y las sábanas con flores y corazones.
Una mañana, ella se despertó y tenía un ramo de flores junto a la almohada. "Te las mandó él", le dijo su madre. Cumplían dos meses juntos y la tarjeta lo recordaba. También hubo flores para el tercer mes, para el cuarto y hasta el undécimo. En la repisa en la que hasta poco tiempo atrás sólo existían algunos libros (un Cantar del mío Cid, El Lazarillo de Tormes, el lomo destrozado de Platero y yo), ahora ella exhibía ositos de peluche, un dibujo hecho con marcador, la entrada a cada uno de los cines en donde alguna vez fueron a parar los besos. Ella, en cambio, prefería escribirle una carta. Para cada nuevo mes que cumplían juntos le regalaba una hoja con un poco de perfume, y también le escribía de noche, durante el insomnio, mientras pensaba en la boda, los hijos, las tardes (los dos viejos) tomando el té.
No tuvieron ni siquiera una discusión, ni hubo celos que los ensombrecieran. Cada mañana, él se quedaba esperando en la esquina y por más que la cuadra se llenara de compañeras, parecía despertar de la modorra sólo cuando era ella la que aparecía y los dos empezaban a tirarse besos desde una esquina a la otra, y como pajaritos volaban los labios. Y cada metro que terminaba de consumirse les sumaba a los dos más sonrisa en la cara, los hacía correr las últimas baldosas.

- Quiero...
- Cuando esté segura.

Si en la primera hora tenían contabilidad, no había problemas porque la profesora los dejaba sentarse juntos y hasta les perdonaba el murmullo. Pero el resto de la semana tenían que sentarse en otras filas y entonces ella escribía papelitos que hacía volar hasta su pupitre. Y después se quedaba mirando cómo él los leía y los guardaba en la cartuchera, ocultándole el mensaje a su compañero de banco, que de todos modos ya casi ni se fijaba.
Cuando finalmente sonaba el timbre, los dos corrían al patio a esconderse en un rincón a donde nunca iban los preceptores. Se quedaban los quince minutos en el mismo lugar, sin soltarse. Él la apretaba fuerte y ella decía ¿me amás? Él respondía con un beso que terminaba recién cuando el timbre volvía a sonar y quedaban los dos solos en el patio.
El año lo cumplieron algunas semanas antes del viaje. Ella le había escrito que tenía que ser de noche, con nieve, la música y las luces detrás de un vidrio empañado. Le dio la carta en el último asiento del micro, a donde él la había llevado mientras los otros dormían. Dos veces bajaron para hacer pis: en una, él le regaló un alfajor que compró en una estación de servicio; ella lo estuvo mirando, contándole los pelitos que empezaban a crecerle en la barba.
Fue la primera noche, ni bien los demás salieron a festejar que habían llegado. Se quedaron solos en la habitación y apagaron la luz, encendieron los parlantes, la música del casette con lentos que ella le había grabado. La nieve ya estaba puesta. También el reflejo de un farol en la calle. Con un dedo de cada uno escribieron una frase en la ventana, y cada uno hizo una parte del corazón que la encerró. Después se cubrieron con las frazadas.
Ella le escribió una carta al otro día, ni bien se levantaron. Se la dejó bajo la almohada, corrió a vestirse y para cuando él leyó que era la mujer más feliz de todas en el mundo, lo estaba mirando y sonreía. Él tenía el pelo revuelto y los ojos dormidos. Ella le quiso sacar una foto, pero esperaron hasta llegar al cerro. "Es la primer foto", le dijo él entonces, y después se besaron y se sacaron otra que no llegó a revelarse.
El resto de los días los pasaron sin despegarse. Fueron juntos al lago, se sentaron a tomar el té en una casa alpina, quisieron correr por el bosque, pero tuvieron que volver cuando el resto de la excursión los llamó a los gritos. En el micro de vuelta viajaron en el mismo último asiento. Ella estuvo otra vez contándole pelos en el mentón; él le compró una caja de chocolates. Se durmieron abajo de una campera cuando se hizo tarde y los demás se habían callado.
El lunes siguiente se encotraron en la calle, se dieron el beso y caminaron abrazados hasta la escuela. Ella le fue sosteniendo el cuello con las dos manos, le decía te ahorco y no le sacaba los labios de encima. Estuvieron la mañana completa mandándose mensajes: ella tiraba pelotitas de papel a través del cielo del aula; él las atajaba en el aire, desarmaba las pelotitas como si estuviera pelando una banana, y entonces leía y la miraba con una sonrisa que ella volvía a responder, otra vez con el lápiz listo sobre un papel.
Cuando sonó el timbre salieron juntos. Estuvieron en el rincón que les pertenecía, abrazados el tiempo que duró el recreo. Después volvieron al aula, los papelitos volaron hasta el mediodía. Pasaron la tarde mirando televisión, regando las plantas. Fueron a la panadería y compraron facturas para merendar. Iban con las manos metidas en el bolsillo del otro. Él le pellizcó la cola. El resto de la tarde jugaron con el perro, durmieron la siesta desnudos y fueron a la parada del colectivo antes de que llegaran sus padres. Dejaron que pasaran tres y recién entonces se separaron. Cuando terminaron de cenar empezaron los llamados. Hablaron hasta la madrugada y entonces uno dos tres, en silencio esperaron que el otro cortara.
La mañana siguiente se encontraron frente a la puerta del colegio, se dieron el beso, el abrazo, y caminaron juntos hasta el aula. Él estaba un poco dormido, pero igual pudo atajar las cartas. Salieron juntos al recreo y se quedaron en el rincón hasta que se hizo la hora de volver. Ella enseguida empezó a escribir otra vez, hizo las pelotitas y las tiró por el aire. Al mediodía fueron juntos a almorzar, se quedaron mirando televisión, estuvieron en el balcón y compraron facturas. Él la pellizcó. Después jugaron con el perro, se desnudaron y antes de que llegaran sus padres, ella lo acompañó hasta la parada , dejaron pasar los tres colectivos y se separaron.
A la noche empezaron a llamarse. Hablaron hasta la madrugada. Cortaron cuando el bostezó.
Cuando cumplieron trece meses ella le escribió una carta y él le regaló un peluche. Treinta días después, ella le dio otra carta y él un ramo de flores. A los quince meses, ella la carta y él un corazón de goma espuma. Hasta que cumplieron dieciséis.
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- ¿Y mi regalo? - le preguntó ella, después de darle la carta. Recién compraban las facturas y él tampoco le había pellizcado la cola.
- Me olvidé - respondió y le dijo que se iba más temprano; tenía que estudiar.
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Lloró durante cuatro horas. Recién entonces pudo sentarse frente a la hoja y escribir "Mi amor" seguido de los dos puntos. Pero no alcanzó a apoyar el lápiz para desplegar la primera de todas las palabras que tenía para decirle. Ni bien levantó la vista, se perdió en las fotos que todavía conservaba y que había estado mirando durante ese tiempo: abrazados en la escuela en medio de una clase de geografía; el día de la bandera, cuando ella hizo de Belgrano y a él le tocó actuar de caballo; la esquina en donde los dos aparecen fumando y rodeados del grupo que tenían en tercer año... También la foto antes de subir al micro. También la que se sacaron frente al cerro Catedral, con cara de sueño. Algo en esa foto le llamó la atención. Se acercó para mirar de cerca: estaban los dos juntos con el cerro de fondo, tenían cara de sueño y se habían pegado los cuerpos. Pero ella tenía las manos caídas y él, cruzado de brazos, miraba con la sonrisa hacia el horizonte.
Un rato miró la foto, estuvo recordando y finalmente apoyó el lápiz contra la hoja. Entonces, con una fuerza que le pareció desconocida, Gabriela tachó lo que tenía escrito, puso "Agustín", hizo los dos puntos y dejó el resto de la hoja en blanco. Después abolló el papel hasta que se hizo una pelotita. Quizás (no estaba segura) se la iba a tirar por el aire la mañana siguiente, si las miradas llegaban a cruzarse alguna vez.

