domingo, 16 de marzo de 2008

Un amor que comienza (segunda parte)

A la vecina de al lado, la que riega las plantas enfundada en su vestido de margaritas, hoy me la regaló el orín. Fue temprano, casi al amanecer; desperté para vaciar mis aguas a una hora jamás acostumbrada (¿al vino le debo su encuentro? ¿al amistoso vino debo el tributo de este arrebato del corazón?) y hubo una voz que me susurró desde los postigos. Tardé algunos minutos en descorrer el velo que me ocultaba el encanto. Quizá no podía creerme aún despierto, quizá me sobraban sueños con ella y no estaba aún listo para encontrarla. Pero una voz cada vez más fuerte me soltó la mano y con un arrebato de deseo abrí el postigo que me alejaba de su visión. Hubiera podido pintarla hecha una virgen en su terraza: estaba sentada junto a los malvones; las piernas tan blancas salpicadas de arroyos de témpera azul; los muslos de coco que podía adivinarle bajo el contorno de las caderas; sus brazos de comadrona sosteniendo el mate, la pava, los bizcochitos de grasa que iba mordiendo de a poco, como si estuviera libando el néctar de alguna flor. Tuve que ocultarme para que no me distinguiera con sus ojos tristes amenazados por el avance del trazo de las arrugas; muy lentamente, sin hacer ninguno de los ruidos que a esas horas suenan como castigos, doblé mis piernas y quedé arrodillado mirando su rostro por la hendija de mi ventana, extasiado del perfume de lavandina que emanaba de su balde con lampazo, de la escoba con la que había subido a quitar soretes de gato negro. ¡Quién sabe desde cuándo habría mi señora vivido éste, su amanecer! ¡Quién sabe cuántos amaneceres me habré perdido! Ahora lloro porque es de noche y debo esperar para tenerla otra vez en su terraza. Y porque temo que mis orines no sean Cupido en el próximo de sus naufragios.

No hay comentarios: