sábado, 12 de abril de 2008

El debut

Recién había cumplido los quince cuando dos pibes más grandes lo llevaron al cabarulo de Once para que se desvirgara entre las cachas de una puta rubia, de pelo corto, con olor a desodorante Polyana de flores silvestres. Había que subir un piso por escalera y en una ventanita te preguntaban qué servicio querías. Rana contó al otro día que lo mejor era pedir el servicio común, el de una hora con dos participaciones, y que después había que darle veinte pesos a la mina para que te tratara bien, porque sino se dejaba el corpiño puesto o nada más se ponía en misionero, o no te dejaba tocarle las tetas y entonces uno tenía que quedarse con las ganas de apretarle los pezones y girárselos como si se fuera a sintonizar una radio, que así la mina gozaba y después te pegaba una cogida de verdad y de lo macho que te hacías el resto de las minas te querían coger todas. Fue el mismo día del cumpleaños: terminaron de comer las papas fritas, los sanguches de jamón y queso, los palitos salados mojados en coca cola… Se subieron a un bondi y terminaron en Once y la escalera larga hasta el primer piso con una lamparita colgando de un cable medio pelado; el tipo de la ventana al fondo de la escalera; la cortina junto a la ventana y la hendija de luces de neón; la puta rubia de pelo corto que le sostuvo la mano y lo arrastró a Rana hasta un cuartito con una colchoneta, una silla en donde dejó los pantalones, una mancha entre las piernas que lo comió tan rápido que después no supo si la había metido o no, si le había visto el sexo o era una bombacha negra y diminuta, pegada al cuerpo y con olor oscuro.
Al otro día le contó al Gordo que había estado en el sauna; en esa época ya se juntaban con Juan, así que los dos esperaron una semana y fueron también a debutar al mismo primer piso de la calle Sarmiento. Eran las dos de la tarde de un martes, pero en Once había tanta gente que nadie se fijó en lo que estaban haciendo tres pibes de quince en la puerta de un sauna, contando los veinte pesos para pagar las tetas. Rana los esperó parado en la esquina, fumándose un Lucky Strike con las mangas de la remera subida en los hombros, parado con cara de mafia entre las gordas que andaban comprando y le pasaban al lado arrastrando las bolsas llenas de corpiños, zapatos, camisas a doce pesos. Estuvo dos horas parado mientras los otros dos, arriba, le daban vueltas al tema hasta animarse. No se movió un centímetro en ninguno de los minutos de esas dos horas; estaba meta mirar la calle, los autos, los bondis que echaban humo negro; meta fumar la caja completa y siempre la misma cara de serio y los ojos brillantes de sol, el cuerpo rígido, una mano en el bolsillo y la otra con el cigarro y los labios apretados que le hacían la boca todavía más fina. En nada se parecía la calle colmada de ruidos a ese primer piso en donde Rana había estado apenas algunos días atrás: las ventanas tapadas con cartulina negra, el sonido de la película porno que pasaban en un televisor, un tintineo de vasos y botellas y la voz en murmullo de las putas paradas en hilera, mirándolo para calcularle la plata que llevaba encima. Afuera, en la calle, Rana fumando en la esquina trataba de encontrar la ventana que daba a la mesa en donde se había sentado a tomar un agua, y quiso reconstruir en su cabeza la ubicación de cada silla; la voz de los hombres que entraban, le decían cosas a una mujer, atravesaban la cortina y desaparecían por unos pocos cinco minutos; las tetas, los brazos redondos y la carne de cada puta que se ofrece ante el Gordo y ante Juan, vestida con una minifalda y el corpiño de encaje; el sabor del agua que le habían servido ya abierta; el olor del sauna humedad; la puta rubia de pelo corto que se acerca al Gordo y se le sienta en las rodillas, vení papito, vení que te quiero chupar esa cosa grande que tenés en el pantalón. Y Rana recordó que se había puesto de pie, que se había dejado llevar de la mano detrás de una puerta, que el Gordo se había sacado la ropa mientras ella se bajaba la minifalda y quedaba desnuda, que le había estirado los veinte pesos y entonces la puta se desabrochó el corpiño, el Gordo le puso una teta en la boca, ella le dijo lameme el pezón, bebote; después se dejó poner el forro, se acostó en la colchoneta, el Rana la miró a la puta mientras se lo montaba y gemía sonidos tocándole los huevos con una mano por atrás de su propia espalda, así gordito, así, con esa pancita peluda tuya, y el Gordo sonriendo con cara de bueno, empujando moviendo la cola entre el cuerpo de la puta y la colchoneta verde; así mi papito malo, le había dicho la puta al Rana y el Gordo había cerrado los ojos, el Rana conteniéndose un grito, el Gordo empujando más fuerte y entonces un escozor que al Rana le empezó en esa punta del cuerpo y terminó adentro del pubis de la puta sentada encima del Gordo que respira hondo, se ha quedado en silencio, el Rana sudado sobre la colchoneta que muge cuando el Gordo se vuelve a sentar, el culo del Rana sobre la colchoneta, la puta rubia se pone la ropa, el Gordo le mira el culo y otra vez trata de adivinarle la mancha negra bajo el ombligo. Y a Rana le pareció que sí, que tenía que ser ésa el sexo mientras recordaba en la esquina desde donde esperaba a los dos pibes, adivinando las ventanas del sauna, fumándose el último de los cigarrillos que le venían quedando para hacer la espera más corta.
-¿Y? -les preguntó ni bien sus amigos terminaron de bajar las escaleras y salieron disparados, lejos de la entrada al cabaret.
-¡Al gordo no se le paró!
Se rió fuerte Juan y el otro se puso colorado pero también se reía; los tres caminando hasta la parada del 71, a las cuatro de la tarde, bajo una cortina de sol mientras relataban lo que acababan de hacer como muchos años después iban a estar caminando los mismos amigos, repitiendo las historias que en esa época - todavía sanos los tres - habían querido vivir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bueno pai, es una historia casi de mi biografia, pero para que entrar en detalles, espero tener las historias de putas' muy pronto...Saludos, y deseos de los mejores.Ariel.

Maestruli dijo...

bueh, por eso mismo yo siempre fui solo de putas...