6 comentarios:

Maestruli dijo...

Ok, acá esperaremos con impaciencia la continuación de esta historia. La última frase como que no la entendí, como si hubiera un error de gramática.

Loulou dijo...

Siempre tan mental Ud Maestruli, debería soltarse un poco y disfrutar ahora que Matilde (cansada quizás de la historias nocturnas) muestra su veta romántica...puede surgir algo intersante y distinto, no le parece señora?
Saludos

Loulou

protohumano dijo...

opa opa opa...!!! qué linda historia acaramelada... no sé qué decirte amigo...
un lujo de escritura, como siempre... pero debo releerla para decirle qué pienso. jaja pero basicamente está buena... un poco repetitiva, y sé que fue a propósito... pero bueno, no siempre se debe esperar un final efectista, no?
Pasá por mi blog que voy a poner otra historia triste, te parece?

Maestruli dijo...

La verdad que no recordaba lo que habías escrito antes, así que leí todo de vuelta, de cero. Y cuando terminé de leerlo, al notar las repeticiones, volví a leer desde el principio.

Parece que estamos imponiendo la moda de los relatos circulares, jeje. Y bueno, en música se usa mucho eso de repetir, ¿no? ¿Por qué no en literatura?

La verdad que no recordaba lo que habías escrito antes...

Paz Tyche dijo...

yay lei como una boba totalmente identificada con la historia, y con Agustín.
salud!

Enzo Maqueira dijo...

Gracias a todos los que leyeron y disfrutaron de este relato sin futuro.