lunes, 28 de enero de 2008

De un mundo a otro

Doce años vivió Pili en su jaula. Se despertaba temprano, casi al amanecer, y dando saltos se acercaba hasta el alpiste para darse la primera de las panzadas del día. Después daba otro saltito y metía la cabeza en el bebedero, la sacudía, terminaba con las plumas de la cabeza con raya al medio y más que un canario parecía un pollito mojado.
Al mediodía comía unas rodajas de manzana. A veces también le dábamos zanahoria, o unas hojas de lechuga. De un lado a otro de la jaula se iba Pili dando saltitos, picoteando las delicias que lo estaban esperando. Después se quedaba un rato quieto, hecho un repollo.
Cuando era joven y todavía podía cantar, se pasaba la siesta de las personas trinando sus melodías. Lo escuchábamos entre sueños, todas las tardes, y cuando nos levantábamos Pili nos recibía haciendo zumbar las alas, abriendo grande el pico, tirando tarascones cuando le acercábamos el dedo para acariciarle las plumas.
Lo primero que perdió cuando se puso viejo fueron las ganas de cantar. Después se le cayeron las plumas y con el tiempo apenas caminaba y los saltitos fueron casi un arrastrarse para mascar el alpiste, un viaje largo hasta el bebedero. Pero seguía batiendo las alitas si uno le ponía el dedo, y los picotazos los daba igual, aunque pocas veces acertaba porque se había quedado ciego de un ojo, y del otro apenas veía para no perderse entre las cuatro paredes de rejas de jaula.
Un día nos levantamos de la siesta y Pili estaba acostado, tirado junto al alpiste como un pañuelito. No se despertó por más que le acercamos el dedo, la rodaja de manzana, una tapa de gaseosa repleta de avena. Así que tuvimos que darle las gracias y ahora Pili canta en silencio en una maceta en nuestro balcón.

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