sábado, 19 de julio de 2008

El desnudo

Todas las noches, mientras permanecía acostado en la cama, ni bien escuchaba los pasos en las escaleras se levantaba de golpe, subía un poco la persiana, dejaba una hendija por donde pudiera espiar a la vecina que recién llegaba del trabajo. Contenía en aliento y se quedaba quieto viéndola quitarse la blusa, desabrocharse el corpiño, bajarse la pollera para que quedara al desnudo la bombacha y la parte negra que nunca asomaba por sobre el marco de la ventana. Sólo alcanzaba a distinguir el comienzo de una mota de pelo aplastado contra la tela; pero en la escuela le habían contado de esas cosas y él sabía muy bien lo que significaban los pelos en esa parte de una mujer.
Tenía que moverse con cuidado, porque aunque la ventana de la vecina quedaba del otro lado del del edificio, a esas horas los más pequeños roces se escuchaban como una tos. Incluso el chapoteo de su mano retumbaba en la habitación y a Patricio le parecía que se multiplicaba más allá, a través de los pasillos del departamento, hasta los oídos de su abuelo que se desvelaba frente al televisor.
No tenía mucho tiempo para mirar. Duraba apenas unos minutos su vecina al encender la luz, quitarse la ropa, cubrirse con un camisón celeste y desaparecer bajo el marco de la ventana, otra vez a oscuras. Patricio tenía que apurarse para retener lo que veía en su memoria. A veces nada más miraba un hombro; otras veces se detenía en alguno de los dos pechos. Al cabo de varios días era capaz de dibujarse el desnudo en los sueños.
Una noche entró su abuelo. Patricio estaba arrinconado junto a la persiana y no tuvo tiempo de acostarse y hacerse el dormido. Se tuvo que quedar quieto, con la mano escondida en el pantalón del pijama.
El abuelo se acercó a la ventana para mirar.

- Rezá dos ave marías – sentenció casi de inmediato, mientras bajaba completamente la persiana.

La noche siguiente prefirió evitar cualquier tentación y se quedó acostado. Hizo bien: su abuelo entró dos veces, pero lo encontró durmiendo casi escondido bajo las sábanas. Al cabo de una semana, el asunto parecía olvidado y Patricio volvió a levantarse ni bien escuchó los pasos en la escalera.
Era idéntica la forma en que la vecina se desnudaba antes de irse a dormir. Patricio la acompañó con su propia ropa: seguía quitándose la blusa en primer lugar, luego el corpiño (Patricio quedó con el torso desnudo) después la pollera y la mancha de pelo negro que jamás quedaba a la vista, ni siquiera cuando él se quitó el pantalón y los calzoncillos y se paró sobre la almohada, estiró el cuello hasta la última de las hendijas de la persiana.
Varias semanas disfrutó de su vecina, hasta que comenzó a aburrirse y perdió interés. Pareció escrito para una película mala, pero la misma noche en que decidió dejar de espiar, la vecina llegó con un hombre que la desnudó.
Patricio pudo ver algunas otras cosas a partir de entonces. Todas las noches de sus doce años, después de escuchar los pasos en las escaleras, se acomodó detrás de la cortina y repitió con su cuerpo los vaivenes de esos cuerpos ajenos. La almohada lo acompañaba en la reproducción de las imágenes de las que era testigo.
Pero otra vez fue descubierto contra la ventana, los ojos clavados en una hendija.

- Seis Ave maría – escuchó; la puerta volvió a cerrarse, se hizo más fuerte el volumen del televisor

Después de esa vez, estuvo otra semana sin animarse a mirar. En cada una de las siete noches que estuvo rezando bajo las sábanas, su abuelo entró por sorpresa y enseguida cerró la puerta con satisfacción.
Una noche no hubo ningún paso en la escalera. Se sintió intranquilo y quiso levantarse. El televisor estaba encendido. Patricio corrió las sábanas a un costado, bajó de la cama, caminó hasta la puerta de su habitación, que abrió de golpe.
Su abuelo, arrodillado, quedó por un instante suspendido en el aire, sin puerta por donde espiar.

2 comentarios:

Juan D. dijo...

Buen relato, un poco tenebroso... Fijate vos que a mí me pasó algo parecido...

Max Dicásolo. dijo...

Esto me recordó varias cosas de mi adolescencia en Perú, recuerdo que nosotros, en grupo, robábamos la ropa interior de la ventana de una periodista muy importante de allá, Sonia Goldenberg, que trabajaba con César Hildebrant también muy importante, esa mujer era simplemente maravillosa...y su ropa interior también.

En Perú, en ese entonces, como en los cuentos de Llosa o Echenique, ir al Chongo o burdel es el ritual de iniciación por excelencia, y las historias que nacen de esas expediciones a el lado b siendo tan chicos son increíbles, en el grupo siempre se murmuraba, el que no se atrevía era el "homosexual", por ejemplo, ese chico hoy es un hombre casado con una alemana lindísima...y las putas, ufff, las hubo sin dientes, raquíticas, "la negra" que tenía 4 tetas, etc etc etc, siendo el sexo tan importante en nuestras vidas al final estos relatos nos sirven para encontrarnos un poco mas, y por otro lado, en el caso del libro, para entender un mundo de seres de carne y hueso, que muchos usan como simples expendedoras de huecos para hombres.