jueves, 13 de diciembre de 2007

Una idea de Dios

En más de una de las religiones dice la misma cosa: que Dios es amor infinito, que está en todas partes, que conoce nuestros actos. Dice, también, que somos sus hijos, que nos hizo a su imagen y a su semejanza, que es justo y que ante Él nos enfrentaremos el día en que llegue la muerte.
Y sucede que Dios es todas esas cosas y que está en todas partes porque no es otro que la suma de todos los seres que habitan en este Universo. Es el conjunto de todas las acciones que emanan de cada ser humano, planta, animal o sistema capaz de generar energía. Dios no es un ser superior que rige nuestros destinos (que el hombre es responsable de sus actos, es una de las premisas que sostiene el catolicismo, mal que nos pese), sino el resultado de nuestro comportamiento. Cuando permite que una injusticia se lleve la vida de quien merece su compasión, es porque el hombre ha dejado que tal cosa suceda. Así, un hombre bueno le brindará a ese Todo la posibilidad de sumar un nuevo suceso que dé como resultado un Dios igualmente bueno; un hombre egoísta, mentiroso, avaro e impío, no hace más que desencadenar una serie de hechos que, en el devenir del tiempo, terminarán por construir un Dios que permite todas las injusticias que se cierran sobre los desposeídos del mundo.
La suma de todas las acciones, pensamientos y energías de los cuerpos del Universo tienen un nombre y es Dios. No es el hombre quien ha sido creado a su imagen y semejanza, sino el hombre quien forma parte de Él. Es Dios, también, el criminal (y lo advierto porque siempre existe quien pregunta estas nimiedades). Del criminal y del santo está hecho nuestro conjunto de voluntades que le dan forma a ese todo que en todas partes está, que conoce nuestros actos y perdona todo cuanto podemos pecar en la vida. Y la magia de dichas cualidades no es otra cosa que la certidumbre de llevarlo a Dios adentro o, mejor dicho, de serlo. Usted es Dios tanto como yo lo soy. De sus actos y de los míos (y de los médicos, los docentes, los narcotraficantes, los abogados, los presidentes, los represores, los actores, los pianistas, los comerciantes, las señoras que van al mercado) depende el resultado de lo que Dios será. Ante cada nueva acción individual se desencadenan una serie de acontecimientos que, de acuerdo con esa semilla inicial, determinarán uno o varios destinos. Este Dios no necesita de milagros, ni mucho menos de un viejo con barba para llorarle algún perdón. Es el Dios que existe para hacerse cargo y por eso hubo otra historia para inventar.

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