jueves, 6 de marzo de 2008

La sentencia

Desde chiquito el Juez Bobbini había resultado un optimista. Si un compañero en clase le hacía una zancadilla, él jamás lo tomaba como una agresión; mucho más atinado le parecía reírse, levantarse con los brazos abiertos, estamparle un beso en la cara al matoncito de turno agradeciéndole por haberlo tenido en cuenta para tan emblemática acción. Idéntica actitud mantenía al recibir la respuesta negativa de las compañeras que empezaban a gustarle: "¡Esto si que es suerte! - decía con la voz finita, la cara brillante de felicidad - ¡me quiere como amigo! ¡vamos a ser amigos!". Incluso el castigo posterior a sus malas calificaciones (porque el señor Bobbini, claro está, nunca había sido un optimista como su hijo) los tomaba el pequeño futuro juez como una caricia para sus nalgas; del mismo modo entendió el cachetazo que su madre tuvo que propinarle, tras fallar ocho veces en su intento por explicar al niño que su expulsión de la escuela no era un premio de vacaciones en pleno septiembre, sino la solución que la directora había encontrado para frenar la catarata de crueldades a las que se habían acostumbrado sus compañeros. Es que al pobre se le animaban todos: hasta el gordo Lambeta, durante años hazmerreír ejemplar de la clase, escupía papelitos ensalivados en la nuca de Bobbini, que los consideraba besos de larga distancia, muestras del más sincero y profundo de los amores.
Pero la expulsión no hizo cambiar en nada el optimismo del chico, ni le truncó su futura carrera de juez. Diez años más que cualquier otro tardó Bobbini en llegar a un estrado ("me la hacen larga así puedo aprender mejor", sostenía el joven, cada vez más seguro de su vocación). Pero cuando finalmente entró con su toga al primero de sus juicios, hasta su anciana madre sintió que ni uno sólo de esos tediosos años había sido en vano.
Las sentencias del Juez Bobbini pronto sobresalieron por sobre el resto: si el acusado había cometido un secuestro, Bobbini lo dejaba libre porque en el secuestro no había maldad, sino la necesidad imperiosa de sentirse un poco menos solo en la frialdad del aguantadero; y si era un jubilado quien había sido objeto de un ataque en plena avenida, para Bobbini se trataba de una muestra de respeto por parte del agresor, puesto que es claro que jamás un joven atacaría a un anciano si no fuera por sentirlo superior a él, "el macho dominante a quien debía destronar para ejercer el dominio que la naturaleza le había encomendado".
Todos pensaron, sin embargo, que con el caso de la monja iba a haber castigo. La anciana tenía ochenta años, era pura, había consagrado su corazón a Dios, y lo mismo había hecho con su cuerpo. Era imposible no sentir piedad ante su imagen de virgen venida del cielo: de cabellos canos y lacios, de grandes ojos tristes, de blancos rasgos limpios de cualquier pecado. A "la monjita de Balvanera" - como la llamaban los medios - la había violado un preso escapado en fuga criminal. El acusado había cometido otras violaciones, había matado a dos policías mientras escapaba del penal, se había refugiado en un convento de monjas de clausura y ahí mismo, escondido debajo de un catre de hierro, había salido en medio de la noche para romperle las carnes a la pobre monjita. Los medios estaban horrorizados, muchedumbres de gente indignada esperaban un veredicto tras las vallas de los tribunales.
Esa mañana el juez Bobbini subió al estrado, como siempre, de radiante simpatía. Saludó a los fiscales con una sonrisa, auguró buenos días a los testigos, miró con detenimiento al acusado y hasta por un instante pareció que lo regañaba, que un dejo de furia contenida le empezaba a brillar detrás de los ojos. Pero tampoco entonces pudo hacer nada contra su proverbial optimismo.
Casi ninguno quiso creer lo que sus oídos escuchaban de labios del Sr. Juez. Con el mismo tono amable con que había declarado la inocencia de cuanto criminal se le cruzara delante, Bobbini explicó que, al fin y al cabo, el reo hacía tiempo no veía una mujer. Dijo que seguramente había estado luchando contra su conciencia para no cometer el acto, pero que tanta belleza y ese perfume a lavanda le habían hecho imposible contener sus instintos más bajos; y qué prueba más contundente de que el reo había luchado contra sus impulsos, sino era el haber desechado todas las objeciones de su conciencia. Si el acusado había llevado a cabo la violación, dijo Bobbini, era porque antes debió pensar que no era correcto, que esa mujer era hermosa, que no tenía ninguna chance de seducir a la monja y ante presencia de sentimientos tan nobles bien valía pagar el precio de otra condena, no importa cuál fuera. Pero él no iba a condenarlo, de ningún modo. La violación no era otra cosa que una muestra del más pasional de los enamoramientos, un arrebato de amores de un preso triste y pecador ante la pureza de una monja que lo miraba con ojos de madre, una declaración ferviente de admiración rayana con las devociones. Y además - se puso de pie, abrió los brazos como queriendo abrazar a su auditorio - hacerle el amor a una señora virgen de ochenta años años no puede ser nunca un delito. "Es, señores fiscales, un acto de justicia para una dama que nadie ha querido cogerse a su debido tiempo", dijo el Juez Bobbini y dictó, casi gritando de alegría, las palabras de su última sentencia.

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