jueves, 10 de julio de 2008

Por qué no sirvo como filósofo: segundo ejemplo

Un átomo está conformado por partes más pequeñas que trabajan para su supervivencia. La suma de átomos da como resultado una forma de energía mayor: la célula, principio de la vida.
Un número determinado de células trabajan coordinadamente (en rigor, existen) para dar forma a cuerpos de energía mayor: los órganos del cuerpo humano.

Cuando una célula muere, su lugar lo ocupa una recienvenida.

Cada órgano trabaja en coordinación con los demás para dar vida a una forma mayor de energía: el ser humano.
Cada ser humano trabaja coordinadamente para dar vida a la mayor de las formas que conocemos: el planeta.

Cuando un ser humano muere, su lugar lo ocupa un recienvenido.

El planeta es una célula del universo. El universo, una célula de la energía mayor que no podemos conocer.

(Es probable que el lugar del planeta muerto lo ocupe otra nueva creación).

El átomo desconoce al pulmón del que forma parte.
El hombre desconoce para quién – si hay tal cosa – es el fin último de su existencia.

Pero las células dan vida, enferman y finalmente mueren ellas, junto con todo lo que han posibilitado. Así el ser humano, así el planeta, así el Universo que da forma a algo más grande que no podemos conocer.
Cada uno de estos mecanismos vive, da vida, muere y arrastra a la muerte.

El proceso se invierte: lo que daba vida, tarde o temprano se vuelve la destrucción. No existe la vida eterna en estas Matrioshkas del Cosmos. Sólo en el origen de la cadena de las existencias.

El átomo es vida eterna. La vida eterna es energía en constante transformación.

¡Mierda!

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