miércoles, 6 de febrero de 2008

La mala memoria

Recordar las recetas de cocina es una de las pocas cosas que todavía puedo hacer, aunque no lo disfrute. A veces, cuando no me queda más remedio, no sólo repaso la lista de ingredientes sino que también me pongo a imaginar que pelo la cebolla, la corto en juliana, la encimo al morrón igualmente cortado y después todo en la sartén, a freírse un poco antes de echar los tomates. No lo hago seguido, pero como no estoy seguro del tiempo que llevo así, ni del tiempo que falta para que todo termine, me parece que lo estuviera haciendo siempre, sin interrupciones; una receta distinta cada vez, que comienza sacando un cuchillo y una tabla para picar, y sigue en un ejercicio de la memoria con la lista de alimentos que se pelan, se lavan, se cortan, se ponen a calentar a fuego fuerte y después despacio, olor a casa de abuela.
Lo peor de todo es saber que ni siquiera voy a poder probar la salsa, ni las verduras al vapor, ni el conejo al vino blanco que tanto le gustaba a Matilde y que yo (ahora me doy cuenta) preparaba cada viernes más para regocijo propio que por su voracidad casi animal ante la carne y la sonrisa de satisfacción que ponía cuando no le quedaba espacio en la panza. No solamente puedo acordarme de las recetas; también soy capaz de recuperar la sensación de tener hambre, la aparición de un antojo, las ganas de cocinar algo que empieza a dar vueltas en la cabeza y finalmente se concreta en un plato lleno de colores que todavía me parece estar viendo con la cabeza en alto sobre el humo de lo recién hecho. Eso es raro también: no perdí ni el aroma, ni tampoco la infinita variedad de tonalidades que puedan tener las cosas. Con las comidas es fácil, pero me pasa lo mismo con los objetos. Recordar una flor puede llevarme a cualquiera de las millones de flores que habré visto mientras podía hacerlo. Y lo más extraño es que solamente ahora tengo conciencia de haberme encontrado con tantas y tan distintas. La rosa que le regalé a Matilde en nuestra primera cita, aquella vez del bar, puedo recordarla con la misma exactitud con la que soy capaz de trazar el detalle de los pétalos de los últimos jazmines que decoraron el balcón de nuestro último departamento. Lo mismo pasa con los perfumes, los de una y otra especie: el de la rosa preñada del humo del cigarrillo (porque entonces podía fumar, aún no me había sido prohibido), y el del jazmín maduro que tuve en mis manos antes de que ya nada pudiera tocar. Con todo me pasa igual, por menos obvia que resulte la remembranza. Me sobran detalles para acordarme de la espuma de baba de un caracol que pisé cuando era niño en el patio de mis abuelos (y del chasquido del caparazón quebrado, y el murmuro de mi cuerpo agachándose para mirar lo feo de cerca), o el sonido de una tos con esputo que tuve durante meses. No me malinterpreten: no son aromas que pueda oler, ni colores que mire, ni sonidos que pueda capturar con oídos que ya no me sirven; es nada más que un recuerdo, pero uno tan vívido y completo que casi no puedo reconocer la diferencia.
Lo más triste es que no pueda hacer otra cosa. A veces, si tengo tiempo (aunque ya sea inútil hablar de semejante cosa y no sea más que otra de mis reminiscencias), trato de reconstruir algo que haya vivido. Al principio buscaba lo más fácil: la primera vez que hicimos el amor con Matilde, el casamiento, el día del embarazo… Pero después empecé a recordar más cosas y me animé a bucear en memorias que jamás había encontrado. Ahora puedo volver a armar lo que se me ocurra, no importa qué tan lejos esté ni cuánta importancia le hubiera dado en ese momento. Y como no puedo escribir nada, a veces repito la misma historia durante horas para tenerla a mano cuando me agarra la nostalgia y poder mirarla como si fuera un álbum de fotos. Es tanta la práctica que llegué a tener en esto, que más de una vez me animé a recitarme minuciosamente los hechos, lugares, personas y voces que abarcaron un año de lo que fue mi vida, e incluso ese lapso de tiempo que entonces llamaba “etapa” y que tenía un comienzo y siempre llegaba a su fin.
Hay recuerdos que todavía hoy no puedo recuperar. Mejor dicho, prefiero mantenerlos en algún sitio todavía oculto. Los últimos meses que vivió Matilde, por ejemplo, trato de evitarlos. No es que el recuerdo sea malo, sino que me duele saber que ella terminó igual que yo y que nada podemos hacer ahora para consolarnos. Lo que sí me acuerdo y no dejo de repetir hasta el cansancio, es el día que acepté lo que después iba a venir. Es que alguna vez yo también fui un hombre y entonces llegó la muerte y el invento de un científico que creó una máquina para guardar todo lo que hay en el cerebro de las personas. No era gran cosa: se trataba de almacenar en un disco los pensamientos, los recuerdos, la inteligencia, el entramado de vivencias que dan lugar a los sentimientos. Una simple transmisión de datos, como cualquier otra. Decían que habían inventado la inmortalidad, y probablemente no estaban errados. Todavía hoy no entiendo bien cómo funciona, si todavía lo hacen, ni hasta cuándo seguirán disponibles los archivos de lo que fue mi vida. Tampoco sé si el persistir de la memoria es tan largo como lo eterno. Y si, en ese caso, es infinita también la pena.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola enzo escribo porque realmente me gusto mucho lo que acabo de leer sobre todo porque hoy mi cabeza se levanto pensando en el TIEMPO(palabra que por mala suerte engloba demasiado para mi gusto) y bueno me encanta tu foma de escribir...q andes bien!
besos suerte
pasate x mi fotolog :p
Polly

Anónimo dijo...

Las mismas areas del cerebro se usan para recordar el pasado e imaginar el futuro
...NMH...