sábado, 26 de abril de 2008

Un amor que comienza (tercera parte)

Hoy la vi. Llevaba puestas las mismas pantuflas rosas de la última vez, el vestido a flores, el cabello sostenido por una decena de ruleros y ese mismo gesto duro que siempre tiene por las mañanas, cuando sale con la regadera a cantar unos boleros frente a los malvones. Sin embargo me pareció que no era la misma, que algo la había cambiado. La estudié un rato largo escondido detrás de mi ventana: ella se arrastraba dejando caer pepitas de agua sobre las macetas; yo le seguía los pasos mirándole lo azul de sus talones, las piernas dibujadas con patas de canario, el borde del vestido en donde una enagua blanca preanunciaba una desnudez que quise evitar seguir imaginando. Me fijé largamente en el cuerpo de curvas como sandías, aprecié como en una fotografía las nervaduras de sus brazos, me dejé navegar por los surcos del cuello. Entonces lo vi: un lunar en el mentón de mi amada, otrora salpicado de pelos como mosquitos, estaba ahora limpio, relucía, la cabeza lustrada de un enano negro sobre la pera blanca. Lunar lucero en la mañana de su rostro. Lunar que es luna en la noche de su piel. Lunar lugar luciérnaga brilla de luz como lupa de sol de limbo. Todavía no he podido olvidar su belleza; no he sido capaz, tampoco, de confesarle a nadie que por las noches sueño con él. Y que a veces despierto, sobresaltado por el zumbido de un mosquito.

1 comentario:

laura dijo...

increible, Enzo.... palabras que muestran, como un dibujo, a la amada.... el enamorado, minucioso, la recorre y la describe... tan bella,cual castillo de bosta,... tus relatos me encantan... como a una cobra..