domingo, 25 de noviembre de 2007

Sobre el eterno retorno

Un hombre, un ser humano, es la suma de los millones de átomos necesarios para que se forme ese ser. Es una combinación dada. El encuentro de miles de millones de fuentes de energía.
El árbol es la suma de otros millones de átomos asociados entre sí de manera diferente. El pez, otro número de átomos ordenados como un pez. Cada especie sobre la tierra, así como cada objeto que comparte con otro una idéntica fisonomía, es un orden establecido y repetido de átomos.
Lo vivo se ordena por obra de los mecanismos de la naturaleza. Lo inanimado se combina tanto como es combinado. La materia inicial de un objeto guarda un orden natural, acaso azaroso. El producto final encierra también el establecimiento de relaciones que fueron creadas por la mano humana, por los átomos que la conforman. Todo lo que es, está construido por el encadenamiento de átomos de acuerdo con una sucesión determinada que da voz, forma, imagen, latido, gesto, o apenas lo inerte.
Morir es la interrupción de ese orden, el desgaste de la fricción en el tiempo. El encadenamiento de átomos se derrumba y en la disgregación de cada punto que antes perteneció a un ser, está la muerte. El átomo pierde el orden que mantuvo durante el lapso de una vida; no desaparece, sino que deja de pertenecer a un conjunto dado. Así, regresa al éter, a la tierra, y espera un nuevo comienzo.
Cuando muere, el ave cae a tierra para ser parte de ella, de donde abrevarán gusanos, alimañas, rapaces. Cada ser que se alimente del ave muerta, tomará de ella una porción de su cuerpo que será, al fin y al cabo, una pequeña porción de átomos arrancados de su orden inicial. Cada ser se llevará para sí mismo algunos de los componentes que antes redundaban en ave. Ahora, cada ser tiene una parte de los átomos que fueron del ave.

Puesto que el universo es infinito, son infinitas las probabilidades que existen de que las mismas combinaciones se vuelvan a repetir.

Son infinitas, también, las probabilidades de que las mismas combinaciones se disgreguen.
Una reunión de amigos, conversando en un bar a las dos de la mañana mientras el humo sube por sobre sus cabezas, volverá a suceder infinitas veces. En infinitud de ocasiones el humo se quemará del cigarro del amigo más viejo; en la misma cantidad de veces, será el más joven el fumador. O no será ninguno. El mismo cuadro se representará tantas veces como lo permita la infinitud del Universo. Y la mínima variación a ese cuadro, gozará de la misma, eterna, existencia. Y desaparecerán una y otra vez. Así, todo lo que alguna vez fue, volverá a ser y a disolverse infinitas veces.

El planeta es finito. También la vida humana. Pero no lo es la combinación de los átomos que conforman a uno y a otro. La finitud del planeta y sus habitantes es, también, infinitud. En la sucesión de infinitas combinaciones que vuelven a repetirse, en distinto orden cada vez, y cada vez todas las veces.

El hombre que escribe, ahora, estas líneas, las habrá escrito ya en infinitas ocasiones y lo espera una eternidad para que sus átomos vuelvan a combinarse de la misma manera mientras lo permita el infinito. Ya he muerto y nací. Fui este hombre escribiendo estas mismas líneas, y lo volveré a ser. A cada instante los átomos se combinan y generan un presente único y repetible. Cada presente fue y volverá a ser.

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