miércoles, 27 de febrero de 2008

Un amor que comienza

La señora de al lado (la que veo todas las mañanas cuando ella sale a su terraza a regar las plantas y yo me paro junto a la ventana para tocar el vidrio y saber si hace frío o si, en cambio, es día de remera), hoy no apareció. Temo que haya descubierto que la espío mientras se inclina sobre sus malvones, mientras deja caer el agua sobre las hojas del potus. Sospecho que quizás notó que detrás del vidrio la estuve mirando, y prefirió entonces no salir esta mañana, ni canturrearle a sus rosales, ni decirle mi amor al dólar tocándole las hojas con las manos teñidas de bolsa de supermercado.
Hay algo en esa ausencia que me sugiere que quizás debió presentirme cerca de ella, oculto detrás de una ventana que me contiene las ganas de libar de sus canciones de los nocheros, de su olor a perfume en spray, del barrido de las pantuflas sobre el suelo de la terraza. Sospecho que la doña apura el desayuno para subir a la terraza tan pronto como le sea posible, y que hasta hay noches que no duerme por esperar ese momento. La puedo imaginar acostada con su camisón rosado de flores, oyendo al marido que ronca, meta mirar el reloj en la pared y que se hagan las nueve, que sea la hora para regar. La muy perversa quizás hasta se baña antes de subir, y se depila las piernas. Por eso anda siempre con esas pantuflas y ese vestido corto que le deja al aire las pantorrillas: para mostrarme las venas, para enseñarme los pies hinchados, para que le desee las rodillas como dos cráneos de grasa. Creo que me enamoro de a poco de mi vecina la doña. ¿Volveré a verla alguna vez?

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