viernes, 27 de junio de 2008

Anabel, la reina de todas las putas

Cuando era joven y tenía las tetas más duras de Gerli, a Anabel le bastaba con pararse detrás de la puerta para que los tipos se le tiraran de cabeza al escote, con la plata en la mano, con la lengua salida como una alfombra de baba.
Era la preferida de los clientes del cabaret más conocido de toda la zona sur, y la más odiada de las esposas de la ciudad. Es que no solamente se trataba de tetas: Anabel te recibía con un beso, te abría la sonrisa más blanca de la noche, te llevaba de la mano a la cama diciéndote con un susurro que te había estado esperando, dónde andabas, che, que hace tiempo que no venías.
Por eso no había mina más buscada que ella. Todavía hay quienes la recuerdan por su talento para robarse a todos los tipos del cabarulo, y también por las magias que hacía una vez que los tenía ensobrados bajo las sábanas y con el mismo tono campechano les decía ahora, che, ahora ponémela como tengas más ganas que te estuve esperando con la cabrita caliente.
Era tan buena Anabel, que los tipos le pagaban dos veces. Le dejaban el precio del turno antes de sacarse los calzones y después, aunque sin ganas de hablar ni de moverse siquiera para subirse el cierre del pantalón, le alargaban un rollo de billetes de a cinco como propina. Ella agradecía en serio, te estampaba un beso en la frente y después guardaba la gita en el bolsillo de la minifalda. Lo mejor es que no te apuraba cuando se terminaba el turno; se quedaba acostada, conversando, repitiendo alguno de los chistes que le habían contado sus clientes. A veces hasta se ponía a cebar mate, ahí mismo, en la habitación, y recién cuando se lavababa la yerba agarraba los calzones y te los empezaba a poner, así como si fueras un nene.
Todo Gerli la conocía. Cuando andaba por la calle, los tipos la saludaban con una reverencia y hasta había algunos que se apuraban para comprarle un ramo de flores y la corrían para regalárselo con un beso en la mejilla. Los que iban de la mano con sus mujeres, no podían dejar de guiñarle un ojo cuando le pasaban por al lado y volvían a olerle el perfume francés que Anabel usaba siempre en la hendidura del seno, y que funcionaba como preámbulo de la soberbia cogida que tenían por delante.
Era común que después de algunos de esos encuentros sobrevinieran los celos de las esposas, una pelea que siempre terminaba con un portazo y más tarde la visita al cabarute y a la cama de Anabel, che, mirá que resultaste calentón que ni te aguantaste hasta la noche.
Dicen que el problema fue el de siempre; que hubo uno que se le enamoró y la quería ver todos los días. El tipo estaba casado, tenía su negocio de repuestos en Lanús. Desde la primera vez se volvió loco. El Negro no era de enamorarse: andaba por los cuarenta largos y no se le había conocido ninguna mujer. Los vecinos decían que era maricón, pero los íntimos sabían que al Negro le gustaban las minas, y mucho más si eran de las que hacían la noche. Por eso los sorprendió a todos cuando, menos de veinte horas después de conocerla, estaba otra vez metido hasta las orejas entre las piernas de la reina de todas las putas de zona sur.
Al principio no tenía más que meter la mano en el bolsillo y sacar la plata para pagarse el capricho. Pero después se fue quedando sin efectivo y tuvo que arreglárselas como podía para achicar otros gastos y darse el gusto de su noche diaria con Anabel. La cosa se puso jodida cuando echó al único empleado que tenía. Así se ahorraba un sueldo, pero la gente se le empezaba a ir porque el Negro no daba abasto para atenderlos a todos y se fue quedando sin un peso hasta que tuvo que cerrar.
Había que verlo al Negro, rogándole que se lo llevara igual a la cama. Ni bien pasaba la puerta se le colgaba a Anabel de las tetas y le decía que por favor, que fuera buenita, que se estaba muriendo sin metérsele adentro. Pero ella ni lo miraba. Era con plata o no era nada. Así como se lo sacaba de encima, se le plantaba adelante a algún cajetilla y se lo llevaba para adentro sin importarle el Negro ni la barra de amigos que lo acompañaban para convencerla.
Con el tiempo no lo vieron más en el cabarulo. Fue una buena época ésa: la fama de Anabel había llegado lejos y tenía tantos clientes, que muchos no se aguantaban la espera y terminaban yéndose con las otras chicas. Eso sí: al otro día volvían para buscar la revancha, y repetían la excursión hasta que tuvieran la suerte de llegar a tiempo para Anabel.
Un día se dijo en el cabarulo que al Negro lo habían metido al loquero. Les pareció que era bolazo, pero el rumor empezó a hacerse fuerte y un día vino un médico que dio la peor noticia. Se lo dijo a Anabel, ni bien se sacó las ganas: “Ahora entiendo por qué se terminó matando ese tipo”. El Negro había estado en el manicomio y se había ahorcado con las sábanas de la cama. “Te nombraba todo el tiempo”, le dijo el médico con una sonrisa y Anabel casi vomitó.
Todo Gerli se preguntó por Anabel. Una noche no fue a trabajar y cuando la fueron a buscar a su casa estaba todo apagado, hasta los graffitis de las paredes que le habían dejado sus admiradores. La estuvieron esperando en vano durante semanas. Nadie más supo de ella, ni la volvieron a ver.
Se dijo mucho del destino de Anabel. Algunos aseguraban que se había tirado al río encadenada a un adoquín. Otros decían que la habían raptado los amigos del Negro y la tenían escondida en algún sótano de Lanús. Hasta se habló de magia negra, de un rito satánico, del cuerpo del Negro muerto atado a una cama junto a las tetas de Anabel.
La verdad, como siempre, es mucho más chiquita. No se le escapa la nostalgia de los ojos cuando recuerda aquellos años de gloria, ni deja de sonreír cuando me cuenta de sus tetas, y del culo que recibía aplausos cuando entraba al cabarulo y se pavoneba entre las mesas. Pero Anabel se pone triste y me mira con los ojos chiquitos, con la boca arrugada, con la papada de sapo viejo y el pecho caído junto a dos brazos de morsa, cuando se acuerda de sus tiempos en Gerli, antes de irse de la ciudad, che, para que no se siguieran matando los tipos, y mucho menos el único amor que había tenido en su vida la reina de todas las putas de zona sur.

De Historias de putas (Lea)

1 comentario:

Anónimo dijo...

EPECATULAR!

10 PUNTOS PAPÀ!